Morir en la orilla

valencia-golMARIO BECEDAS | Fue un nuevo acto valiente. Casi de fe. Mestalla se replegó sobre sus alas, como un pájaro temeroso, al igual que en instantes que ya se creían olvidados. Los minutos de tensión se fundieron uno a uno en la pira de los deseos. El milagro no aconteció y la gigantesca desolación desbordó los gigantescos tamangos de Pizzi, surtidor de tangos sobre la banda, y la inmensa nobleza de Keita, ébano azul para Aragonés.

Le sobraron al Valencia los segundos del horror, los instantes fatales que descomponen las caras del fútbol. Es la tragedia de los descuentos fatídicos, cuando un golpe del juego desbarata ese castillo de naipes de temporadas y pesares, esa ilusión del niño pequeño por vislumbrar su primer entorchado del equipo. Las bufandas taparon cuantiosas lágrimas en busca del Turia y un sinfín de miradas esperaron la comprensión del cielo. Faltó la entereza de los deliciosos duelos a revólver contra el Inter.

Ni la más terrible venganza tramada por Emery, especie de Hulk venido de Fuenterrabía, pudo contemplar tal crueldad. Su Sevilla resultó una vez más aguijón y veneno. Los valencianistas, maltrechos de fondo, buscaron con ahínco una machada para el recuerdo. Una remontada que acabase de fraguar la conseguida ante el Basilea. Otra velada en la que Paco Alcácer se acercase volando al Querétaro de El BuitreDiego Alves atrapase la Luna y Feghouli, atribulado ‘Feghoulito’ de marras, hiciese de sus piernas el compás de la lámina verde para resuello de ParejoFuego, ardientes andamios del fútbol.

Parecía hecho. El tercero estaba en la red. Y allí, sobre el histérico manto ché, se sucedieron todos los minutos de la basura que acabaron en drama. El empate del Bayern ante el Atlético del 74, la remontada del Manchester al Bayern en el Camp Nou, el vuelco de Turquía a Croacia en aquella Eurocopa, el Bayern —siempre presente— matando de por vida al Getafe, la Liga del ‘Kun’ Agüero al City o el latigazo del Borussia al Málaga en el cadalso de los cuartos europeos.

Un sedimento de batallas que deslumbró a la grada en el justo momento en el que presente se congeló y el cabezazo furtivo, silencioso, de M’bia abrochó la bolsa del cadáver. Valencia dejó de comerse los padrastros y, en el tumulto de ondas, David Albelda, chamán del murciélago en su momento, bramó al aire de España un ¡No me jodas, coño!“*  solemne, profundo, gafe y herido. Un grito de terror, de espanto, de sorpresa, de indignación, que le dejó pensativo en el líquido amniótico del vacío, recordándose con el honor de ser el último ché en levantar algo parecido a una Copa de la UEFA.

De este modo batió el murceguillo su suerte y quedó negra su sangre, tiznada de derrota. No así sus costuras. Y es que el de Pizzi es/fue un conjunto sufrido, trastabillado, valiente. Ha insuflado el santafesino —rana, piola y pistola— un aire nuevo, un coraje como el que incendió Mestalla de grandes noches. Su atrevida propuesta, débil al inicio, eléctrica al final, ha conquistado el latido quejoso de la afición y ha regalado embates al pesimismo como las tablas en el Bernabéu contra un Madrid hinchado de Europa. Ése volvió a ser el Valencia simple, rocoso y eficaz de antaño. El Valencia feo, fuerte y formal, siempre naranja, que un día nos cautivó y que tantas veces murió en la orilla, pero de qué manera.

08/05/2014

Foto: ‘Superdeporte’

*Fuente: ‘La libreta de Van Gaal’

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