Entre dos aguas

paco-de-luciaMARIO BECEDAS | Se escapó por el boquete de la vida la mano divina que Camarón nunca pudo tener. Nos deja, huérfanos de melodía, la palma que pintó de ritmos las noches buhoneras de bullanga gaditana. Nativo de Algeciras y mago en el empleo de las falanges, Paco de Lucía exhaló la última nota del destino en su arcadia caribeña. Lo hizo entre las dos aguas de su pasión: la familia y el fútbol.

Rompíansele al maestro las seis cuerdas de su corazón cuando la arena próxima a Cancún envolvía el paraíso de sus hijos. A 7000 kilómetros de la bahía que lo vio nacer, el reloj dijo basta dejando el golpeo al balón con sus pequeños como última postal de una existencia que ingresaba con la sombra de cadáver en el hospital. La elegía mañanera del parte radiofónico de su amigo del alma Victoriano Mera teñía de duelo la sábana del nuevo día.

Le venía al virtuoso y prodigio del arpegio el amor por el fútbol de cuando era chico. Todavía atendiendo al nombre de Francisco Sánchez Gómez, el incipiente artista soportaba el tirón de oreja paterno que lo conminaba a abandonar el callejero pateo de la pelota en el suelo caló de La Bajadilla. Un sacrificio necesario para hallar la gloria incendiando de pellizcos el rosetón de la guitarra.

Poco amigo de las entrevistas, la mueca de calavera del perito guitarrero otorgó pírrica información a los plumillas sobre su paroxismo hacia el esférico. Breve sarta de privilegiados fue la que disfrutó del fútbol confitado que ofrecían las pachangas de este orfebre del cordaje en sus expediciones musicales. Partidos donde lograba abrir los grandes ojos que achinaba con fruición en la ejecución del acorde y la falseta, invariablemente precursoras del exceso nocherniego de tabacos.

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Paco de Lucía al control del esférico en una pachanga. Divinity

Su tribu de oído cañí llegó a ejercer el deporte rey en el Brasil de los campos de Zico cuando España se sacudía de las hombreras la caspa de la dictadura finisecular. Para disgusto del mánager, Paco retaba por televisión a los equipos aficionados que quisieran vérselas en el rectángulo con aquella su tropa de las giras. No podía olvidar sus atardeceres de delantero centro en la arena donde el Mediterráneo escribe su final.

Alejado siempre de las informes multitudes, la cumbre cucurbitácea del flamenco no se prodigó en declararse miembro de ninguna cofradía, si bien las plúmbicas hojas de ABC le clasifican en la especie de “irredento madridista”. Cuenta también la leyenda que, en su escondido idilio con el balón, la madrileña concurrencia de un recital veraniego —uno de esos en los que el genio convulsionaba con furia punteos de fuego— tuvo que esperar ante el ajustado descuento del España-Portugal del Mundial de Sudáfrica.

Sea como fuere, Paco de Lucía nadó siempre, como su más querida rumba y como ya se ha dicho aquí, entre dos aguas. Le ahogaron en un comienzo la gota del fútbol y la de la guitarra, abandonando la segunda por la querencia familiar y para no someterse al escrutinio de las tres bandas. Revelador es, pues, que las dos gotas elegidas se hayan fundido en la lágrima de su despedida, enseñándole el arte del balón a los ocho añitos de Diego, su recuerdo más joven. Le acoge ya al maestro, junto a su padre, el reposo eterno tras el mármol que le canta fandangos a la línea del horizonte en la Playa de los Ladrillos.

27/02/2014

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