Juanito ‘Maravilla’

juanito-maravillaMARIO BECEDAS | Una pasión y un temperamento. Una piel y un sentimiento. Juanito no pudo ser torero y se convirtió en mito del Santiago Bernabéu. Juanito, que lo hubiese dejado todo por un capote de brega, pegó las primeras patadas en el Aspes y en Los Boliches siendo ya un demonio del extremo. En el Atlético no pudieron contenerle el temple y en Burgos demostró que debió jugar con montera.

Juan Gómez González, natural de Fuengirola (Málaga), fue todo él, en su sociedad con Viteri, el Burgos de los 70 que descosió al Glorioso en el Calderón y un anhelo de recuerdo para Ruiz-Quintano. Juanito dribló, marcó, pespunteó, saltó, rabió y gritó hasta que su presidente le hizo un barato al ya último y azul don Santiago Bernabéu que éste no pudo rechazar.

Nada más arribado a Chamartín, Juanito se encaló el alma de blanco y buscó la alternativa en cada estocada al balón. Como una res brava a la que sujetar, las estampidas de Juanito por la diestra de Concha Espina comenzaban con su pierna tomando carrerilla y echando el suelo hacia atrás con la pezuña. Una furia desmedida que reventó el Templo y lo cuarteó bajo el imperio del ‘7’ de Amancio que había heredado.

Ternero desbocado, Juanito se granjeó adhesiones y odios por doquier. Su genio no fue bien entendido en una Europa que al Madrid se le resistía. A su habilidad con el balón se sumó pronto la rayana animadversión con todo lo alemán y sus consecuentes sanciones. Como ante un trapo rojo, Juanito bufaba y perdía la cabeza hasta acabar pisoteando la de Matthäus. Años antes había dado la puntilla a un colegiado teutón y bañado la(s) traición(es) de Stielike con un buen lapo hacia esa olla metálica con bigote.

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De puertas adentro tampoco paraba la rebeldía. La ‘casa blanca’ le tuvo que multar porque a la mínima asía la pañosa y buscaba como loco vaquillas en corridas benéficas. Zabala de la Serna lo recuerda subiendo al autobús del equipo con una cinta VHS pegada a la mano: “Ya que he pagado la multa, al menos miren qué arte tengo”. Una abnegación por la tauromaquia que le hizo ser toro y torero al mismo tiempo en el sagrado coso del Bernabéu.

Fue su amor por el Real Madrid algo irracional, inexplicable. Juanito fue la sangre, blanca y morada, que corría por Chamartín. Un torrente visceral que apretaba los dientes tanto en las alegrías como en las derrotas. Ni su retiro boquerón en un Málaga ascensor le apartaría de la alfombra donde le dijo a los cartuchos del Inter que “90 minuti en el Bernabéu son molto longo”. Una alfombra que le contempló tocar su tambor invisible de glorias deportivas con gorra chulapa, chalina y bandera de eternidad en el horizonte de los 80.

Juerguista en Milán, amigo de Millán Salcedo, enemigo adorado por ‘Butanito’ y cicatriz de toda España cuando una botella yugoslava le explotó contra la cabeza, Juanito fue el emperador de las grandes noches hasta que la Luna lo mató entre los hierros de su coche. Aquel fatídico 2 de abril de 1992 volvía hacia Mérida, donde era entrenador, después de un partido de sus ya ex compañeros contra el Torino. Con tan sólo 37 años en la hora de la muerte, se forjaba una leyenda, una liturgia y un espíritu. Juanito se hacía religión.

Desde entonces, un escalofrío recorre la espina dorsal del Bernabéu cada vez que el marcador alumbra el nacimiento del minuto 7 y de las entrañas del Fondo Sur emana un grito único contra el cielo de Madrid: “¡Illa Illa Illa Juanito ‘Maravilla!’”.

03/04/2014

Fotos: ‘Corazón Blanco’ / ‘LD’

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