Deudas

RealMadridAtléticoJULIÁN CARPINTERO | Desde el pasado sábado Lisboa ya es una ciudad eterna. Para bien o para mal. ‘Da Luz’ serán, a partir de ahora, dos palabras que en la memoria colectiva de atléticos y madridistas dibujen la efímera gloria que los primeros llegaron a palpar con la yema de los dedos y la inquebrantable fe que lleva más de un siglo haciendo latir el corazón de los segundos. Un gigantesco casino, al fin y al cabo, en el que la Diosa Fortuna –y todas las variables que influyen para que ésta decida si la bola cae en la casilla par o en la impar– dejó sin saldar deudas que son históricas y liquidó otras que llevaban años atormentando un sueño que antaño fue plácido. Porque la Champions es altiva y señorial, como un Lannister. Y ya se sabe que los Lannister siempre pagan sus deudas.

No hay rincón de Da Luz que no recuerde a Eusébio, cuya estatua de bronce preside una de las entradas. La mística del mejor futbolista de la historia de Portugal, que falleció el pasado mes de enero, impregna el estadio en el que el Benfica lucha cada semana contra la maldición de Béla Guttmann. Un santuario en el que el Real Madrid nunca había sido capaz de ganar en sus 112 años de historia, como tampoco lo había hecho en el José Alvalade, la casa del Sporting, de la que hasta la fecha no ha sido capaz de salir victorioso. Porque fue precisamente el Benfica el equipo que impidió que el gran Madrid que construyó Santiago Bernabéu ganara en 1962 la que hubiera sido su sexta Copa de Europa en aquella final de Ámsterdam, en la que Puskás hizo un hat-trick en 38 minutos antes de que ‘O pantera’ –autor de un doblete– y su excepcional reparto coral le dieran la vuelta con un incontestable 5-3 final.  Eusébio le quitó una Copa de Europa al Madrid y tarde o temprano tenía que devolvérsela.

No obstante, si alguien se reconcilió con una competición que hasta ahora había sido esquiva con él ese fue Sergio Ramos. Héroe inmortal desde esas 21.36 –hora local, por supuesto– en que espantó de un cabezazo un fantasma que amenazaba con no marcharse jamás de la planta noble de Concha Espina, con su derroche de casta y corazón borró, de un majestuoso salto, la rabia de aquel gol anulado en el Allianz Arena una lejana noche de marzo, las carcajadas del socarrón Neuer tras ese penalti que se le fue al limbo en las semifinales de 2012 y la amargura de las lágrimas que resbalaron por su cara después de su tanto estéril ante el Borussia hace sólo un año. Sin embargo, todos aquellos sinsabores desaparecieron cuando pudo acunarla entre sus brazos antes de arrancarse con su célebre ritual torero, con el que escenificaba que él, Sergio Ramos García, era un hombre libre de deudas.

Con ese gol también liquidó su débito un Casillas que llegó a la final libre de pagos y por culpa de una mala salida se encontró endeudado hasta el gaznate, aunque para ello tuviera que pedir el aval de aquel al que bautizó como “puto amo”, pero que no era otro que su mejor amigo dentro del vestuario. Y Cristiano, que con su iracunda celebración instantes después de marcar el penalti que él mismo había provocado se liberaba de una actuación decepcionante y gris motivada por haber jugado mermado a causa de sus problemas musculares. E incluso Carletto, al que su doble apuesta por Isco y Marcelo en lugar de Khedira y Coentrão dio alas para acabar manteado. Y, cómo no, Florentino, que resopló como pocas veces con los goles de sus bonitos. Lisboa y el Madrid ya estaban en paz.

En cambio, en la ribera del Manzanares seguirán sintiéndose acreedores de la vetusta Copa de Europa, que volvió a escapárseles cuatro décadas después con un guion tan trágico que ni el propio Pessoa hubiera diseñado para el más triste de sus poemas. Otra vez un defensa. Otra vez en el último minuto. Otra vez las lágrimas, por mucho que su profeta Simeone se empeñara en pedir que los hinchas no derramaran ni una sola, pues Godín ya las había gastado por todos. La justicia poética del fútbol le debe una Champions League al Atlético. No se sabe cuándo, pero es de ley que se la acabe pagando, aunque sólo sea por esos niños que sin saber cómo ni porqué llevan pegadas a la piel las barras rojas y blancas. Lisboa y Da Luz son ahora el Heysel del nuevo siglo.

La tragedia y la euforia son dos estados de ánimo que se magnifican y se extrapolan en cuestión de segundos cuando hay un balón de por medio, una fina línea sobre la que es preciso caminar sin resbalar para escribir tu nombre en la gloria. La grandeza de esta final reside en que Xabi Alonso, aun sin jugar, pudo devolverle a ‘Carletto’ la Champions que le debía con esa carrera inmortal dentro de su impoluto traje. En que el legado de Luis Aragonés sigue siendo acreedor de una Copa de Europa adornada con cintas rojas y blancas. Y en que, a pesar de que será imposible de olvidar, lo efímero de los éxitos en el deporte obliga a que todos miren ya hacia adelante.

PD: Lisboa y un servidor también hicimos las paces.

27/05/2014

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