Palop

palopMARIO BECEDAS | De repente, un día de 1997, se vio brotando de la tierra como un naranjo. Para cuando le terminaron de crecer las ramas de sus extremidades, el Villarreal ya estaba en Primera. Andrés Palop sufrió para ser portero de élite, pero lo había conseguido. Atrás quedaba una nebulosa extraña, informe, llena de pájaros con aviesos picotazos. Como suele pasar en estos casos, la cantera, valencianista en este particular, le había prometido un mañana pero nunca un hoy.

Pese a todo, Andrés regresó. Se la jugó, empuñó los colores. Pensó con el corazón, como hacemos todas esas veces en las que nos decimos que, con voluntad, todo saldrá bien. Quería ser murciélago y atrapar todas las sombras de Mestalla, pero se topó con una noche de platina cabellera. La inmensidad de Cañizares le eclipsó antes de poder demostrar su enorme valía.

Fue una lucha sin igual, sin cuartel, sin respiro. Dos colosos espigados para la conquista de tres palos. Una batalla continua, de años. Una contienda en la que ambos arqueros nunca se hablaron pero siempre se respetaron. Las lesiones cristalizaron a un divino ‘Cañete’, pero Palop permaneció invariblemente al quite, reemplazando lo irremplazable, superando al original incluso. Noches de Champions y camisetas naranjas, noches de Liga y camisetas grises con rayas amarillas. En la retina, la velada imposible de Highbury, diciembre de 2002, en la que Palop voló sobre el área y blocó trozos de cielo con el antebrazo. Carbonizó a Henry con una manopla de fuego que abrasó al Arsenal.

Pero se cansó y el ‘13’ empezó a pesarle demasiado. Sin abandonar su siempre distraído mirar hacia arriba y su imperecedera sonrisa golosa, Palop le hizo escorzo a su vida y cogió el guante a un Sevilla sin techo, donde le esperaban dos legislaturas de gloria. En los ocho años de Sánchez Pizjuán lo fue todo. Héroe, antagonista, capitán, goleador y baluarte. Y también lo vio todo, porque desde arco tembló con el miedo blanco de los compañeros cuando Puerta caía sobre su último césped.

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Palop celebrando su gol de cabeza ante el Shakthar Donetsk. El Confidencial

Fue en el Sevilla también, unos meses antes, donde pasó del todo a la historia. Corría 2007 y la UEFA se escapaba para un Sevilla rabioso en la hoy ardiente Donetsk. Palop se convirtió en el portero de Coca-Cola y en un córner agónico, incrustado en el descuento de la eliminatoria, corrió y corrió derribando suplencias, murallas pasadas y agravios, hasta que su cabeza se empotró con el balón y el gol le puso ante el espejo futbolístico de sí mismo. El meta rematador apeaba al Shakthar y su tanto era la culminación de este deporte. El límite absoluto del balompié.

La hazaña iba a convertir a Palop en fotograma del deporte rey, en nitrato para la posteridad. Pero quiso darle una vuelta más a la tuerca. Su buen momento le puso en la convocatoria de Aragonés para la Eurocopa de 2008. En Austria y Suiza sabía que no jugaría, y no lo hizo, y nunca debutaría con La Roja, pero talló otro cromo de eternidad y se enfundó el pasado sobre la piel para reconciliarlo con el presente. Muchos no dieron crédito cuando le vieron recoger su medalla con la elástica verde de Arconada. Una venganza por la afrenta de 1984 contra Platini, gran gallo tricolor.

Con todas las postales ya en el álbum vino la caída, el bache, la ojeriza de la edad. La dureza de cambiar la titularidad por la banqueta, camino inverso al que recorrió en Valencia. Plantó cara a Diego López, pero se acabó desfondando. Y así, cuando ya no le cabía más Sevilla en el corazón, Palop se llevó los guantes a Alemania, a un Leverkusen que nunca volverá a ser aquel de 2002, ese gigante que en unas semanas se disolvió como una aspirina.

Sin dolores de cabeza y al amparo de la Bayer, el portero total, el arquero que metió un gol con la cabeza, se va sin hacer ruido, erguido, con su mueca perenne, sabiéndose consagrado de crónicas y determinado a no mojarse más la barriga de los 40 para arriba. Lo deja uno de tantos cancerberos que han resguardado con mimo la leyenda en las puertas del fútbol español.

24/04/2014

Foto superior: ‘La verdad’

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