Hulk

emeryMARIO BECEDAS | Cada vez que dirige un partido, no todos se habrán fijado en el sincronizado juego de sentadillas que ejecuta sobre la banda del campo. La furia, porque no hay otro vocablo que lo defina mejor, que desarrolla gimnásticamente Unai Emery en el control de sus encuentros lo convierte en una suerte de mito de la Liga.

La exasperación de Emery sobre el césped le lleva a considerar la zona técnica como una especie de celda de la que debe escapar, no para salvarse él, sino al fútbol. La delicada figura del vasco, enfundado en un traje a medida, ahora con las personalísimas coderas rojas del Sevilla, todo coronado por el engominado manto de su caballera y su pulido mentón, le confieren un aspecto inofensivo que no deja de ser lo que un huevo Kinder.

La sorpresa que lleva dentro es la pura rabia, el éxtasis de la vivencia futbolística. Basta que el defensa retrase 20 centímetros su posición en la zaga cuando el balón se encuentra aún en el área rival para que Emery salte de la banqueta con unos aspavientos que no dejan dormir al sastre sevillista. Sus ternos son los héroes de la cancha.

Esta intensa cólera que le ha hecho célebre —sin olvidar su primigenia ceja partida— no se sabe muy bien a qué parámetros científicos responde, pero demuestra el prurito de Emery de reflejar la estampa brava, bravía, atlántica, rompeolas, de vasco fuerte, de hijo de Fuenterrabía, que lleva en la genética y que esconde bajo su perfil de porcelana.

Brazos agitados, rodillas en tierra, la celebración del avión cuando todavía no ha llegado el gol, carreras imposibles al borde de la cal, manos a la cabeza, antebrazos que terminan en un dedo índice instructor que de auténtico milagro no saca el ojo al jugador que soporta su escrache táctico. Todo vale. En sus gestos está la disposición mágica del balompié.

Un prodigio para un Sevilla irregular y experto en situar sobre el alambre a experimentados preparadores para, en el último momento, remontar el vuelo y dejarlo todo en un susto. Una especie de maldición con la que ha podido Emery o, lo que es lo mismo, su metamorfosis en el increíble Hulk cuando el árbitro pita el inicio.

En su iracundo y crepitante concepto del fútbol, que le convirtió en héroe almeriense y un maldito, injustamente, para Mestalla, Emery, todo pasión en el campo y calma chicha fuera, renueva su idilio con los hijos de El Arrebato, a los que ha vuelto a hacer europeos, justo cuando sabemos que el Milan le tenía como primera opción para su banquillo. Una pena para San Siro, que se pierde a una auténtica criatura del fútbol.

29/05/2014

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