Olvidar y recordar

HilderaldoBelliniJULIÁN CARPINTERO | Desde que el pasado viernes Adolfo Suárez Illana compareciera para anunciar el “desenlace inminente” de la vida de su padre empezaron a aparecer en las ediciones digitales de los periódicos piezas con aire de anticipadas necrológicas. Especialmente llamativa era una de 2005 que firmaba José García Abad en El Mundo titulada El Presidente que no recuerda que lo fue, la cual hacía referencia al Alzheimer que padecía el gran artífice de la Transición, una gota malaya que poco a poco había borrado de su memoria todos los momentos vividos, los buenos y los menos buenos. Un día antes Brasil lloraba la muerte de Hilderaldo Bellini, el primer hombre que levantó una Copa del Mundo para la ‘Seleçao’ pero al que la misma enfermedad que mató los recuerdos de Suárez le despojó de aquel instante de gloria.

Hacía tres años que no pronunciaba una palabra y más de una década que la demencia senil se había apoderado de sus neuronas. Hideraldo Luiz Bellini fallecía en la mañana del 20 de marzo en un hospital de São Paulo, a los 83 años de edad, y aunque su familia pidió que no se hiciera público el informe en el que se detallaban las causas de la muerte, sus problemas de salud eran de sobra conocidos en los círculos de la CBF. Después de haber perdido a Gilmar, Djalma Santos y Nilton Santos en menos de doce meses, Brasil despedía ahora a otro de los héroes del 58, aquel grupo de futbolistas que comandados por Vicente Feola conquistaron la primera Copa del Mundo para un país que aún se despertaba por las noches con sudores fríos gritando el nombre de Ghiggia.

Sin embargo, nunca gozó en vida Bellini del reconocimiento que quizá mereció. Jugar de marcador central en un equipo de fantasistas de la talla de Pepe, Pelé, Garrincha, Vavá o Didí, que se lanzaban al ataque como si les fuera la vida en ello, es evidente que no le ayudó a disfrutar de la fama que sí tuvieron éstos, una cierta injusticia que no quiere decir que no fuera igual de necesario que los que hacían los goles. Trabajador silencioso, su tez blanca sirvió de contrapunto en un equipo lleno de ‘malandros’ criados en las favelas de cualquier barriada de Río. En este sentido, si las gambetas de Garrincha y los quiebros de Pelé fueron el progreso, su sobriedad y corrección fueron el orden de una selección con la que todo el país se sintió identificada durante aquel verano de Suecia.

En el citado Mundial, el primero para él –y en el que sería elegido como miembro del equipo ideal–, Bellini se asentó como titular indiscutible en el centro de la zaga junto a Orlando, su socio en la defensa del Vasco da Gama, el equipo en el que debutó en 1952 y en el que acabaría acumulando más de 400 partidos antes de enfundarse la camiseta del São Paulo para acabar colgando las botas en el Atlético Paranaense. Un bastión que hizo posible que su amigo Gilmar sólo encajara cuatro goles en todo el campeonato, al que llegaron imbatidos hasta semifinales y en el que el modelo de juego llevaba a alinear hasta a cinco puntas.

No en vano, la imagen que le haría eterno tendría lugar el 29 de junio de ese 1958 en el Estadio Råsunda de Solna, después de que los tantos de Vavá, Pelé y Zagallo hicieran doblar la rodilla a la anfitriona Suecia, un magnífico conjunto coral en el que Nils Liedholm ejercía como tenor. Fue entonces cuando Jules Rimet, el presidente de la FIFA, se dirigió al césped para entregarle la copa de la victoria alada, un trofeo que Bellini alzó con los dos brazos por encima de su cabeza convirtiendo el gesto en un icono que se ha extendido en el tiempo y que aún hoy forma parte de las liturgias de cualquier celebración.

Después de aquella instantánea Bellini aún tendría tiempo de ganar varios títulos más con su amado Vasco, tocar de nuevo la gloria en el Mundial de 1962 y despertarse del sueño cuatro años más tarde hasta que, una vez retirado, fue olvidándose de que llevaba media vida casado con Giselda y de que sus dos hijos, Carla y Junior, estaban orgullosos de que su padre protagonizara una de las fotografías con más mística en la historia del fútbol.

Bellini se fue sin recordar que él fue el primero, aunque no fue el único futbolista al que el Alzheimer privó de volver a recrear sus goles, pues Leônidas o Puskás también tuvieron que marcharse sin saber quiénes fueron. Sus familiares han anunciado que donarán su cerebro a la ciencia para que ésta investigue con él, pero, como hubiera dicho Suárez, en Brasil pueden prometer y prometen que gracias a la estatua que se levantó en los aledaños de Maracaná, todo el mundo tendrá presente quién fue Hilderaldo Bellini.

25/03/2014

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