La caída de Steven

Steven Gerrard of LiverpoolSERGIO MENÉNDEZ | Difícilmente podrán los asistentes que el 13 de noviembre de 2007 se dieron cita en el espectacular Toyota Center de Houston olvidar lo presenciado aquella noche sobre el escenario. En un recinto normalmente reservado al baloncesto, miles de personas se congregaban para vivir el recital de un artista que constituye a la canción mexicana un mito viviente como lo podría significar Hakeem Olajuwon en la NBA. Alberto Aguilera Valadez, consciente de la expectación y el entusiasmo que había generado su visita al estado de Texas, no quería defraudar a su público y estaba dispuesto a que la gente se marchase del pabellón con la satisfacción de quien ha amortizado con creces la entrada.

Todo estaba planeado para que el concierto transcurriese con la normalidad propia de una actuación de ‘El divo de Juárez’, que en su caso viene a significar a las mil maravillas, enlazando una ranchera con la siguiente, introduciendo alguna balada cuando el concierto lo requiere y subiendo el ritmo a renglón seguido con un tema de su repertorio pop. Apenas había hecho aparición ante el respetable y ya quería metérselo en el bolsillo, demostrar que su condición de artista inmortal le hacía inmune al paso del tiempo y, en definitiva, que seguía en plena forma. En su afán por hacer las delicias del auditorio, el astro empieza gustarse, coloca la mano izquierda en su cintura y se arranca con unos pasitos de caballo jerezano que bien podría figurar en el diccionario como sinónimo de ‘gracilidad’. Estaba de dulce. Sin embargo, tan vertiginoso fue el ritmo que le quiso imprimir a este baile de fantasía que ni sus propios pies pudieron soportarlo y se trastabilló hasta perder el equilibrio, obligándole a retroceder y precipitando su cuerpo al foso después de dejarse la rabadilla en el quicio del escenario. Un resbalón que gracias a la viralidad de YouTube convirtió al bueno de Juan Gabriel en un paradigma de la torpeza que se sumaba, de modo bastante patético, a la lista de ilustres patosos donde ya figuraban su celebérrimo compatriota Edgar, el orondo chamaquito que una mañana cayó en un riachuelo y fue bautizado como fenómeno de masas, o el mismísimo Fidel Castro, que por culpa de un escalón traicionero hincó la barbilla en el suelo.

Algo similar le ocurrió a Steven Gerrard el pasado fin de semana en el encuentro que enfrentó a Liverpool y Chelsea. Los aficionados ‘reds’ que el domingo se aproximaban a Anfield lo hacían con la sensación de que la victoria les permitiría asestar un golpe casi definitivo a la Premier después de 24 años sin ganar un título de liga. Quiso la casualidad que al liderato y el buen momento del cuadro de Brendan Rodgers se uniera un rival con la vista puesta en el partido de vuelta de semifinales de Champions League frente al Atlético de Madrid que dispuso un once de circunstancias. La sensaciones, por tanto, invitaban al optimismo local; la suerte, sin embargo, no iba a estar de su lado. Marcaba el cronómetro los estertores de la primera mitad cuando el capitán del Liverpool, que venía firmando un papel inmaculado en la presente campaña y al que sólo un Luis Suárez en estado de gracia ha logrado eclipsar, recibía en la medular del campo un balón ciertamente fácil de Sakho, que se le coló inesperadamente bajo los tacos. Consciente del control fallido, trató de inmediato de subsanarlo pero las botas volvieron a jugarle a Gerrard una mala pasada, haciendo en esta ocasión que se escurriera sobre el césped y que el esférico pasara de largo a Demba Ba. No perdonó el delantero del Chelsea y se dirigió como un rayo a la portería rival para poner el 0-1 en el marcador gracias a un tanto que podría tener un efecto psicológico devastador para el ‘8’ del Liverpool, no tanto por producirse al filo del descanso como por el hecho de que a ese gol inicial le siguió Willian con otro que supuso la renuncia a depender de sí mismos a la hora de proclamarse campeones en favor del Manchester City. Porque si los chicos de Pellegrini ganan lo que resta de temporada se alzarían finalmente con el título sin importar que a la orilla del Mersey hiciesen lo propio y lograsen sumar los mismos puntos, en la medida que les tendrían ganado el goal average. Y aunque sería injusto culpar de ello a Steven Gerrard, el haber contribuido con un resbalón a tan fatídica derrota a buen seguro que acabaría pesando de alguna forma sobre sus anchas espaldas.

Se apresuraron quienes dieron por ganador al culetazo que Arsène Wenger sufrió, precisamente, en el aeropuerto de Liverpool como el desliz más sonado de la temporada en Premier League. De consumarse la desgracia, no cabe duda de que el galardón caería, nunca mejor dicho, del lado de Steven, que se convertiría en el bochornoso sucesor de un John Terry, al que un inoportuno resbalón a la hora de chutar un penalti en la final de Champions League de 2008 frente al Manchester United privó de la oportunidad de alzarse con el trofeo y le convirtió en objeto de mofa. En este sentido, los memes del capitán del Liverpool prestando su imagen a las señales que avisan del suelo húmedo no se han hecho esperar y amenazan a un futbolista que podría verse degradado de héroe a villano por un patinazo.

30/04/2014

 

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