La hora de Brasil

imageSERGIO MENÉNDEZ | A más de uno todavía le castañetean las rodillas de recordarlo. Y al que no los sufre en las piernas, los temblores se le trasladan al reverso de las orejas, como a quien le acaban de propinar una sonora colleja, o aprieta los glúteos, luchando por evitar la flojera que le invade al recrear en su cabeza la atmósfera con la que fueron recibidos aquella noche de verano en Rio de Janeiro. El calendario marcaba el 30 de junio de 2014 y el estadio de Maracanã se había puesto de gala para albergar la final de la Copa Confederaciones, antesala de la cita que dará comienzo mañana, cuando las selecciones de Brasil y Croacia pongan el balón a rodar en São Paulo. Anfitriones e hispanos habían terminado hacer buenos los pronósticos iniciales que les señalaban como los grandes favoritos y se veían las caras en la final de un torneo que serviría para sacar conclusiones de cierto peso de cara a saber qué combinado partía con mayor número de posibilidades a la hora de conquistar el Mundial del año siguiente. “La madre de todos los partidos”, se pregonaba desde los puestos de comentarista.

Sólo quedaba pasar el trago de los correspondientes minutos musicales y el silbato daría paso a la acción. Una ceremonia, no obstante, la de los himnos, que los hombres de Luiz Felipe Scolari no estaban dispuestos a dejar en simple formalidad. Más bien al contrario, pues la utilizarían con la intención de decantar a su favor la balanza de los intangibles, la de los goles psicológicos, antes incluso del tiempo reglamentario. Cerca de 90.000 gargantas de habla portuguesa teñían de verde y amarillo la grada, el cómplice perfecto.

Concluida la marcha visitante, llegó el turno de que la megafonía vibrase con el estribillo local. Sucedió, entonces, que a medida que la letra fue solapando los primeros acordes y la televisión recorría las caras del once inicial, la comunión entre ‘torcida’ y jugadores se iba acercando a la plenitud hasta alcanzar ese punto donde el unísono descubre su máxima expresión. Ambas partes se fusionaron, de esta forma, en una voz que demostró no necesitar del aparato instrumental para estremecer los cuerpos de los futbolistas igual que los cimientos del estadio. Ese clamor entonado a cappella obligó a Casillas y compañía a subirse de nuevo las medias, que de la tensión perdieron incluso la elasticidad, y a la nube de fotógrafos que captaba la escena a buscar en sus bandoleras las lentes de repuesto. Las originales, obviamente, se habían resquebrajado.

Brasil había logrado salirse con la suya y partiría con ventaja. Una superioridad que trasladó, de inmediato, al terreno de juego; menos de dos minutos, concretamente, que fueron los que tardó Fred en inaugurar un marcador que se cerró con una victoria apabullante sobre la vigente y temida campeona del mundo, que concurría a la final con un solo gol en contra y se acabó llevando tres. A juzgar por los acontecimientos recientes, por tanto, no resulta descabellado pensar en un desenlace parejo en este Mundial, torneo que a la luz de los cinco entorchados que alumbran a la ‘canarinha’ siempre ha parecido corresponderle por derecho propio. Si encima le sumamos que juegan en casa, una convocatoria de 23 que incluye únicamente siete nombres distintos a los que ya le tomaron la medida y barrieron a España con un fútbol directo, sin miramientos, pero a la vez vistoso, sus posibilidades de éxito se multiplican.

Muchos de los integrantes de la expedición cuentan, por si fuera poco, con motivos de índole personal más que suficientes para desempeñar un buen papel, empezando por su entrenador, que con 65 años de edad podría encontrarse ante su última oportunidad de dirigir en la que constituye la cita internacional más importante a nivel de selecciones y que no debe ver el momento de probarle a Diego Costa el fallo tan garrafal que ha cometido a la hora de elegir bando. Algo similar le ocurre al portero titular, Júlio César, nacido en 1979, y a parte de su línea de defensa, donde gente como Maicon o Maxwell, ambos con 32 primaveras, si bien no contarían desde el inicio en el dibujo del míster, a buen seguro no les importaría ponerle la mejor de las guindas a su palmarés y dejar a su país en lo más alto.

En el capítulo de reivindicaciones surgen, por ejemplo, el caso de David Luiz, que tras una temporada un tanto gris con el Chelsea, tiene ante sí la oportunidad de demostrar que los 50 millones de euros que acaba de desembolsar el PSG por hacerse con sus servicios están justificados, o el de Neymar. En lo que respecta al futbolista culé, si bien la cantidad a amortizar no ha quedado todavía clara, carga con la vitola de estrella y no puede arriesgarse a verse señalado por protagonizar un fiasco con un combinado donde hay puestas tantas esperanzas. Debe borrar las dudas a su alrededor de un plumazo y demostrar que el futbolista que hace menos de un año deslumbró con una volea frente a Japón, provocó en Arbeloa sudores fríos por culpa de su marcaje, fulminó al Rayo Vallecano merced a su gol por la escuadra con eslalon previo y ridiculizó a Tiago con un caño de pisadita absolutamente magistral no es flor de un día. A ellos se unen Luiz Gustavo, Willian, Paulinho, Oscar, Bernard o incluso Marcelo, una camada de jugadores de mucho talento y futuro prometedor con aptitudes de sobra para demostrar que forman parte de ese grupo de jóvenes sobradamente preparados que un día comentó Ramón Calderón.

Y, por sin fuera poco, lo de Brasil tiene un componente de esoterismo, ya que se enfrentan al reto de convertirse en la única selección que hasta el momento ha enlazado el título de Copa Confederaciones con un Mundial y, al mismo tiempo, de dotar de una nueva lectura a la profecía de 1966. Descendido el Betis, el Deportivo de La Coruña de vuelta en Primera, el Atlético campeón de Liga, el Real Madrid de Copa de Europa y con Austria conquistando Eurovisión, el destino vendría a concluir que el Mundial es para una Inglaterra que ese año, no lo olvidemos, hacía las veces de anfitriona. En cualquier caso, sea como sea, los brasileños pueden estar tranquilos, pues hay una cosa que nunca les fallará: una afición que anhela el triunfo para cicatrizar por completo las heridas de Ghiggia y el resto de artífices del ‘Maracanazo’ y apaciguar el clima de tensión en torno al campeonato. Y no nos cabe duda de que se desgañitarán si en ello les va la gloria. Igual las vuvuzelas no estaban tan mal, después de todo…

11/06/2014

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