Viejo creído

imageSERGIO MENÉNDEZ | “No fue un gran partido, ellos fueron un equipo aburrido. Suecia es una nación aburrida, de hecho. Pero hemos ganado, ¿qué importa lo demás?”. Los aficionados del Nottingham Forest que aquella noche del 30 de mayo de 1979 se daban cita en el Estadio Olímpico de Múnich casi no daban crédito a sus ojos. ¿Quién les iba a decir a ellos, que a finales de la temporada 1971/72 habían sido condenados a un travesía que los tuvo deambulando por los desiertos de la Second Division durante cuatro años, luchando incluso por no descender otra categoría, que su equipo, ya obrador en la campaña 1977/78 del milagro de conquistar liga y copa cuando hacía solamente unos meses que habían retornado a la First Division, les obligaría a pellizcarse tan fuerte como para creerse a sí mismos allí, asistiendo en persona a una final de la Copa de Europa y viendo a John McGovern alzando el título al cielo de Baviera?

De esta forma tan heroica, el centrocampista escocés y el resto de un once formado por Shilton; Anderson, Clark, Burns, LloydRobertson, Bowyer, Birtles, Woodcock y el talentoso Trevor Francis, mediapunta que el conjunto inglés había fichado del Birmingham City en el mercado de invierno previo desembolso de 1 millón de libras esterlinas, a quien la UEFA no dejaría participar en la competición hasta la mismísima fecha de la final y que logró perforar con su gol al filo del descanso el tedioso muro que el Malmö levantó con su correspondiente alineación para defender la portería de los continuos envites del rival, se ganó un sitio preferente en la memoria colectiva de los aficionados propios y buena parte de los extraños. Un hueco, no obstante, sólo comparable en dimensiones al que la historia del Nottingham Forest reserva para el considerado a nivel de títulos y juego desplegado por el equipo como el mejor entrenador que jamás ha lucido en su pecho el roble de Sherwood y principal artífice de la hazaña continental, el hombre que cumplió el sueño de Robin Hood e hizo que el club pasara en tiempo récord de vivir en la más absoluta pobreza futbolística a colmar de éxitos una despensa de trofeos prácticamente yerma hasta su llegada. Fanfarrón, lenguaraz y autor de citas tan célebres como la que sirve de apertura, si Roma no se hizo en un día se debe, obviamente, según reconoció en su día, a que él no estaba a cargo de la tarea. Se trata, por supuesto, del irrepetible Brian ‘Old Big Ead’ Clough, un viejo creído.

De hecho, puede que lo único digno de considerarse humilde en la biografía de Clough sean sus orígenes. Hijo de familia encabezada por un fabricante de dulces y una madre coraje, fue el sexto de nueve hermanos en habitar la casa de protección oficial del número 11 de Valley Road, en Grove Hill, Middlesbrough. Pese a lo agrio de episodios como la trágica muerte de la primogénita Elizabeth por septicemia, lo cierto es que Brian siempre recordó su infancia como una etapa feliz en su vida y supo ver en aquel pedacito fabril al norte de Inglaterra un paraíso a la medida. “Todo lo que he hecho, todo lo que logrado y todo lo que se me ocurre que me haya afectado y conducido en la vida, exceptuando el alcohol, tiene su origen en mi infancia. Quizá se deba a la atención permanente de mi madre, con ocho hijos a los que cuidar, trabajando desde por la mañana hasta la noche, trabajando más de lo que cualquier otra persona o yo mismo lo haya hecho nunca”, llegó a decir en una ocasión. Son el tipo de declaraciones que sólo una persona que desde muy pequeño supo apreciar el valor de crecer en condiciones adversas es capaz de pronunciar y sirven de pie de foto a un álbum de momentos que forjaron un hombre de fuerte personalidad.

Valgan de ejemplo del carácter del hombre que militó en su década de profesional en ‘Boro’ y Sunderland después de cambiar el bate de crícket por el balón de fútbol y que hizo lo propio luego permutando botas por banquillo sus palabras al abandonar el Leeds United, disciplina en la que desembarcó el curso 1974/75 tras la salida de Don Revie acusando al vestuario de haber cosechado sus éxitos recientes robando y por medio del juego sucio – no en vano se les apodaba ‘Dirty Leeds’  y de la que saldría después de 44 días en el cargo para recalar esa misma temporada en Nottingham, no sin antes reconocer que su despedida suponía un día espantoso… para el Leeds.

Y fue en estas circunstancias cuando se produjo la vuelta de Brian junto a su entonces inseparable segundo, Peter Taylor, a las Midlands del Este para reeditar la gesta que ya había logrado en el pasado con los eternos rivales del Derby County al devolverles a la First División y llevarles incluso a unas semifinales de Copa de Europa. Una tarea que cumplió con creces después de hacer a Francis y compañía campeones no una, sino dos veces seguidas. Fue un 28 de mayo de 1980 contra un Hamburgo dirigido por Kevin Keegan en el Santiago Bernabéu tras imponerse por 1-0 con tanto de John Robertson, a quien el míster definió como un joven poco atractivo pero un artista en cuestión de habilidad y técnica comparable en pintura al mismísimo Picasso. Puestos a comparar, Brian Clough, con esos ojos rasgados y hundidos bajo las prominentes y sonrojadas mejillas, sería más bien un Benny Hill del deporte rey que prefirió morir por agarrar cuellos de botella que pellizcar culos de mujer y que, a pesar de no conseguir obsequiar al club con ninguna de las dos Copas Intercontinentales que les correspondió jugar, es quien más cerca ha estado nunca de dotar de sentido al célebre jingle y hacer que los ‘Tricky Trees’ se sintiesen dueños del mundo entero en sus propias manos. “We’ve got the whole world in our hands!”.

21/05/2014

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