Guardiola

guardiolaMARIO BECEDAS | Se prendió la hoguera de las vanidades en un Allianz candente, rojo de rabia. Atizado por la impotencia, el fuego se tornó en un humo espeso que cubrió de sombra el buen designio de Guardiola con los dioses. Seis años después de que edificara sobre esta piedra el último ‘fúpbol’ de la Historia, su noche de los tiempos fue amortajada con la gran sábana blanca de un Madrid en éxtasis.

Eligió mal Pep dejándose convencer por la pulcritud bávara y sus jarras de cerveza repletas de hipocresía. Desde siempre, él entendió que había que buscar la belleza, la construcción absoluta del juego en cada centímetro de parcela y con esa idea acometió su viaje al centro del balón. Y para eso le fichó un Bayern que quiso plegarse a la Alemania de Löw, al fútbol peguntoso, viscoso, grácil, agresivo y voraz —llegando al área juntitos, entre acrobacias aéreas, como al final de un acantilado— de Özil, Reus, Götze, Klopp y otros chicos del montón.

No resultó el asunto y la temporada desenvolvió de forma un tanto extraña el nudo gordiano de Guardiola en Múnich. Abandonado por los jugadores y traicionado por una directiva que le hizo un encargo ahora repudiado, Pep se olvidó de que su milagro con el Barça fue la colectividad de una sardana, la fuerza de unas manos unidas, una conjunción de voluntades. No contó con que el último alemán con corazón fue el viejo Goethe.

Con la pesada losa del triplete de Heynckes encima, se le pidió un imposible, cuando lo único que podía y quería hacer era la alquimia de su fútbol. Malear como el cobre la táctica, llenar el campo de carriles, flechas y coberturas, un rondo sempiterno de un solo color y la magia única del pase veloz y preciso. La maquinaria robótica y plástica de lo que es totalmente estudiado y previsible, pero cada vez sorprende de manera distinta. Un arresto de valentía. Y una felonía para muchos.

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La tragedia de Pep, aparte de la adversidad de los elementos, como afrontar este trance entre las cenizas de Tito, fue el toparse con la simplicidad efectiva y la bonhomía de un infravalorado por los suyos Carlo Ancelotti. Elegante, caballero y buscador del balompié desde que aterrizó en Madrid, el italiano ha sabido proponer y no descartar, jugando la partida perfecta con los naipes que Florentino le ha obligado a tener en la mano.

En el cadalso de una Alemania que ha vuelto a lo peor de sí misma, Guardiola vivirá meses de dolor y zozobra. Deberá ser fuerte y aguantar, aferrarse a la idea con la que una vez cambió el mundo. Ya tuvo que renacer de su derrota 1-0 contra el Numancia en su debut para luego firmar el ‘sextete’ en los tiempos del cólera poniéndolo todo perdido de aquel 2-6 que aún interrumpe entre sudores y cada noche el sueño de Concha Espina.

Por todo ello es Guardiola el elogio de lo diferente. Un suicida del fútbol. La sublimidad sin interrupción de Baudelaire. La creatividad y la innovación para hacer más grande algo que irremisiblemente ya no es sólo un deporte. A la espera de su vuelta a casa, ‘la seva casa’, donde regresará a conquistar la gloria por tercera vez, Pep conoce mejor que nadie que sólo se puede renacer si se ha tocado fondo.

Él, que puso al Madrid ante el espejo de su siglo, tendrá que aprender de las arrugas que ahora refleja el suyo. No hay que olvidar, como glosó Jabois, que Guardiola, al igual que el cartero, siempre vuelve. De momento, Pep ya sabe que, en el fútbol, los valientes siempre tendrán una segunda oportunidad sobre la Tierra.

01/05/2014

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