Rivaldo

rivaldoMARIO BECEDAS | Ídolo pasado tan adorado como abrasado en la pira del Camp Nou, Rivaldo entiende que a sus 41 años no puede seguir el paso del fútbol. Ésta su extraña longevidad quizá se haya debido al rencor que siempre le cosió al balón. Ha sido el único genio de favela al que de niño rechazaron para el esférico. La de ‘Patapalo’, una sombra por 20 años y el motivo de su cara chupada y sufrida, picada de venganza y con los pómulos de madera que le describió Julio César Iglesias.

Lo que todos no sabían es que Vitor Borba Ferreira caminaba 20 kilómetros al día para cumplir un sueño y que era el hambre el que le hacía cojear. Una llave del cielo le abrió las puertas del Palmeiras y Lendoiro las de A Coruña para hacer olvidar a Bebeto. Allí se puso a dibujar caracoles en el césped de Riazor. El entusiasmo de la grada no fue el de Toshack, que gustaba de relevarle al banquillo y encararse al público por abuchear su decisión: “¡Hala, hala, hijos de puta!”. Nunca estuvo cómodo el díscolo jugador con los entrenadores de cabeza rectangular, como luego se vio con Van Gaal.

Sólo una campaña duró Rivaldo en el Depor. Minguella se lo llevó a lazo a Barcelona, había que sustituir a Ronaldo. Coruña patalearía hasta que Gaspart sacó la navaja de su lengua: “No tienen ni para una bota del jugador”. En el Camp Nou el ‘10’ fue el mejor y el peor, el héroe y el villano. Años de agravios con Louis —que le relegaba a su odiada banda— y escapadas a Brasil. El Balón de Oro de 1999 no apagó de todo el murmullo. Sí lo hicieron la chilena al Valencia que casi rompe los tirantes vanidosos de Gaspart, el hat-trick en San Siro y el gol anulado del Bernabéu. Moviolas para el mañana su bofetada a Lacruz y el pisotón de Cáceres en la nuca.

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Rivaldo celebrando un gol entre Guardiola y Cocu. fcbarcelona.es

Fue en 2002 cuando se avinieron las traiciones. Su gran Mundial con el primer Brasil de Scolari quedó empañado por fingir una agresión ante Turquía, pantomima que la FIFA no se atrevió a castigar. Ese mismo verano, con razón o sin ella, la directiva culé le echó como a un perro con la excusa de Mendieta. Comenzó ahí la hégira de Rivaldo. El fiasco en Milán  —donde hasta su familia le abandonó— y la predicación en el vacío griego del Olympiacos o en la ladera muerta de Uzbekistán.

Años antes Rivaldo había encontrado la verdad en las voces celestiales que le trajo su vigía espiritual Víctor. Voces que en 2004 le auguraron un accidente de tráfico del que se libró por rezar la fe de su mujer, que ya iba a ser la suya. Las llamadas evangélicas le arrastraron ocho años después a probar fortuna en el pequeño fútbol de Angola. “Ahora sigo el camino de Dios”, le confesó a Marcos López en ‛El Periódico’.

Sin embargo, el adiós definitivo le ha llegado a Rivaldo en su rincón ‘brasileiro’ de Mogi Mirim, donde la Serie C ha apagado la luz de su carrera y donde ostenta un santuario en el que Jordi Quixano le descubrió una camiseta de Raúl con la Selección, otra de Beckham con el Manchester y la que portó Figo en su debut madridista en el Camp Nou. Todas alineadas junto a las botas que cortaron la noche barcelonesa con la chilena al Valencia. Recuerdos para no olvidar nunca al niño que se vengó del fútbol.

20/03/2014

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