Alemania y el síndrome de la ‘Naranja Mecánica’

MullerJULIÁN CARPINTERO | Una de las grandes verdades aceptadas de forma universal por todo el planeta fútbol es aquella que dice que, a pesar de no haber sido capaz de ganar un Mundial, la Holanda de los 70 es la reina de las denominadas campeonas sin corona. Un equipo al que no le hizo falta abrazar la copa que diseñó Silvio Gazzaniga para hacerse un hueco en el corazón de los aficionados por su juego alegre y revolucionario, aquel innovador sistema que devino en llamarse ‘organización desorganizada’ liderado por un imberbe Cruyff. Una sensación parecida a la que debe sentir Joachim Löw cada vez que afronta una gran cita al frente de la Mannschaft, pues torneo a torneo llega con la vitola de favorita pero acaba despidiéndose con la amarga sensación de no ser más que la vencedora moral. Y es que las estrellas de su escudo no se cosieron sólo con buenas intenciones.

Fue precisamente en la RFA donde confluyeron las historias de Alemania y Holanda, dos grupos humanos antagónicos en la forma de entender el fútbol y la vida pero que, curiosamente, parecían estar predestinados a encontrarse. El rigor táctico frente a la imaginación y la disciplina militar contra esa especie de ‘laissez faire’ anárquico. O, para personificarlo en dos nombres, Beckenbauer ante Cruyff. Aquella tarde de julio de 1974 los primeros ganaron a los segundos, pero no los derrotaron, pues aquella ‘Naranja’ siguió siendo ‘Mecánica’ sin saber que cuatro años después volvería a quedarse a las puertas de la gloria eterna. Aun así, la justicia poética le tenía reservado a Rinus Michels, el director de orquesta, un premio menor en forma de Eurocopa que llegaría más de una década después y con otra generación distinta, pero que no hizo sino confirmar que aquella revolución también sirvió para vencer.

Sin embargo, el espíritu de aquella Holanda contracultural parece haberse apoderado en los últimos años de su archienemiga alemana, la misma que desde que Klinsmann asumiera el cargo de seleccionador en un ya lejano 2004 tras el descalabro de Rudi Völler en la Euro de Portugal ha mutado en un papel que, aunque le resulta bonito, nunca se habría imaginado interpretándolo. Desde entonces, con Klinsmann primero y con Löw después, Alemania ha encadenado de forma consecutiva tres semifinales y una final en lo que a Mundiales y Eurocopas se refiere, pero siempre ha adolecido de ese gen ganador que tanto le ha caracterizado a lo largo de su historia y que a generaciones mucho más mediocres que la actual les ha dado el plus necesario para campeonar, que dirían en Sudamérica.

Para intentar convertirse en la primera selección europea en ganar una Copa del Mundo al otro lado del Atlántico Löw mantiene, a grandes rasgos, la columna vertebral de hace cuatro años, aunque las lesiones y su conocimiento de las categorías inferiores le han empujado a realizar un relevo generacional un tanto precipitado y que puede verse reflejado en esa ausencia de competitividad. Así, no sería raro que el técnico de Baden-Wurtemberg diera minutos a jugadores jóvenes y sin apenas experiencia internacional como Draxler (20), Kramer (23) o el lateral Durm (22), que podría incluso ser titular en la banda izquierda después de que Löw dejara fuera de su lista final a Schmelzer y Jansen. Ginter (20) y Mustafi (22) completan la nómina de debutantes.

Las lesiones, sin lugar a dudas, han sido el gran quebradero de cabeza de la expedición germana durante los últimos meses. Por ejemplo, Gündoğan, que parecía tener un hueco asegurado en el centro –con opciones de ser titular– se ha perdido toda la temporada y Lars Bender se ha caído en el último instante, como Reus, la ausencia más sensible tanto por el momento en que se ha producido como por todo lo que pierde Alemania sin él. Podolski, sempiterno con la Selección, y Schürrle, que siempre ha jugado a banda cambiada y ofrece muchas variantes, se disputarán su puesto.

Por lo demás, es probable que en Brasil se vea a la Alemania reconocible de estos últimos años, con Neuer inamovible en portería; una defensa de cuatro con Lahm en la banda derecha –y no en la medular como en el Bayern–, Hummels y la duda de Boateng o Mertesacker y Durm o Großkreutz de falso carrilero; un doble pivote con Khedira, Schweinsteiger y Kroos en continua pugna por disponer de minutos; y una línea de tres mediapuntas en la que Müller y Özil son fijos, aunque Götze también podría terminar entrando. Arriba, si Löw decide jugar con delanteros, lo hará con Klose, que podría superar a Ronaldo Nazario como el máximo goleador en la historia de los Mundiales. No obstante, llama la atención la ausencia de Mario Gomez y que el ariete de origen polaco sea el único punta nato que viaje a Brasil siendo Alemania un país que ha dado rematadores como Gerd Müller, Rummenigge, Bierhoff o el propio Klinsmann.

Sea como fuere, de lo que no se puede quejar el elegante Löw es de alternativas de calidad cuando mire a su banquillo, pero no es menos cierto que en caso de no encontrar el camino mediante el toque y las transiciones rápidas, sólo los disparos lejanos de Schweinsteiger o Kroos pueden plantearse como un plan B contra defensas cerradas. Portugal, Ghana y Estados Unidos van a ser tres piedras de toque de tronío con las que la Mannschaft calibrará su nivel. Porque esta nueva Alemania multicultural no sabe elegir entre la gloria o caer con honores, sino que ambos conceptos forman un todo en el que su historia les obliga a desprenderse del aire derrotista. Llegar a semifinales nunca ha sido suficiente.

10/06/2014

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