Vidas perras

pickles_1SERGIO MENÉNDEZ | Cualquier argentino debería conocer o, como mínimo sonarle, el nombre de Hernán Casciari. Natural de la localidad bonaerense de Mercedes, este escritor y periodista es también el líder intelectual de un movimiento cultural llamado blogonovela, concebido como una forma de hacer literatura en formato digital a través de blogs. Iniciativa que, con el tiempo, pasó de moda pasajera a convertirse en todo un subgénero literario, logro más o menos extraordinario en la medida que no se encuentra al alcance de muchos y por el que Casciari merece algún reconocimiento que otro.

Los amantes del fútbol de papel, asociarán su nombre bien a Orsai, un proyecto editorial fundado por el propio Hernán y considerado en la actualidad publicación balompédica de culto; o bien por la que quizá sea una de las entradas más famosas jamás publicadas en la versión online de la cabecera por el escritor y periodista: Messi es un perro, del 11 de julio de 2012, donde Casciari no sólo reconoce ser capaz de abandonar a su mujer y su hija si le obligasen a dejar Barcelona y, en consecuencia, “el mejor fútbol de la historia” y Leo Messi. Da la casualidad que repasando unos vídeos del jugador rosarino por YouTube descubre en su forma de clavar los ojos sobre la pelota mientras es zancadilleado por los rivales la misma fijación que la de Totín, su perro de la infancia, por la esponja de lavar los platos. Al igual que a Messi con el esférico, no había nada en el mundo que hiciese a Totín apartar la mirada de aquel rectángulo amarillo. La conclusión, por tanto, estaba clara: “Messi es un perro”. Totín, por su parte, pasaba a convertirse en uno de los perros más famosos del fútbol argentino y posiblemente mundial. Hasta ahora…

Transcurría el minuto 27 de la segunda parte del encuentro perteneciente al Torneo Clausura que enfrentaba a Rosario Central con River Plate cuando un chucho al que su carencia de pedigrí no le impidió saltar al campo con un trote grácil, nada cochinero. Toda vez que el animalito había terminado de peinar el terreno, como si notase en el césped falta de compost y para regocijo del público congregado en el Gigante de Arroyito, decidió reivindicar su presencia en el estadio mostrando a las cámaras su abono más personal e intransferible. Ya se sabe que cuando el perrete asoma el hocico, es mejor soltar la correa. Pero la anécdota no quedó ahí. Quiso el can exprimir sus cinco minutos de fama y, viendo que sólo habían transcurrido dos, ofreció un espectáculo de recortes a costa de la seguridad del estadio que ríete de Cristóbal Montoro correspondido por el respetable con merecidos “¡Olé!”, y puso la guinda al show retirándose de la cancha de la mano de Jesús Méndez, volante reconvertido a domador.

Da igual, sin embargo, el nivel de obsesión que Totín pudiera sentir hacia la esponja o los aplausos que arrancó el improvisado despliegue de escatología de su reciente predecesor como perro de moda, que a ojos de la historia no hay hazaña que supere a la conseguida por un border collie de color blanco y negro llamado Pickles durante la celebración del Mundial de 1966 en Inglaterra.

Se hallaba el trofeo Jules Rimet de gira por el país cuando, el 20 de marzo de ese año, mientras personas llegadas desde diferentes puntos de la geografía británica se agolpaban a las puertas del Westminster Central Hall de Londres para ver la copa que Bobby Moore terminaría alzando al cielo de Wembley cuando la exposición se vio obligada a cerrar sus puertas. ¿El motivo? Aprovechando un descuido de los vigilantes, uno de los asistentes a la exposición se había adueñado del premio y se había dado a la fuga por la parte trasera del recinto. De repente, a menos de cuatro meses para que comenzara el torneo, Inglaterra se había quedado sin copa del mundo. O mejor dicho, se la habían robado. Pasadas unas horas del hurto y con las pesquisas para su localización en marcha, Scotland Yard recibió una llamada anónima reclamándoles un rescate de 15.000 libras a cambio del trofeo, negociación que resultó una auténtico fiasco, ya que las autoridades detuvieron a quien creyeron autor del delito y resultó luego ser un simple intermediario. A los siete días de su desaparición, en cambio, surgió la figura de Pickles, que durante un paseo junto a su amo David Corbertt comenzó a escarbar en la tierra de un jardín próximo y descubrió envuelto en papel de periódico el galardón. Hasta tal punto llegaba la obsesión de la policía por llegar al fondo del asunto que Corbertt fue considerado, en principio, sospechoso del robo y sólo cuando en el interrogatorio logró demostrar su inocencia fue recompensado con 6.000 libras, un año de comida gratis para Pickles y la invitación para él y su mascota a la cena que la reina Isabel II celebró tras el polémico triunfo de los anfitriones contra Alemania en la final del campeonato junto a Geoff Hurst y compañía. Lástima que un año después Pickles, el chucho favorito de Gran Bretaña, muriese estrangulado por su propia correa mientras intentaba dar caza a un gato y no pudiese acudir a la inauguración del Mundial de 1970 como héroe de la pasada edición. Perra vida…

19/02/2014

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