La sonrisa del caníbal

LUIS SUÁREZ URUGUAYDAVID PALOMO | Su instinto asesino, su mordedura, se encuadra en las fotos fijándose en unos paletos sobresalientes, de niño malo. Su mirada límpida permanece indemne al paso del tiempo, diáfana como la de aquel chiquillo que fue, pero ensangrentada cuando aparece sobre el ‘box’ donde acostumbra a matar. Luis Suárez, pólvora de Tabárez en Brasil, bala teledirigida de Uruguay, escultor de obras que hacen temblar Maracaná. El delantero es él. No hay otro que alcance su cielo, ni siquiera Benzema o Diego Costa. Ante Inglaterra demostró ser un caníbal sediento de sangre con dos goles que a la postre pueden ser decisivos para que los charrúas estén en los octavos de final si consiguen hacer lo propio y acabar con Italia en la última jornada.

Luis Suárez tiene el distinguido placer de ser una especie en extinción. Decía Tostão hace unos días que España había marcado estilo, que si se jugaba bien en esta Copa del Mundo es porque alguien había abierto el camino. Tanto es así, que el tiki-taka ha erradicado la posición de delantero centro en pos del llamado falso 9. Esa realidad ha golpeado incluso a Alemania, fabricante de innumerables puntas a lo largo de su historia; o a Brasil, donde los Romário, Ronaldo y compañía han sido ejemplos para otras generaciones. En este campeonato quedan pocos como aquellos. A los mencionados Benzema o Diego Costa se les sumarían Agüero, Higuaín o Lukaku. Todos ellos buenos, pero lejos de Luis Suárez. Este sí es como aquellos arietes de otro tiempo: eficaz, brillante y decisivo.

Nacido en Salto, aquel pequeño que compartía el mate con las tardes de fútbol siempre fue uno más. No destacó entre sus compañeros. Ni la tocaba excesivamente bien ni regateaba como aquellos llamados a convertirse en estrellas. Pero en ocasiones no hace falta ser el mejor para llegar lejos, basta con trabajar más que el resto, tener un poquito de voluntad, suerte y hado. La lección es aplicable a la vida y al fútbol. Sólo eso convierte a los mediocres en referentes. Ese fue el caso de Luis Suárez, que abandonó su Nacional de Montevideo para pasar frío en Groningen y acompañar a su novia. Si no hubiera conocido a aquella chica, seguramente tampoco habría emigrado allí. Y sin eso, igual nada de todo lo posterior habría llegado.

Desde aquellos primeros días hasta estos últimos, ha cantado gol cada vez más fuerte, llamando a la puerta de los grandes de Europa. Sus 31 goles de la pasada temporada en la Premier League le han puesto a la altura de Ronaldo, le han dado una Bota de Oro compartida. Su nombre ya aparece en las quinielas de Madrid y Barça, seguramente el momento en que todo jugador comienza a ser galáctico. Esta pasada semana ha valido 70, 80 y 90 millones. Da igual, lo importante es que tras los problemas físicos que ha sufrido antes de la Copa del Mundo, ha regresado para hacer algo grande. En la misma tierra que Ghiggia. Palabras mayores.

23/06/2014

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