Caput, cannoniere!

Bobo VieriSERGIO MENÉNDEZ | No todos los futbolistas tienen a su alcance la posibilidad de dejar una huella imborrable en la historia de un club después de haber militado una única campaña entre sus filas. Instalarse para los restos en la memoria colectiva de los aficionados merced a una jugada puntual resulta, si cabe, más complicado, sobre todo si tenemos en cuenta que su desenlace no haya supuesto la consecución de un título, y constituye un privilegio tan sólo reservado a los genios. Cinco temporadas se tiró Zidane en el Real Madrid y las cuatro que le restaban desde la primavera de 2002 se las podría haber pasado sesteando como lo hiciese luego su paisano Faubert, que con aquella volea de Glasgow la parroquia de Padre Damián ya le había reservado para siempre un lugar en su particular retablo. Lo que logró Christian Vieri en la temporada 1997/98 con el Atlético de Madrid resulta, por tanto y sin ningún género de duda, digno de mucho mérito.

Quienes asistieron la noche del 21 de octubre de 1997 al Vicente Calderón lo saben. Recibían la visita del PAOK de Salónica en el partido de ida de dieciseisavos de final de la Copa de la UEFA. El encuentro transcurría con 3-1 y el conjunto griego trataba de ganar la línea de fondo desde la banda derecha cuando Delfí Geli robó el balón y se lo entregó rápido a Radek Bejbl. El checo, tras amagar a un rival en la frontal del área y conducir unos metros el balón, tocó en paralelo a la línea de medio para ese prestidigitador de nombre Juninho, que, sin apenas controlar ni pisar el campo contrario se sacó de la chistera un pase al hueco buscando el desmarque de Vieri. Tan alejado se encontraba el de São Paulo de su compañero y tan próximo éste a los dominios de Michopoulos que no cabía otro destino posible para la jugada que el saque de puerta. Por si las moscas, el meta heleno se preocupó de cubrir con el cuerpo la pelota hasta que abandonara el terreno de juego, aunque no lo suficiente para que el delantero boloñés, reacio a dar el balón por perdido, lograra pararlo a sus espaldas, darse la vuelta y, sobre la misma línea de cal y sin ángulo, imprimirle con su bota izquierda una rosca imposible que lo depositó en las redes del palo contrario.

Las reacciones y los calificativos no se hicieron esperar. Radomir Antić se giró sonriente al banquillo tratando de buscar una explicación mientras la grada, al igual que Jordi Lardín, se echaba las manos a la cabeza. “Una fantasía”, según la narración televisiva, que pasaría al recuerdo de los hinchas rojiblancos y de los futboleros españoles en general como ‘el gol de Vieri’. Ni ‘Bobo’, ni Toro’: el italiano sería conocido desde ese preciso instante y para siempre en la ribera del Manzanares como el verdadero Capocannoniere‘. Semejante condecoración no resultó, sin embargo, motivo suficiente para retener al vigente Pichichi de la Liga y Bota de Bronce del Mundial de Francia 98 después del verano, como tampoco lo fue la contratación de Arrigo Sacchi para el banquillo, por lo que el Atlético se vio obligado a desprenderse de su nuevo ídolo, que tras su efímero paso por nuestro país regresó al suyo de la mano de la Lazio.

Después de conquistar la Recopa de Italia y colaborar con 12 tantos a un segundo puesto en la Serie A, tan sólo por detrás del Milan, fiel a su máxima “el mundo es grande y me gusta recorrerlo”, decidió cambiar nuevamente de aires. En la puja concurrieron esta vez la Juventus, club con el que Vieri había conquistado ya un Scudetto la temporada 1996/97 y que incluso había pensado en desprenderse de su tótem Alessandro del Piero a cambio del punta, y el Inter de Massimo Moratti, que terminó llevándose el gato al agua por una cifra cercana a los 50 millones de euros.

Su llegada a la disciplina ‘nerazzurra’ no suponía solamente el fichaje más caro del fútbol italiano hasta el momento y la guinda a una delantera de ensueño al hacerle coincidir con Ronaldo. También marcaba el fin de una etapa de nueve campañas en las que Vieri había pasado por otros tantos planteles, acusado de no encajar en ningún vestuario por inestable y en cierto modo bipolar. Al fin y al cabo,  Moratti había realizado un desembolso considerable para hacerse con sus servicios y estaba dispuesto a amortizar como fuera una inversión que nunca le terminó de generar beneficios suficientes. Ni los mimos que le regalaron desde Marcelo Lippi a Roberto Mancini, pasando por Marco Tardelli, Héctor Cúper después y Alberto Zaccheroni, fueron suficientes para contentar al ariete, que en 2005 abandonó el Inter como una sombra de lo que fue para recalar en el Milan e iniciar, de este modo, un periodo de declive profesional que dio luego con sus huesos en Mónaco, Atalanta y Fiorentina para volver de nuevo al club de Bérgamo y colgar definitivamente las botas al cabo de cuatro temporadas. Para entonces, casi se parecía más a la figura de Toni ‘El Gordo’ que a la de aquel futbolista por el que un día suspiraron los mejores equipos del mundo.

Y no queda ahí la cosa, pues hace unos días saltaba a los medios la noticia de que nuestro protagonista se hallaba completamente en la ruina. Todo por dejarse los ahorros de su vida tratando de imitar a George Best salvo por el hecho de que, mujeres y alcohol aparte, Vieri prefirió gastar el dinero en el póker antes que en los coches. Y es ahora cuando se ve obligado a pedir a través de su perfil de Twitter que alguien se apiade de su persona y le ofrezca una oportunidad como entrenador para comer. Porca miseria!

26/02/2014

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