Amor de dos

clasico1MARIO BECEDAS | Todo comenzó con un tenue olor a verano de chicharras y paellas. La noche de huerta valenciana se abría a la olla de Mestalla y a los plasmas de una España equidistante. En el tapete las dos cartas de siempre y en el ambiente, una pugna secular entre el tarareo patriota del himno y el pitido soberanista. Antes que a S. M. el Rey, las cámaras buscaron raudas a un Cristiano que no podía jugar y que inauguró la ceremonia bajo su gorra de sobrino del Tío Gilito y detrás de su 4G azul eléctrico. A miles de kilómetros, en el césped, Messi andaba preocupado y cabizbajo, como buscando algo que no encontraba, como una abuela que ha perdido sus gafas de coser. No volvería a vérsele.

Antes de que Mateu Lahoz pitase el ‘Hagan juego, señores’, el foco apuntó a los descartes de la cita. En el lado culé destacaba un Piqué desganado con el chándal de ir a comprar el pan. Al otro lado del ring, los Blue Brothers del Madrid se convertían en los amos de la noche con sus trajes de murciélago y la añoranza de unas gafas de sol a juego con la corbata. Arbeloa, Khedira y Marcelo, los chicos más malos del palco.

Mientras, en el pasto, el Madrid intentaba su humilde tiki-taka para romper el rondo de diez años que sigue encadenando el Barça. Una pared de magia de Iniesta y Jordi Alba se convertía en el sueño pasajero que dio paso a la pérdida un millón de Alves desde que viste de blaugrana. Di María, cervatillo desbocado, se transfiguró en Bambi sabiendo que su padre, Cristiano, no estaba en el bosque, y galopó y galopó hasta que tiró por raso y a Pinto, de tanto pinchar el disco, se le cayó una mano, palmeando un gol que ya lo era desde la línea central. Los blancos recobraban su espíritu de contraataque y a Mourinho, desde Londres, se le caía una cana. Di María volvía a ser la escopeta que se le disparaba en el pie al cinegético señorito del Barça.

Imbuido de gloria y con la grada atronando el “Cómo no te voy a querer”, Di María se arrancó la oreja, la mojó y se la tiró a todo el culé que se le cruzó por delante. Entre desbordes y piscinazas, el argentino fue el avión que bombardeaba las baterías del Barça, que sólo sabían ponerla a la cazuela para el testarazo de Alba. La nada que los del ‘Tata’ Martino creaban en la media luna madridista se topaba una y otra vez con el despeje de Ramos, alien de Camas con el cuello azul también eléctrico, y Pepe, que a base de misilazos de mucosa sigue imponiendo su extraña ley de hechos consumados en las áreas.

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Muy huérfano de táctica, el Barça se quería imponer a base de tran tran a un Madrid que no era consciente de que su primer telespectador era un Guardiola con el VHS en la mano en su guarida tirolesa. El juego se encasquillaba y Mateu, henchido de focos, le explicaba a Mascherano la reforma tributaria del Estado. Un tedio para los circunstantes. Ancelotti, mientras tanto, se sacaba el pasaporte del bolsillo y, al ver la banderita de Italia en la rúbrica, pedía a sus jugadores el calco constante de su dibujo: aguantar atrás, pase largo y un, dos, tres… ¡Pum!

El descanso dejaba tieso a Alba y la película se quedó en un ‘Salvar al soldado Iniesta’. No le salía nada al Barça y la chaqueta de ‘tweed’ con la que vino el ‘Tata’ terminaba de deshilacharse dejándole completamente desnudo ante el fútbol. Caía el ecuador de la segunda parte y Pepe era lo más parecido a Messi que se veía sobre el campo. El portugués se lanzó contra la vida en los tres cuartos regateando constelaciones hasta que sólo lo pudo parar la segadora de un correcto Mascherano, quien este verano quizá deba dejar el club, pero siempre con los honores de un héroe, que es lo que ha sido.

El Barça continuaba su posesión cadavérica interrumpida por su semana trágica en el área a cada catapultazo blanco. Xavi se desgastaba en una honda generosidad sabiendo que el reloj biológico quiere aplastarle y sumiendo en una pena inmensa a los que no podemos soportar una despedida así sabiendo que ha sido el mejor.

En éstas se hallaba el sesteo cuando llegó el momento en la vida de Bartra. El joven central, metido de urgencia en la alineación con el cuerpo machacado, abofeteaba a un Casillas dormido con un trallazo desde fuera del área que el yerno de España tuvo que sacarse de encima. Ni un segundo de reacción y ‘Bartra Power’, nuevo Piqué, voló por los aires ganando la espalda a un Pepe en busca de nubes para cabecear con la plasticidad de las grandes bellezas un balón que no entró por la escuadra, sino que la besó, suave, enamorado.

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Se rompía la maldición gitana del Barça y eran un defensa el que creaba peligro y un saque de esquina el que acababa en gol después de un cuarto de siglo. Aunque andando, los blaugranas ponían el rodillo y el Madrid se fundía como mantequilla en la sartén de Mestalla. Un latigazo de Modrić asustaba a un Pinto circunspecto y cuando la primavera pedía prórroga, Bartra pasó de héroe a villano ante la traición de Alves, que terminó de rotularse su cartel de transferible. La carrera de Bale no era detenida por nadie y el galés, que desde que llegó a España todavía no ha aprendido a dónde mirar, le robaba la cartera a Pinto por debajo de las piernas. Desde que se fue Del Bosque, el Madrid son cabalgadas.

Restaban cinco minutos y el Barça sabía que nunca hubiese merecido ganar el partido. Pero el destino tiene sus caprichos y la Virgen se le apareció a Neymar, que durante todo el encuentro sólo supo gesticular ante Mateu como un indignado siciliano, para que, solo y franco en el área, frente a Casillas, pegase el balón al palo. Muchos arrepentidos mourinhistas que en la víspera habían cerrado filas, arrepentidos, en torno a su ‘Topo’, le llamaban ‘Santo’ otra vez, porque tiene la habilidad de mover hasta los postes. El colegiado ahogaba en el silbato el pitido final y la celebración del Madrid no pudo ser más silente. Como si el Barça no se mereciera esa humillación o como si el Allianz estuviese detrás de la platea.

Un Casillas desganado abrazó efusivo al Rey y elevó con morigerado éxtasis el chupito al cielo de Valencia asumiendo que, por ley de vida, es posible que cada vez sea menos del Madrid, justo al contrario que Cristiano, un nervio correteando por su asiento, preocupado quizá por el pulso de Ramos en el autobús de la celebración. Compungidos, los culés recogían su triste medalla con una resignación en la que no cabían lágrimas. Una lección para todos y una moraleja clara: el Barça, fracase o triunfe, es de los suyos. Laporta, Cruyff, Guardiola y sus miles y miles de entornos son un motor como en el Madrid es su épica. Es tiempo de revolución.

Al final, la calima nocherniega dio paso a la larga velada de profundas reflexiones y pasados sentimientos. Sea lo que sea lo visto sobre el campo, el Clásico no deja de ser un romance eterno, un odio-adoración visceral e irracional y un refugio de pasiones encendidas. La consumación absoluta, eterna y universal que siempre será el amor de dos.

17/04/2014

Fotos: ‘Mundo Deportivo’ / ‘TVE’

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