‘Zubi’

zubiMARIO BECEDAS | Andoni Zubizarreta Urreta, natural de Vitoria pero criado en Arechavaleta, provincia de Guipúzcoa, 52 años, 1,87 metros de estatura según Wikipedia, fue/es un importante ex portero del fútbol de élite español y un fijo de nuestros álbumes de cromos. Andoni Zubizarreta fue/es, también, la estatua que un día de 1998 se tragó un inofensivo balón de Nigeria que no buscaba la red y que dejó a España fuera del Mundial y a Clemente en la picota. Andoni Zubizarreta fue/es desde entonces un hombre sumido en una eterna estirada que nunca termina y en la que invariablemente le cuelan el balón de la misma forma.

Zubizarreta empezó con buen tiento en el Alavés y pronto gustó en Bilbao. Fue el meta sobrio y eficaz en los prolijos 80 de la gabarra que patroneaba, precisamente, ‘Javitxu’ Clemente. Poco después de que España discutiese si seguir en la OTAN o no, un perdido Núñez lo fichaba para un Barça con muchos parches para dejar de fumar. El reto para el bueno de Andoni fue desbancar a Urruti, ídolo local, milagro que consiguió. ‘Zubi’ se ganó la confianza de Venables y se garantizó también su trono porteril hasta que Cruyff regresó con la gabardina de Rinus Michels y el gigantón de los tres palos se tropezó con sus propios pies.

Antes de infartarse a Chupa-Chups, el Johan fundamentalista del fútbol dispuso un loco Barça de tres defensas en el que Zubizarreta hacía de portero y líbero, todo en un mismo sueldo. Una tragedia cada vez que el rival pisaba la línea central y una bomba atómica para una masa social que echaba ya hasta las muelas. Por fortuna, para Cruyff, para ‘Zubi’, para Guardiola, para Del Bosque, para mí, para ti, para él y para el balompié, el holandés encontró la alquimia y Andoni se subió al carro de los éxitos llegando a poner el verde en un palco de Wembley donde un naranja Pep ya contaba escalones como ‘Rainman’ los palillos, de un solo vistazo.

Aún le quedaban a Zubizarreta importantes veladas de césped en las que sacar el balón de puerta con la mano en ese movimiento tan característico que sólo él sabía ejecutar: la lengua fuera y esa camiseta de pijama tres tallas grandes ondeando bajo sus guantes. Pero todo se acaba, y antes de que Busquets padre pusiese el chándal por bandera en la meta del Camp Nou, a ‘Zubi’ le clavaron el Partenón en la cabeza. Un Milan de sangre y noche barrió al último Barça de Cruyff bajo las estrellas de Atenas. Las críticas fueron excesivas para un arquero que, a pesar de querer parar el pepinazo de Savićević con el índice apuntando hacia la Luna, nada pudo hacer aquel aciago día.

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Aquel 4-0 determinó a ‘Zubi’ a irse con la espalda cosida de puñales y un adiós y buena suerte, perdón, creo no haber dicho buena suerte, como despedida. Es posible que ahí empezara a tramar una venganza que hoy cobraría su sentido. El caso es que Zubizarreta siguió su periplo y encontró acomodo en un simpático Valencia. A orillas del Turia a nuestro hombre se le fueron acrecentando las entradas toda vez que se le iban cayendo las calzonas. Su buena colocación de toda la vida no le salvó de una falta de velocidad acuciante. Una agonía que no paró hasta que el traspiés contra Nigeria supuso el demasiado y se vio abocado a colgar los guantes.

Aparte del récord de internacionalidades que sólo le arrebata Casillas, héroe para culés españoles y amigo de Xavi Hernández para Concha Espina, ‘Zubi’ se llevó su cachaza y su eterna expresión adormilada de luengos brazos a los despachos, donde se le siguió paseando el alma por el cuerpo, que diría la ‘Muchachada Nui’ de mejores tiempos. Le tocó cobrar un sueldo por despejar todos los balones cuando el Athletic tuvo sus problemillas de laboratorio con Gurpegui y José Ramón de la Morena llamaba Sabino ‘Pastillas’ al médico del club.

Esta parsimonia barnizada de sandio silencio la arrastró un ‘Zubi’ ya más corpulento, más canoso y con barba más náufraga a un Barça que Sandro Rosell se había decidido a arrasar con su cara de moneda, siempre la misma. Desde su aterrizaje como Director Deportivo blaugrana, Zubizarreta aglutina en su haber dos dimisiones fantasmas y una media centena de fichajes hechos que al final se han quedado sin hacer.

Y así, en medio de la bacanal de pleitos y diretes, el buen socio culé se encuentra con una defensa en cuadro en la que Puyol se saca agua de las rodillas antes de retirarse, una portería sola y apaleada sin Valdés y con La Masía bajo la discutible lupa de la FIFA y su inconsecuente veto luterano a los fichajes. Todo respondiendo a la máxima de ‘Zubi’ de que la mejor solución es no hacer nada, porque, de meter la manopla, todo irá peor. Parece que lo demostró y lo sigue demostrando.

10/04/2014

Fotos: ‘mundodeportivo.com’ / ‘sport.es’

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