Con el corazón en el cielo

PACO-ALCACER-VALENCIADAVID PALOMO | “Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único”. Paco Alcácer se podría haber tatuado esta frase de Agatha Christie en el brazo o en la pierna. O quizá, simplemente, la grabó en la memoria el día que murió su padre. Lo cierto es que desde aquella fatídica noche de 2011, el ariete no ha parado de mirar al cielo, al futuro. Es, a día de hoy, el único motivo que le queda al valencianismo para sonreír. Cuando todo parecía perdido, después de la derrota ante el Basilea, apareció él para hacer tres goles y devolver el optimismo a una grada sumida en las dudas de un club inoperante, que busca presidente, pero que sigue esperando a alguien que sea capaz de dar el paso definitivo para devolver al equipo a donde le corresponde por historia: las plazas de Champions.

Su eclosión es un golpe en la mesa de la cantera, un rechazo a los parches que fichó la directiva para tratar de sobrevivir. Confirmados los fracasos de Hélder Postiga y Pabón,Pizzi no le quedó otra que probar con el chaval. Y los partidos le han dado la razón al delantero, que con 20 años es una de las grandes promesas del fútbol español. Esta temporada lleva 14 goles (siete en la Europa League, seis en la Liga y uno en la Copa del Rey). Sus números son dignos del mejor Villa o de aquel Soldado que se fue al Tottenham. Alcácer es, a fin de cuentas, el relevo que esperaba Mestalla, la nueva luz que permite alumbrar tímidamente el túnel negro en que está sumida la entidad.

Sin embargo, no lo ha tenido fácil el ariete, sobre todo, en lo anímico. En 2011, se encontraba en el mejor momento de su vida deportiva: ganó el Europeo sub-19 marcando dos goles en la final y se incorporó a la primera plantilla del Valencia. Pero el día de su debut en el Trofeo Naranja, tras salir del estadio con su familia, su padre murió de un ataque al corazón. Desde entonces, sus celebraciones siguen las mismas pautas: mira hacia arriba, señala con sus dedos al cielo y le dedica el tanto a su progenitor, el que le enseñó el camino.

En su honor se hizo dos tatuajes. El primero dedicado exclusivamente a su padre: ‘Always in my mind, papá’. Y el segundo a sus dos progenitores, grabando en su piel las fechas de nacimiento de ambos. Desde entonces, su carrera ha tenido altibajos, alcanzando su cúspide en el último partido de la Europa League en Mestalla, en el que le hizo tres goles al Basilea (5-0). Y, de paso, metió al Valencia en las semifinales, donde se enfrentará al Sevilla de Unai Emery, quizá el último gran entrenador que pasó por el banquillo de la entidad ‘ché’.

Sea como fuere, es uno de los candidatos a tomar el relevo de la mejor generación de futbolistas que ha dado España. Tras el Mundial de Brasil, la responsabilidad de ‘La Roja’ tendrá que recaer en él, Morata, Jesé o Deulofeu. Todos de la misma generación. Quizá, la camada de juveniles más prometedora de la historia. ¿Lo harán? Está por ver. Lo que es una realidad es que el Valencia ha encontrado en casa el delantero que estaba buscando fuera. Alcácer lo agradecerá. Como su abuela, que puede seguir viendo a su nieto pasar por casa para comer. Como cantaba Sabina: “Si la vida se deja yo le meto mano”.

14/04/2014

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