Una sombra de ojos tristes

HERTHA BSC BERLIN - GALATASARAY ISTANBUL 1:4JULIÁN CARPINTERO | Burak Yılmaz, Umut Bulut y, por supuesto, el inmortal Didier Drogba. Esa es la nómina de delanteros con la que el Galatasaray de Roberto Mancini se presentará esta noche en Londres con el objetivo de dar una nueva campanada y eliminar de la Champions League al Chelsea como ya hiciera meses atrás con otro gigante de la talla de la Juventus. La empresa parece una utopía al plantearla desde fuera, pero la historia reciente del club más laureado de Turquía y el tradicional espíritu indómito de las gentes del Bósforo se niegan a aceptar que el imperio de Mourinho en Stamford Bridge no pueda derrumbarse de la misma forma en que lo haría un castillo de naipes. Desde su casa de Estambul, un hombre no le quitará ojo al choque añorando los goles que marcó en noches como ésta.

Uno de los versos más famosos de ‘Volver’, el célebre tango al que Carlos Gardel puso voz, dice que “20 años no es nada”, un grito en el viento del que el fútbol debe quedar al margen. De este modo, en la última década el ‘infierno turco’ ha dejado de ser lo más parecido a una reyerta en el patio de una cárcel para convertirse en poco más que un viaje largo y pesado. Un trámite. Un tiempo éste en el que el Galatasaray ha sido capaz de vender su alma a ese Diablo que ya no habita en las entrañas de su estadio, aquel que llevaba el nombre de Ali Sami Yen –su fundador– y que tanto respeto infundía en los rivales, para vender la explotación del mismo a la empresa de telefonía Türk Telekom. Sin embargo, el renacimiento que experimentó ‘El León’ la temporada pasada, en la que alcanzó los cuartos de final de la máxima competición continental, cuando llegó a conseguir que a Mou le sudaran las manos, permitió que sus aficionados volvieran a sentir en el estómago el mismo cosquilleo que cuando arrasaban los campos de Europa como si fueran Atila y su ejército de hunos. Y en todos aquellos recuerdos estaba él: Hakan Şükür.

Un trote lento, casi doliente, los hombros caídos y una mirada lánguida. Las marcadas facciones, libres de vello, de aquel delantero que superaba los 190 centímetros se acentuaban cada vez que embocaba la meta en busca de un balón que empujar a las redes de la portería contraria. Porque si algo definía a Hakan Şükür eso era el oportunismo. De raíces albano-kosovares, el Galatasaray le incorporó a sus filas en 1992, cuando solamente tenía 21 años, después de haber contribuido al título de Copa conquistado por el modesto Sakaryaspor cuatro temporadas atrás y de haberse consolidado como una joven promesa en el Bursaspor, equipo en el que fue convocado por primera vez para defender la camiseta de la Selección otomana. Así las cosas, el sentir general era que Turquía se le estaba quedando pequeña.

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Hakan Şükür pelea por un balón con Edgar Davids en un Galatasaray-Juventus de Champions League.

Bautizado ya como ‘El toro del Bósforo’, el Torino cerró el fichaje de un ariete que con el balón en los pies era mucho más hábil, sutil incluso, de lo que su constitución parecía esconder. No obstante, en Turín no llegó a encontrar su sitio y el siempre complicado fútbol italiano le inyectó una dolorosa dosis de realidad: cinco partidos después, Şükür regresaba al Galatasaray en el mercado de invierno. Sin saberlo, comenzaba la que sería la etapa más exitosa de su carrera, coincidiendo con su madurez futbolística y con un equipo que, dirigido por el exigente Fatih Terim, contaba con estrellas de la talla de Taffarel, Hagi, Okan Buruk o Popescu. Por aquel entonces, el espigado ariete ya era la cara más reconocible de la Turquía que participó en las Eurocopas de 1996 y 2000 y que se reservaba sus mejores galas para el Mundial de Corea y Japón.

Cuatro Ligas y una Copa de la UEFA ganada al Arsenal desde la tanda de penaltis –él anotó uno– después, la Serie A volvería a llamar a sus puertas. Moratti, que nunca dejó pasar la oportunidad de coleccionar delanteros, le vistió de ‘nerazzurro’, pero lo que Hakan no sabía es que triunfar en el Inter es una cuestión de fe: o se tiene o no se tiene. Tras no cumplir con las expectativas fue traspasado al Parma, con el que ganó una Coppa de Italia, pero por donde pasó con más pena que gloria antes de que llegara el gran momento de su carrera. Cumplida la treintena, Şükür capitaneó a Turquía en la Copa del Mundo de 2002, un torneo en el que sólo Brasil les impidió jugar la final, pero que dejó un instante para la eternidad, pues en el partido contra Corea por el tercer y cuarto puesto anotó el gol más rápido de la historia de la competición al batir la meta asiática a los 10’8 segundos, un registro estratosférico y que parece difícil que vaya a ser superado en Brasil.

Después de aquella proeza probó fortuna en el Blackburn Rovers inglés antes de regresar a su amado Galatasaray, en el que permanecería cinco temporadas más antes de colgar las botas e iniciar una carrera política que le llevaría al Parlamento turco en 2011 como miembro del Partido por la Justicia y el Desarrollo. Pese a todo, su aventura diplomática terminó el pasado mes de diciembre, cuando, desencantado, renunció a su escaño para seguir trabajando para la sociedad de forma independiente.

La hinchada del equipo de Mancini se agarra a los recursos de Yılmaz, al instinto de Bulut y a la experiencia de Drogba, que vuelve a un estadio que conoce como la palma de su mano. No en vano, muchos de ellos tendrían más esperanzas de volver a pisar los cuartos de final si quien encarara a Čech fuera Şükür, aquella sombra de ojos tristes que se pasó media vida obligándoles a abrazarse después de cada gol.

18/03/2014

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2 thoughts on “Una sombra de ojos tristes

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