Derbis

derbisMARIO BECEDAS | De sueños rotos como cristales. De los añicos tras el gol de Schwarzenbeck. Del gruñido de Luis en su fútbol de cromos cuarteados. De las veladas de césped verde fluorescente en las que todo era posible y los jugadores espigas. De la agonía de Gárate en el suelo y los vendavales adversos. De los partidos de vuelta y los goles desde lejos. Del ostracismo del ‘Sabio’, desde la patilla hasta el chándal, desde la falta combada hasta el sepelio de ocho minutos. De todo eso y más se quiere vengar el Atlético de Madrid en cada partido hasta que sobreviene la desgracia o la nueva pupa.

Le sucede al ‘Atleti’ que desde la navajada de Heysel vive instalado en un eterno retorno del que no logra salir. El ‘indio’ de a pie ha construido su metarrelato del revés y se encuentra con que no es capaz de poner los títulos y epopeyas entre dos trozos de pan. Los logros esporádicos incendian el Manzanares para luego derramarse como el agua de fregar Paseo de los Melancólicos abajo cuando se valora el conjunto. Quizá sea la flaqueza emocional o el instinto tambaleante de un club cuya historia reciente ha estado cimentada sobre un río, el curso seco que tantos insomnios le costó a Vicente Calderón.

Salían los de Simeone al derbi en tromba, borrachos de su semana taumatúrgica. La muerte del ‘abuelo’ y el techo del liderato. El poder de estar solo, en la cúspide, sin nadie alrededor, como pasó cuando algunos amigos mayores hacían la primera comunión y yo no oía la tele ante las calles rojiblancas de claxon. Marineritos con banderolas del doblete y Kiko lanzando sus flechas al siglo. Y en la noche de ahora, eran las gafas del ‘yayo’ de Hortaleza, ahí descolocadas, medio ortopédicas medio vintage, las que cubrían el siempre último cielo de Madrid y un Bernabéu modelado con el hormigón de las remontadas.

No era bastante la Copa de mayo y la colchonería recalcitrante quería medirse con su termómetro favorito, que es el derbi con el vecino rico. La revancha continuaba sin hacer caso al “partido a partido” del ‘Cholo’. El argentino, lambón y piola de arrabal, sabía/sabe del éxito de la falsa modestia y no quería/quiere pechos hinchados ni envites ni órdagos en la mano del punto. No le escucharon ni parroquia ni vestuario y el ‘Glorioso’ atacó Concha Espina con poca cabeza y mucho corazón; hasta que Di María, con el cojín de sus orejas, lo asfixió.

Zalamera en revanchas es la alfombra de Padre Damián, y enseguida el brío de español recental Diego Costa se cortó con el vidrio afilado de Arbeloa y la flor culona de un Pepe que, por más que queme el carné, sabe que es hijo de Mourinho. Volvió el Bernabéu a las costuras y las agujas acabaron en los ojos de un Atlético, pobre y breve, que nunca entendió por qué los blancos encendían una vela a su chamán portugués después del ulterior chupito fatal. Se perdió demasiada linfa con el disparo de Jesé y el partido moría con los rojiblancos ya desangrados y sin resurrección, que sí con Koke, para la vuelta.

Todo esto lo sabía el ‘viejo’, y por eso decía siempre que lo del derbi era un ‘gilipollez’, porque ese era el nombre de la moto de un amigo suyo. Luis sabía también que el madridista mea más lejos, pero que el colchonero se queda más a gusto después de la micción. Orines aparte, los que ahora cogen el testigo del ‘Sabio’ han de saber tan bien como él que cada derbi es más ciudad que fútbol y que estos 90 minutos no dejan de ser otro episodio castizo y cotidiano de la vieja capital: allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo. Sí, pongamos que hablo de Madrid.

06/02/2014

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