El tic-tac del Hamburgo

HamburgoJULIÁN CARPINTERO | Cinco minutos. Ese insignificante intervalo de tiempo fue todo lo que necesitó el modesto Eintracht de Braunschweig para marcar dos goles en la portería que defendía el internacional teutón René Adler y poner el definitivo 4-2 con el que acabó su encuentro frente al Hamburgo. Fue éste un resultado que, si bien no sirvió para que el equipo de la Baja Sajonia abandonara el último puesto de una Bundesliga cada vez más tiranizada por el Bayern de Guardiola, sí tuvo consecuencias en el derrotado HSV. Bert van Marwijk, el técnico que llevó a Holanda a la final del Mundial de Sudáfrica, era destituido ante la insostenible situación de una de las escuadras más laureadas de Alemania, campeona de Europa en 1983 y que, de terminar la temporada mañana, perdería la categoría por primera vez en los 50 años de historia de la competición.

Entre el Museo Kunsthalle y la zona roja, y al son que marcan los acordes de la Filarmónica del Elba, el Imtech Arena reclama su cuota de protagonismo en la norteña ciudad-estado de Hamburgo, una de las urbes con mayor actividad portuaria de Europa. Levantado en 2001 sobre las ruinas del antiguo Volksparkstadion, la empresa holandesa de servicios eléctricos compró los derechos nominales del coliseo del Hamburgo en un movimiento que hoy se entiende como habitual pero que hace una década supuso una revolución en el complejo mundo del marketing deportivo. Para camuflar ese aire de modernidad del que seguramente desconfiarían los más puristas aficionados del HSV, Imtech insertó un marcador electrónico en el que aparece el tiempo exacto que el club hanseático lleva en la máxima categoría del fútbol alemán. Y a fe que es mucho, puesto que el Hamburgo es el único equipo que, desde que en 1963 se creara oficialmente la Bundesliga, no ha descendido ni una sola vez. Ni el todopoderoso Bayern de Múnich ni el admirable Borussia de Dortmund ni el otrora gigante Mönchengladbach pueden presumir de una regularidad similar en sus currículums. No obstante, los números del citado contador empiezan a parpadear en un alarmante color rojo, ya que después de 21 jornadas el Hamburgo sólo ha sido capaz de conseguir 16 puntos y el agua empieza a mojarle la cintura.

Probablemente una de las personas que con más nerviosismo esté viviendo esta dramática situación sea Uwe Seeler. Delantero hábil e instintivo, ‘uns Uwe’ es una de las mayores leyendas en la historia del Hamburgo, el único club en el que jugó a lo largo de sus 19 años como profesional y para el que anotó más de 400 goles que, pese a todo, no le sirvieron para levantar títulos de cierta enjundia con el equipo de sus amores más allá de un campeonato alemán y una Copa. No en vano, la universalidad de Seeler –al que sólo Gerd Müller puede permitirse el lujo de tutear– hizo posible que la Europa futbolística supiera de la existencia del HSV, sentando así las bases del gran equipo dominador en que llegó a convertirse a finales de los 70 y principios de los 80.

El fichaje de Kevin Keegan en el verano de 1977 cambiaría la historia del club. El delantero inglés, que aterrizó con la vitola de fulgurante estrella del continente, hizo buenos los augurios que le acompañaban y, bajo la dirección del técnico yugoslavo Branko Zebec, condujo a un equipo fuerte y disciplinado a la final de la Copa de Europa de 1979. Pero una jugada aislada que terminó con gol de Robertson impidió que ‘Súper Ratón’ y su banda de secuaces pudieran reinar en el viejo continente, una gloria que el azar tenía reservada al lenguaraz Brian Clough y el cuento de la Cenicienta que representó su Nottingham Forest.

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Horst Hrubesch sujeta orgulloso la Copa de Europa de 1983 durante el vuelo de vuelta de Atenas a Hamburgo.

Y, como si de un capricho del destino se tratara, la marcha del dos veces Balón de Oro al Southampton en 1980 fue recompensada con la llegada de Ernst Happel, el mago que había convertido en campeón de Europa al Feyenoord una década atrás y contra todo pronóstico. El técnico austriaco conformó un grupo de guerreros que, liderados por Magath en el centro del campo y secundado por expertos en intangibles como Kaltz o Hrubesch, alcanzaron una nueva final continental en 1983. Esta vez el rival sería la temible Juventus de Scirea, Tardelli, Platini y Rossi, un equipo en el que Gentile se encargó de dejar claro que lo que se iba a vivir en Atenas era una batalla: en el minuto 56 le propinó un codazo a Bastrup con el que le fracturó la mandíbula. Al final, el partido se resolvió de la forma que menos cabía imaginar, con un disparo lateral de Magath que el infranqueable Dino Zoff no acertó a atrapar y dio al Hamburgo su primera y, hasta ahora, única Copa de Europa para regocijo de Happel, que se convertía en el primer entrenador en ganar la ‘Orejona’ con dos equipos diferentes.

La histórica entidad del norte de Alemania se ha puesto en manos del experimentado Mirko Slomka, al que muchos hinchas muniqueses querían ver cogiendo el testigo de Jupp Heynckes el pasado verano, para sacar adelante la situación. Bien es cierto que Seeler ya no tiene edad para zafarse con los defensas alemanes; que a Kaltz le costaría más de la cuenta llegar hasta la línea de fondo y secar al extremo de turno; que Hrubesch no puede reencarnarse en el cuerpo de Lasogga para marcar los goles; y que Felix Magath hace tiempo que dejó de ser el ‘Tractor’ del centro del campo para ser una especie de Freddy Kruger de los banquillos. Pero ni ellos ni los difuntos Zebec y Happel merecen un final así. El reloj no puede pararse.

18/02/2014

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