Pecados en portugués

PortugalAlemaniaJULIÁN CARPINTERO | El mismo estadio en el que Robben y su séquito de compinches desnudaron las carencias y defectos de la irreconocible España de Del Bosque tuvo también el honor de acoger la segunda gran goleada desde que arrancara la Copa del Mundo. En este contexto, el Arena Fonte Nova de Salvador de Bahía empieza a adquirir trazas de territorio comanche para las selecciones de la Península Ibérica, pues ayer fue Portugal la que contempló cómo la siempre insaciable Alemania presentaba sus credenciales para campeonar a costa de un equipo descompuesto y sobrepasado desde el primer minuto. Y es que el cuadro de Paulo Bento fue, además, presa de una colección de vicios que la gran actuación de Cristiano Ronaldo ante Suecia el pasado noviembre había hecho olvidar casi de un plumazo. Sin embargo, la penitencia de la repesca no fue suficiente.

Tradicionalmente, el juego de la Mannschaft siempre se identificó con La cabalgata de las Valkirias de Wagner: directa, agresiva y hasta tenebrosa. Rictus áspero, puntapié hacia el delantero y ni una sola floritura, no fuera a ser que después hubiera que pagarlas. Sin embargo, desde que Löw heredara la batuta de Klinsmann y decidiera continuar dirigiendo su partitura, Alemania ha mutado hacia la Obertura 1982 de Tchaikovsky, una pieza en la que los refinados violines de Özil y Götze han sustituido a las bastas tubas de antaño, pero en la que Müller acaba sacando brillo a los cañones. Ahora saltan al césped sonriendo, con un sistema de cinco defensas –uno camuflado en el centro del campo, Lahm– y cinco centrocampistas –otro escondido en esa zona indefinida del falso 9, el propio Müller–, pero sin, quizá, el rasgo con el que más se identificaron históricamente: el delantero centro. Y, a la vista está, ni falta que les hace.

En ningún caso podía imaginarse Cristiano Ronaldo lo que se le venía encima cuando entonaba con vehemencia el ‘¡Às armas!’ de su himno nacional. No obstante, apenas necesitó unos minutos para entender que, aunque delante tuviera a muchos jugadores de ese Bayern al que destrozó en las semifinales de la Champions, este cuento no se iba a parecer en nada. Es Portugal una escuadra cuya alineación parece la misma desde hace una década. Se podría recitar de memoria debido a la persistencia de jugadores como Bruno Alves, Raúl Meireles o Nani, con más cartel que posibilidades de ser una comparsa acorde a lo que el actual Balón de Oro merecería. Así, en el once que debutó en Brasil no había ninguna cara nueva con respecto a los 23 que estuvieron con Queiroz en Sudáfrica hace cuatro años.

En este sentido, el ex del Oviedo fue conservador al optar por la contención de Miguel Veloso como acompañante de Moutinho y el citado Meireles en la medular en lugar de la imaginación de William Carvalho, previendo que lo más probable es que la posesión fuera para Alemania. CR7, un islote en la vanguardia portuguesa, protagonizó un par de tímidos ataques por la izquierda antes de que João Pereira, el eslabón más débil de la zaga lusa, se partiera para cometer penalti sobre Müller. 1-0 y el campo que parecía inclinarse hacia el área de un Rui Patricio que en la segunda mitad reclamaría sus minutos de funesta gloria.

A la media hora vendría el segundo bofetón germano, ahora de la forma que menos cabía imaginar. Un córner que Kroos –¡qué futbolista!– puso con música fue rematado a la red de forma imperial por Hummels, que percutió a Pepe y Alves, dos valladares en el juego aéreo que, a pesar de todo, eran zarandeados como las aceitunas de un olivo. Es entonces cuando Képler Laverán, que ha completado la mejor temporada de su carrera, se disfraza de Mr. Pepe y, desquiciado, comete la imprudencia de dejar a su equipo con uno menos con toda la segunda parte por delante. Las caras de Ronaldo, generalmente tan expresivas, eran ayer un cuadro de Munch. Aún tendría tiempo Müller, el hombre de las medias caídas, de hacer el tercero antes del descanso, dejando patente que los habrá más elegantes, pero no más listos.

En la segunda parte los de Löw bajaron el ritmo mientras Portugal intentaba recomponerse sin suerte ni oficio, pues a su desafortunada tarde aún le faltaba por aparecer su última plaga, esta vez en forma lesiones. Almeida, primero, y Coentrão, después, tuvieron que abandonar un partido en el que se echó en falta que el preparador alemán diera entrada al veterano Klose, que en esta Copa del Mundo aspira a, por lo menos, igualar a Ronaldo Nazario como el máximo goleador en la historia de los Mundiales. El rumbo del choque era el propicio para que el ariete de origen polaco buscara su tanto, pero fueron Schürrle, Podolski y Mustafi –en sustitución del también lesionado Hummels– quienes agotaron los cambios. En el 79, otra vez más Müller utilizó su don de la ubicuidad para, desde el área pequeña, remachar a la red un centro desde la derecha que Rui Patricio no acertó a despejar. Beto, héroe del Sevilla en su triunfo en la Europa League, silbaba en el banquillo mientras Müller hacía hueco para el balón en su maleta.

“El fado es la fatiga del alma fuerte, el mirar de desprecio de Portugal al Dios en que creyó y que también le abandonó”. Así expresaba el poeta Fernando Pessoa lo que para él era el género musical portugués por excelencia, una canción triste personificada en lo que puede ser el Mundial de Cristiano: por momentos enfadado, otros meláncolico e incluso resignado. Pero siempre con ese punto de orgullo necesario para tocar fondo y ser capaz de levantarse. Ghana y Estados Unidos dirán.

17/06/2014

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