Un reflejo para Bielsa

RaymondGoethals

Después de Helenio Herrera y antes de José Mourinho hubo entrenadores mediáticos como Raymond Goethals.

JULIÁN CARPINTERO | Desde el desembarco de la familia Al-Khelaifi en la glamourosa París allá por la primavera de 2011 la hasta entonces ciclogénetica Ligue 1 había vivido en una relativa calma. Es decir, Qatar ponía el dinero para fichar a los mejores jugadores del mundo y éstos tiranizaban una competición que, salvo rara excepción, iba a parar a las vitrinas del Parque de los Príncipes. Al abnegado público galo le bastaba con observar cómo los Lille, Girondins, Olympique de Lyon o Saint Étienne se turnaban en el segundo puesto hasta que un renacido Mónaco también encontró la inyección de capital necesaria para hacer saltar la banca y mirar de tú a tú a los capitalinos. Sin embargo, y para recuperar el lugar que le corresponde, el histórico Olympique de Marsella ha preferido fiarlo todo a  la sapiencia de un Marcelo Bielsa que deberá mirarse en el mismo espejo de técnico que llevó a los marselleses a tocar la gloria hace más de dos décadas.

Empresario, político, actor y presentador de televisión. De todo ello puede presumir Bernard Tapie, un controvertido personaje con tanto deseo de poder como capacidad para la autodestrucción que presidió el Olympique de Marsella entre 1986 y 1994. Bajo su mandato llegaron a la Costa Azul algunos de los mejores futbolistas del mundo Waddle, Francescoli, Deschamps o el Balón de Oro Papin que hicieron posible que el OM levantara una Ligue 1 después de 16 años de sequía. No obstante, quizá el mayor de los aciertos de Tapie no fue convencer a esta impresionante nómina de estrellas de que jugar en el Vélodrome, sino confiar en el experimentado Raymond Goethals en el momento preciso, antes de que a su castillo de naipes le quitaran la carta de abajo.

Siguiendo el patrón de los ególatras dueños de finales de los 80 y principios de los 90, Bernard Tapie fue una máquina de triturar entrenadores. En los ocho años en que se sentó en el palco del OM pasaron por su banquillo siete entrenadores diferentes repartidos en diez periodos algunos como Gérard Gili entraron y salieron varias veces. Así, en 1991, en plena vorágine de triunfos y baños de gloria, Tapie usó sus mejores armas de seducción para contratar a una leyenda como Franz Beckenbauer, que tras ganar el Mundial de 1990 había abandonado el puesto de seleccionador de la RFA. No obstante, ‘El Káiser’ había sido fichado para alzar una Copa de Europa que el Olympique acabaría perdiendo en la final ante el Estrella Roja. Cuatro meses después de haber firmado, Beckenbauer se fue por donde había llegado, por lo que, para apagar el incendio que él mismo había provocado, Tapie contactó con el viejo Goethals.

Era el belga un técnico que representaba a la perfección a aquella estirpe de entrenadores que, de tanto como habían visto, nada parecía sorprenderles. Fumaba y dirigía, dirigía y fumaba, todo ello a base de movimientos corales que llegaban a ser armoniosos. Arquero en su juventud, defendió la portería de distintos equipos de Bruselas, pero tras 17 campañas fajándose en el primer nivel colgó las botas y abrazó los banquillos. Cabeza de la selección belga en el Mundial de 1970 y la Eurocopa de 1972, en la que fueron terceros, comandó con éxito al Anderlecht de finales de los 70 para alzar una Copa de la UEFA y dos Supercopas de Europa, antes de seguir su particular carrera de fondo en el rival Standard de Lieja, al que también hizo campeón de Bélgica.

Y cuando su frondoso pelo ya se había tornado cano, a los 70 años recibió la llamada de Tapie, pues sus ideas seguían tan jóvenes como su espíritu. Puso orden y serenidad y conformó un excepcional grupo en el que sobresalían nombres como Barthez, Desailly, Völler, Bokšić o Abedi Pelé, los cuales pusieron la guinda a un ciclo inolvidable derrotando al Milan en la final de la Copa de Europa de 1993 con el solitario tanto de Boli para dar a Francia la primera y única ‘Orejona’ de su historia. Después de aquel instante eterno llegarían las acusaciones de amaño, las sospechas de su genial triunfo y el descrédito del mundo del fútbol. El derrumbe, al fin y al cabo.

Nadie en Marsella le va a exigir a Bielsa ganar la Champions en su primera temporada, en gran parte porque parece casi imposible que ‘les phocéens’ se clasifiquen para jugarla. Lo que sí que parece seguro es que en el Vélodrome descubrirán un abanico de nuevos paisajes con el ex del Athletic, un rara avis en el complejo mundo de los banquillos, que si por algo se caracteriza es por su obsesión por empaparse de la historia y la idiosincrasia de los lugares en los que clava su tienda de campaña. Y en el Vélodrome, no conocer la obra de Goethals, es lo mismo que estar mudo.

06/05/2014

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