Persépolis

IránÁLVARO MÉNDEZ | Corría el año 499 a. C. cuando las tropas persas dirigidas por el rey Darío I invadieron Macedonia con el firme propósito de conquistar Atenas y las polis griegas del Peloponeso. Todo o nada. Estaba en juego una cultura cuyos cimientos habían sido asentados por las civilizaciones minoica y micénica. Tal y como relata el célebre historiador Heródoto, la épica y contundente respuesta de los hoplitas en las batallas de Maratón y Salamina permitió alejar el fantasma de las incursiones médicas hasta que Alejandro Magno obligó al Imperio Persa a postrarse a sus pies 150 años después. Occidente había vencido. De hecho, la hegemonía helenística sobre Europa sólo pudo ser destruida por esos ruidosos vecinos latinos que empezaban a hacerse fuertes al oeste del Mediterráneo.

El fútbol, práctica que siempre ha sido asociada al viejo continente y a Sudamérica, no entiende de conquistas. Cierto. Pero a muchos de los países que poseen una larga y fructífera tradición balompédica siempre les ha resultado cuando menos extraño que ‘otros’ intenten penetrar en su coto privado de caza. En el caso del Mundial, son los combinados asiáticos quienes siempre portan el deshonroso sambenito del puesto inmerecido. “Si ellos no vinieran, habría hueco para la Suecia de Ibrahimović o la Ucrania de Yarmolenko, pensarán muchos.

Sin embargo, al igual que hicieron sus antepasados persas, la selección de Irán llega a ese escenario de la catarsis occidentalista que es Brasil 2014 con la firme convicción de, al menos, dar mucha guerra. Dos viejos conocidos del fútbol español, Javad Nekounam y Masoud Shojaei, serán los Datis y Jerjes de la expedición centroasiática. Tanto el ex de Osasuna como el extremo de Las Palmas habrán de erigirse en líderes del conjunto iraní y en la prolongación en el campo del seleccionador Carlos Queiroz, ya que ningún otro jugador de la lista de 23 ha gozado de la oportunidad de competir con continuidad en las grandes ligas europeas.

El reto no deja de hacer historia. A su manera, sí, pero historia al fin y al cabo. Tras no lograr clasificarse para Sudáfrica 2010, el objetivo está claro: lograr superar la primera ronda por vez primera, empresa difícil pero no imposible teniendo en cuenta quiénes serán sus rivales en los iniciales diez días de competición. Argentina parte como clara favorita, pero la novata Bosnia-Herzegovina y la siempre imprevisible Nigeria pelearán en igualdad de condiciones contra Irán, y no resulta descabellado pensar que balcánicos o centroafricanos puedan sufrir algún que otro resbalón.

De conseguirlo, supondría un empujón a una nación que empieza a ver algo de luz a través de las opacas celosías que ha elaborado con crueldad el régimen de los ayatolás durante los últimos 30 años. La nueva era que está implantando el moderado Hasán Rouhaní dista, aparentemente, de aquella que tuvo como protagonista a Mahmud Ahmadineyad. Al menos, en las formas. Aunque se han dado pasos importantes con la reapertura de las negociaciones sobre el programa nuclear iraní y la pseudocondena del Holocausto, el verdadero poder reside en el extremista Alí Jamenei, cerebro y puño de la República Islámica de Irán. Bajo su mando —y el de su predecesor, Ruhollah Jomeini— el país se ha convertido en una cárcel religiosa donde nada escapa a la teología que emana de las sagradas escrituras y donde la disidencia en materia moral es silenciada con los medios más brutales.

Una histórica clasificación de la Selección para octavos de final sería utilizada por el régimen como una herramienta para sacar pecho. Ahora bien, también supondría una alegría infinita para quienes conviven día a día con la opresión y la injusticia. Quizás sea ésta la motivación de los ‘Príncipes de Persia’ cuando salten el 16 de junio al césped del Arena da Baixada en Curitiba. O puede que, sencillamente, jueguen al fútbol “para hacer entrar a los creyentes en jardines por cuyo suelo corren los ríos, donde serán inmortales. Y cubrir sus malas acciones. Eso es ante Alá un gran triunfo”, tal y como reza el Noble Corán en la Sura de La Conquista. Si se compite como manda el Misericordioso, poco importa llevarse una derrota como la que sufrió la ciudad de Persépolis con la llegada de Alejandro Magno en el 331 a. C.

04/06/2014

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