Vivir (no) es fácil con los ojos saltones

FBL-ENG-PR-ARSENAL-NORWICHJULIÁN CARPINTERO | “Estoy acostumbrado a perder, es mi hábito natural. Soy del ‘Atleti’ y ganamos cada 20 años y, bueno, ahora me ha tocado ganar, pero volveré”. En el día más importante de su carrera a David Trueba sólo le salió un símil futbolístico para expresar lo que sentía al ganar el Goya al Mejor Director por su aclamada “Vivir es fácil con los ojos cerrados”. Y aunque Eduardo Sacheri y Juan José Campanella también pusieron su granito de arena para que el fútbol –perdón, “Futbolín”– estuviera representado en una gala impregnada de reivindicaciones políticas, el guiño de Trueba a Enrique Cerezo provocó más de una sonrisa en la platea. Pese a todo, el título de la película que se alzó con los premios más importantes de la ceremonia no es aplicable a un hombre sobre cuyas espaldas recae constantemente la responsabilidad de las derrotas de su equipo y al que su carácter introvertido y sus dificultades idiomáticas dejan fuera del ‘star system’ mediático.

Una ciclogénesis explosiva vestida de rojo atravesó el estadio de Anfield el pasado sábado entre las 17.00 y las 17.21 horas, horario peninsular español. En ese corto intervalo de tiempo, el Liverpool descargó una tromba de fútbol en forma de goles sobre el Arsenal, que llegaba a la ciudad del Mersey como fastuoso líder de la Premier League. No obstante, el equipo de Brendan Rodgers necesitó apenas 1.260 segundos para dejar patente la candidez defensiva de los de Arsène Wenger, cuya zaga concedió cuatro goles cuando aún no había terminado de desperezarse. El central eslovaco  Škrtel en dos ocasiones y los velocísimos Sterling y Sturridge, con la inestimable ayuda de Gerrard, Henderson y Luis Suárez, fueron los encargados de dejar en evidencia a Koscielny, Mertesacker, Sagna y Monreal, o lo que es lo mismo, al entramado defensivo que el técnico alsaciano había dispuesto para asaltar el fortín ‘red’. Sin embargo, las inquisitorias miradas de prensa y aficionados se clavaron como alfileres en la nuca de un Mesut Özil que no tuvo su mejor tarde y que fue sustituido a la hora de partido por Rosický cuando los ‘gunners’, rojos de vergüenza, perdían por 5-0.

Y es que en el norte de Londres quieren más del que ha sido el fichaje más caro en la historia del Arsenal. En este sentido, los cerca de 45 millones de libras que Wenger pagó por él al Real Madrid el pasado mes de agosto en ningún caso deberían suponer un motivo de presión añadida para un futbolista que a base de sutiles caricias al balón consiguió encandilar a la siempre exigente grada del Santiago Bernabéu y que, antes de todo eso, se había erigido como la bandera de la Alemania multicultural con la que Joachim Löw se presentó en Sudáfrica dispuesto a mirar a los ojos a España. Tras su cambio, Twitter comenzó a inundarse de fotomontajes en los que el genio de Gelsenkirchen aparecía retratado como el desaparecido personaje Wally o enmarcado en un cartel al más puro estilo Clint Eastwood sobre una leyenda que ofrece una recompensa a aquel que sea capaz de encontrarle.

Como la rubia de turno a la que se le cuelga el cartel de guarra porque una noche ha regalado un par de besos, a Özil probablemente le toque cargar durante el resto de su carrera con la injusta etiqueta de futbolista irregular, ‘guadianesco’, capaz de ofrecer únicamente un par de destellos por partido. Y todo por causa de ese trote lánguido, como desganado, su mirada triste apuntando al césped y esa caída de hombros tan característica cada vez que ve su dorsal en la tablilla y se dirige a la banda desanudándose las vendas que protegen sus delicadas muñecas. Un ritual de gestos que, en ningún caso, debería eclipsar sus inteligentes movimientos sin balón, su capacidad para leer las jugadas antes que el resto y ese musical golpeo con la zurda, casi decadente, como un Oscar Wilde de vuelta de todo sabedor de que aún puede escribir otro retrato para Dorian Gray.

Esta sensación no es nueva para Mesut, a quien también se señaló con el dedo cuando Balotelli desangró a la Mannschaft en la semifinal de la Eurocopa de 2012 o el día en que Lewandowski, a mayor gloria de Klopp, hizo un butrón en el arco del pobre Diego López, que no sabía por dónde le llegaban los cañonazos de aquel despiadado polaco. No en vano, pese a que por sus venas corre sangre otomana, el ‘11’ del Arsenal no suele hacer gala del tradicional carácter explosivo tan representativo del Bósforo y acostumbra a alzar la voz con un pase imposible o una finta que provoque en los rivales un irremisible dolor de cadera.

Reducir el fútbol de Özil a estadísticas –que, por otro lado, son impresionantes– es poco menos que una grosería, puesto que es el alemán uno de los pocos jugadores contraculturales que dan sentido al balompié contemporáneo, forjado en la calle entre baches y bordillos que sirvieron para que depurara su técnica. A los jugadores que pertenecen a la estirpe del ex madridista no se les puede fiscalizar, sino que hay que disfrutarlos. Sentirlos. Y, a ser posible, desobedeciendo a David Trueba; es decir, con los ojos abiertos. Aunque a él le cueste un poco más.

11/02/2014

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