Hijos de Madrid

lisboa1MARIO BECEDAS | En una Lisboa de luz y nostalgia, en una Lisboa lenta y triste de sí, la Historia, como dejaron dicho los griegos, volvió a ser circular; y la noche, manto decisivo, escenificó la tragedia del fútbol bajo el águila que vigila las siete colinas.

Pasearon las corbatas de ambos equipos sobre un césped extraño, menguado por la magnitud del acontecimiento y por el amarillo celaje lisboeta, siempre presto a la melancolía. Arda Turan, sultán turco con barba de Malasaña, sorprendía a todos cayéndose de la cita. La otra sorpresa la ponía Khedira como arma secreta de Ancelotti. Los francotiradores de ‘Carletto’ habían hecho diana en Illarramendi.

Fue el primer chispazo del partido obra de Benzema, siempre jugando con chanclas. Un taconazo suyo por la gatera casi deja solo al compañero frente a Courtois. Apenas se había reemprendido la pesada maquinaria del encuentro y vino el primer chascazo de la tarde. Ahíto de planceta de yegua, Diego Costa moría por la bocana de vestuarios sin exhalar ni el minuto 9. La doctora Kovacevic echaba la persiana a su consulta.

Asimilada la ausencia, Raúl García, músculo y naso, estaba en todos los repartos ante la ira de un Ancelotti al que aún no había sacado el realizador de la televisión. No muy lejos de él, un repeinado y contrito Arbeloa Turan se reconciliaba con la vida tras su peto de profeta. Unos años más arriba, en el palco, Hierro y Raúl, padre e hijo, sufrían más que cuando Lúcio metió la cabeza en las redes de Glasgow.

Un Madrid desorientado lanzaba centros a la olla desde su propio campo para pasmo gustoso del plantel colchonero. Una falta de ideas que propició el juego de choque y el pronto incendio de un Sergio Ramos que acabaría abrochando la noche. Se ganó Raúl García la amarilla por bajo y, pasto de la indignación, ‘Canelita’ se fue a por su pecho en una mezcla entre el balconing y el pressing-catch. El colegiado le cargó con una cartulina y Twitter fusiló sin piedad al héroe de Camas.

Avanzó al poco y cortando la calima Bale. Su seca detonación con todo a favor se perdió fuera de los palos. El potro de Gales se ganó el “¡Tu madre!” de la grada blanca y Xabi Alonso empezó su ‘Naranja mecánica’ particular: primero viviendo, metido en su elegante terno, la jugada con los carrillos en slow motion y después demostrando su querencia a la patada contra el suelo del graderío.

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Se desesperaba el Madrid buscando al pequeño duende Modric como Marco a su mamá, pero no era suficiente. En una de estas búsquedas  infructuosas, el Atlético se hizo fuerte al córner, y tras un rechace, la coronilla de Godín, fetiche del año 14, demostró en medio de la marabunta por qué es el ‘Faraón’ batiendo por alto a un Casillas descolocado a media salida que quizá no estuvo fino en su busca de las uvas de la ira. Mourinho acarició su gato en Londres y el sector fuerte del Bernabéu afiló los cuchillos.

Tras la pausa, resultó el segundo asalto como aquello que dijo Groucho Marx de que las segundas partes siempre fueron buenas: “El otro día vi un partido de fútbol y en el segundo tiempo pegaron al árbitro y todo”. Courtois colocaba despacio, a saltitos alegres, la barrera como un mantelito de cuadros bajo la merendola para mandar con el puño y a las nubes el misil de Cristiano que besaba la cruceta. Simeone pedía a su afición ardor canchero.

La devolución del Atleti fue un Adrián iluminado por la Virgen de Covadonga que robó la cartera a Carvajal y que demostró haberse conservado a la perfección en el formol del ‘Cholo’ para dar las últimas puntadas al costurón de la temporada. Chendo se santiguaba en la banqueta del Madrí mientras se buscaba el alma entre las solapas de la americana y Benzema eructaba como el depósito de un coche que se queda vacío de gasolina. No pareció notarlo un Ancelotti que sacó a la pareja IscoMarcelo para darle a la samba.

El paso atrás del ‘Glorioso’ vino correspondido por las cabriolas de billar del Madrid en la media luna rival, un terror materializado en dos cornadas de Bale. En una se acercó al palo y en la otra quiso hacer la ‘bartrada’ pero se topó con el lateral de la red. Xabi Alonso ya se comía la barandilla de la grada, con tanta clase, eso sí, que no dejaba de lucir peluco.

Buscó Ancelotti la ‘moratada’ reemplazando a Benzema, y comenzó el circo de payasos, trompetas y pavor en los últimos metros atletistas. El descuento kilométrico que impuso Kuipers fue una maldición para un Atlético que, de repente, se vio jugando en Heysel con las calzonas muy cortas. Y ahí, justo ahí, ‘Canelita’ sobrevoló cabezas, nimbos y galaxias, consiguiendo un testarazo que iba a ser la ‘Décima’. La calva de Zidane en el banco brillaba de la suerte que emanaba.

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Desinflado el Atlético ya en la prórroga, el Madrid se creció hasta que Di María, torero trágico y flexible, se la puso a Bale para que soplara y soplara y derrumbase la frágil cabaña de los tres cerditos. 2-1 en el corazón de la prórroga y gloria para Florentino Pérez, que celebró el fin de su peregrinaje y la segunda amortización de su megalómano fichaje chocando los cinco con un Aznar situado a varios metros cuando había tenido a Rajoy a un palmo. Cosas del deporte.

Quiso la Historia humillar más y cayó la puntilla con el gol de un Marcelo que se metió hasta la cocina, tanto que después del encuentro le llamaron de MasterChef. La veda estaba abierta y aún quedaba el descabello más duro. ‘Cholo’ pedía caras altas hasta que el colegiado estropeó la honorabilidad de la Champions con un penalti estúpido, innecesario, de patio de colegio que, en la agonía, se cometió sobre Cristiano.

Para escarnio del fútbol, un Cristiano gris, mediocre, desaparecido y protestón, echado a perder desde su merecido Balón de Oro, transformó la pena máxima ante un Courtois muerto de pena y lo celebró, torso de Hulk Testino al aire, como si fuera el gol decisivo del encuentro. Se confirmó en su rabia que en las grandes citas suele tragársele la tierra.

Mención especial, eso sí, para Ramos, ‘Canelita’, monumento al fútbol, que fue casta, que fue lucha, que fue épica, que fue riesgo y elegancia, que fue crítica y alabanza, que lo pudo todo, que ganó la final y las semifinales. Con su gorra de cani maldito, con su capote del Real Madrid, con su búsqueda desesperada de una peluca para ser la Duquesa de Alba de Da luz. Para ser el hombre de las mil caras y disfraces cuando, en un giro de cámara, de repente, apareció en la otra punta del campo cortando las redes de la portería con un sombrero de ala corta sobre la cabeza. Que el Mundial le pille así de padre y pleno.

Un azorado Casillas alzó la ‘Décima’ sabiendo que pocos brazos en el fútbol han levantado más que él y el confeti blanco se apoderó del estadio. La noche de fútbol se cerró, en cualquier caso, con el sabor ufano de la ansiada victoria, con el gusto amargo de la derrota, con el homenaje cumplido, que sí colchoneros, a Luis Aragonés, con una Lisboa triste de penurias buscando en el mar un mañana que nunca vendrá y con una ciudad cuyos hijos estuvieron, un derbi más, por encima de todo, justo allá donde se cruzan los caminos. Pongamos que hablo de Madrid.

25/05/2014

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