Bastardos de un ‘biscotto’

ArgeliaJULIÁN CARPINTERO | Malí, Benín y Ruanda. Esos fueron los obstáculos que ‘Los zorros del desierto’ tuvieron que esquivar para hacerse con uno de los 31 billetes que estaban en juego para participar en el Mundial de Brasil. Lo cierto es que los Medjani, M’Bolhi, Mesbah y compañía completaron una brillante fase de clasificación con cinco victorias y una sola derrota en los seis partidos que tuvieron que disputar a lo largo y ancho del continente negro, unas cifras con las que certificaron la que será su tercera presencia en una Copa del Mundo. Y todo ello bajo las órdenes de Vahid Halilhodžić, un hombre que fue testigo el día en que escribieron el relato más triste e injusto de la historia de Argelia con el balón.

La arena blanca de las playas del Mediterráneo que bañan las costas del norte de África forjó, a mediados de los 70, a un talento que en la década siguiente asombraría al mundo. Se hacía llamar Mustapha, aunque en el pueblo donde había nacido todos le conocían por Rabah. Rabah Madjer. Jugaba de segundo punta y era el arquetipo de futbolista de lo que luego se ha considerado la escuela del Magreb: técnico, hábil, más rápido de mente que de piernas y con ese gracejo al correr que a día de hoy se identifica, salvando las distancias, en jugadores como el marroquí Taarabt. Tras quedársele pequeña la competición local fue el Racing de París –aquel gigante con los pies de barro que nació con el objetivo de que la capital francesa dominara el fútbol galo– quien le incorporó a su plantilla. La metrópoli, por tanto, llamaba a filas a uno de tantos niños de sus colonias, el mismo que tocaría la gloria con el Oporto en 1987, cuando le ganaron al Bayern de Múnich la final de la Copa de Europa con un excelso gol de Madjer, que, de espaldas al arco muniqués, batió a Pfaff con un genial taconazo. Extasiado, el atacante argelino celebró aquel gol como pocas veces en su carrera. Porque, más allá del contexto de la final, el tanto tenía un simbolismo especial por ser el Bayern, bandera de la Alemania occidental, el contrincante. Un gol que, en cierta medida, cerraba una herida que Madjer tenía abierta desde hacía un lustro.

Antes de que Tardelli conmocionara al planeta con su carrera por el césped del Bernabéu y después de que la decepcionante España de Santamaría sonrojara a todo el país en su propia casa, la inhóspita Argelia copó todos los focos mediáticos en el inicio del Mundial de 1982. Aquella desconocida selección, tan joven como atrevida, fue capaz de ganar por 1-2 a la RFA el día en que perdía la virginidad en un torneo de tronío como éste. Los tantos del propio Madjer –quién si no– y Belloumi hicieron inútil el de Rummenigge y ponían patas arriba un grupo en el que también cohabitaban Austria y Chile. No obstante, ‘Les Fennecs’ no pudieron con la Austria de Krankl, que les hizo hincar la rodilla en el Carlos Tartiere por 0-2; por tanto, y debido a que Austria también había ganado a Chile en la primera jornada y la RFA hizo lo propio en la segunda, ellas dos y Argelia se jugarían el pase a la siguiente ronda en una última jornada de infarto.

Es entonces cuando una gorra iconiza la afrenta de Madjer. La que el villano Toni Schumacher, portero de la RFA, se colocó en el descanso de su partido contra Austria y con la que los de Jupp Derwall pedían la bandera blanca a sus vecinos, pues el 1-0 que había hecho Hrubesch a los diez minutos les valía a ambas para pasar a la siguiente fase de la Copa del Mundo gracias a la mejor diferencia de goles que tenían con respecto a Argelia, que el día antes había hecho los deberes ganando a la desahuciada Chile por 3-2. Con la clasificación en el bolsillo, tanto Austria como la RFA renunciaron al ataque en un espectáculo dantesco del que surgieron los gritos de “¡Que se besen! ¡Que se besen!” del público de El Molinón, perplejo ante tamaña falta de dignidad. Como consecuencia de aquel episodio, la FIFA estableció que las últimas jornadas de las fases de grupos se jugarían siempre el mismo día y a la misma hora. En este sentido, no deja de ser curioso que otra de las perjudicadas por la organización y el arbitraje fuera Yugoslavia –en el partido contra la anfitriona España les pitaron como penalti en contra una falta que había sido fuera del área, la cual López Ufarte lanzó fuera para que Juanito acertara a la segunda–, cuyo número ‘19’ era un voraz delantero que jugaba en el Nantes llamado Vahid Halilhodžić.

‘Biscotto’ es el término que utilizan los italianos para referirse a un amaño premeditado, una definición que se ajusta a la perfección al ultraje que sufrieron en sus carnes los pupilos de Khalef y Mekloufi, dos leyendas que dirigieron a Argelia al alimón. Para intentar restituir su orgullo, los Feghouli, Brahimi o Taïder tendrán dar el plus que les faltó a los convocados en 1986 y, sobre todo, 2010, cuando no pudieron siquiera celebrar un gol. Sus compañeros de baile –Bélgica, Rusia y Corea del Sur– no parecen, a priori, las más feas de la fiesta, por lo que, a pesar de unas carencias más que evidentes en la zaga, la imaginación de sus atacantes puede hacer que la suerte que les abandonó hace tres décadas vuelva ahora en forma de victoria. Madjer, y Halilhodžić, bien lo merecerían.

03/06/2014

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s