La sencillez del fútbol

VujadinBoškovJULIÁN CARPINTERO | ‘El Derbi Eterno’. Bajo esa denominación se esconde una de las rivalidades futbolísticas más encarnizadas en todo el planeta y que no es otra que la que enfrenta a Estrella Roja y Partizan, los dos equipos que pugnan por la supremacía de la siempre inestable Belgrado. El pasado domingo se vieron las caras por enésima vez en el Stadion Partizana, un escenario cuyas gradas se tiñeron del color de las bengalas con las que ambas hinchadas reclaman su cuota de protagonismo. Casi al mismo tiempo en que el postrero gol de Kojić desataba la locura en la afición blanquinegra se hacía oficial la noticia del fallecimiento de Vujadin Boškov, una de las grandes figuras de la historia del fútbol yugoslavo, al que, sin embargo, nunca le hizo falta sentirse cerca de ninguno de los dos grandes para ocupar un lugar en los altares del balompié europeo.

“Nos dijo: ‘Desde hoy bien afeitados y bien vestidos. Nada de gafas de sol, porque cuando la gente os ve tiene que pensar que la Sampdoria es un club con estilo’”. Así recordaba ayer Roberto Mancini la primera charla de Boškov cuando aterrizó en el club genovés en el verano de 1986. Y es que aquel hombre al que el talentoso atacante de Ancona comparó con Hitler conocía de sobra todos los entresijos de un vestuario, pues llevaba más de dos décadas viendo el fútbol desde la banda con su inusitado laconismo. En este sentido, pocas personas como él han sabido captar la esencia de este deporte sin la necesidad de explicar nada sobre él. “Fútbol es fútbol”.

Nacido durante el clima prebélico que envolvía a la Yugoslavia de los años 30, Boškov tenía sólo 15 años cuando debutó en el primer equipo de la Vojvodina de Novi Sad, donde se mantuvo hasta 1960. Extremo clásico similar a Kopa, ganaba la línea de fondo con facilidad y, aunque no tenía mucho gol, fue internacional absoluto en más de 50 ocasiones entre las que pudo colgarse la plata en los Juegos Olímpicos de Helsinki. Únicamente abandonó su amada Vojvodina para probar fortuna, ya en el ocaso de su carrera, precisamente en la ‘Samp’ y el Young Boys, en el que colgó las botas. No obstante, Boškov ni siquiera experimentó la transición de dejar de vestirse de corto para enfundarse el traje, pues ya en la escuadra suiza ejerció como jugador-entrenador, un primer contacto que le sirvió para poner la primera piedra de una asombrosa y prolífica carrera.

Tras entrenar, como no podía ser de otra manera, a la Vojvodina durante siete temporadas, atendió la llamada de la Federación yugoslava y se puso el chándal de su selección, a la que no pudo clasificar para la Eurocopa de 1972. Iniciaría entonces un viaje por Holanda que le llevaría al ADO Den Haag y, posteriormente, al Feyenoord, desde donde llegó a Zaragoza. En La Romareda sólo permaneció una temporada, muy irregular, antes de marcharse al Real Madrid, aunque si por algo dejó poso fue por su condición de revolucionario: introdujo el entrenamiento físico con balón e instauró el sistema de analizar a los rivales a base de informes de sus ayudantes, entre los que sobresalían Manolo Villanova y un joven Radomir Antić, además de la mayor goleada de los blanquillos en Primera –un 8-1 al Espanyol con un repóker de ‘Pichi’ Alonso–

Boškov se presentó entonces en Chamartín con la etiqueta de modernizador. Sustituyó a Luis Molowny y dio forma al Real Madrid ‘de los García’, con los que ganó una Liga y dos Copas y se plantó en la final de la Copa de Europa de 1981, aquella que perdió en París ante el Liverpool por culpa de un tanto de Alan Kennedy. Justamente en el inicio de aquella temporada fue cuando dejó una de sus más célebres frases, después de que la Directiva blanca aceptara jugar un amistoso contra el Bayern de Múnich de Breitner, Rummenigge y Hoeneß, del que salió estrepitosamente goleado. Al llegar a Barajas, una nube de periodistas se congregó alrededor del técnico, que no pudo sino espetar que “es mejor perder un partido por nueve goles que nueve partidos por un gol”.

En pleno auge del fútbol vasco abandonó el Real Madrid y pululó por Sporting y Ascoli antes de llegar a la Sampdoria, sin duda la ópera prima de su carrera. Al amparo de la brisa de Liguria armó un equipo campeón sustentado en soldados y artistas de la talla de Pagliuca, Vierchwood, Toninho Cerezo, Vialli y el mencionado Mancini con el que le levantó un Scudetto al Milan de Sacchi y al Inter de los alemanes, además de ganar una Recopa y poner contra las cuerdas al Barça en la final de la Copa de Europa de 1992. A raíz de esa nueva decepción, su gran anhelo, aceptó dirigir a la Roma, de cuyo paso aún se recogen frutos, pues fue Boškov quien hizo debutar a Totti. Nápoles, Servette, otra vez la Sampdoria y Perugia completaron su hoja de servicios, a pesar de que el último equipo al que dirigió fue la selección yugoslava en la Eurocopa de 2000, cuando cayó derrotada en cuartos de final por Holanda.

“Los entrenadores somos como las faldas: un año estamos de moda y al otro nos guardan en el armario”. Nadie como Boškov fue capaz de desdramatizar lo ingrato que muchas veces es el fútbol profesional, un laberinto del que siempre encontró la salida. En alguna ocasión dijo que Pirri fue el mejor futbolista al que había dirigido, seguido de Mihajlović y Jansen, pero la realidad es que a él los halagos nunca le vinieron grandes. El domingo se marchó, en paz, a los 82 años dejando tras de sí un sinfín de pensamientos que se han convertido en dogmas. “El fútbol es bello porque es sencillo”.

29/04/2014

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