La soledad del entrenador

suarezMARIO BECEDAS | Velocidad, regate, anticipación. Adolfo Suárez quiso ser delantero de fútbol y acabó convocado por la Historia. El niño que dribló notables en las canchas de Cebreros cogió cintura para subirse a la chepa del franquismo y deshacer el puzzle desde dentro.

Suárez fue el primer busto parlante de nuestra política, un conquistador de madres pegadas al televisor que ahora ha tenido la deferencia de fallecer en sincronía con el Telediario. Suárez es la mitología que escapaba año a año de los apuntes de Historia con las prisas de junio y el primer escaño de la Transición ya vacío para siempre.

Suárez se anudó la corbata de la democracia en el cuello de marfil y ya no se la quiso quitar, pero al presidente que vestía de novio se la cortaron. Tuvo que aguantar las dentelladas de su propio vestuario y abandonar el estadio por detrás. El partido de España siguió jugándose sin él hasta que el tiempo erosionó la geometría de su rostro y el volumen de sus ideas.

En su última lucidez muchos se sorprendieron de su amplia sonrisa en el Santiago Bernabéu. El Depor soplaba la vela centenaria del Madrid y Suárez no pudo evitar vitorear al capitán Fran cuando éste recibía la copa de manos del Rey. También se fundiría en un abrazo de reconocimiento con Irureta. El pasado abría sus puertas antes de cerrarlas para siempre.

suarez-depor

El gesto no pasó desapercibido para Lendoiro, que no esperó para nombrarle socio número 30.000 de los blanquiazules. Se completaba así el círculo que abrió Suárez en los veraneos de su infancia. A Coruña era el destino y el Depor su objetivo. Corría el 49 cuando probó suerte en las pruebas de juveniles que organizaba el técnico argentino Alejandro Scopelli. Pese a su olfato de área, le atornillaron de defensa. La cosa no fue a más, pero el cariño brigantino se mantuvo latente.

Contó Alfonso Andrade en La Voz de Galicia que el presidente volvería a tierras herculinas por su luna de miel en el 61, preocupado por un equipo varado en Segunda. Una vez instalado en La Moncloa, recibió en audiencia a la directiva del club, que le nombró presidente de honor y le dio la insignia de oro y brillantes que portaría un cuarto de siglo después en el balcón del ‘Centenariazo’.

Fue este pequeño amor al Deportivo y al fútbol el secreto a voces de Suárez. La faceta amable de una trayectoria vital con aristas, de un viaje con coste personal y sin billete de vuelta. Transcurrido el vendaval de fastos y funerales de Estado, queda el recuerdo. La fotografía envuelta de humo en el baile de colillas de la Transición, la velada con Carrillo y el “¡Cuádrese!” ante el charol bigotudo de Tejero.

Suárez fue, en definitiva, el engarce sencillo de la maquinaria de un país, la pieza clave del reloj democrático. El jugador que siempre quiso hacer equipo pero que acabó sufriendo la soledad del entrenador.

Foto superior: EFE

27/03/2014

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