Aguirre

aguirreMARIO BECEDAS | Chamaquito de vascongado abolengo y cuate sempiterno de la lona verde, Javier Aguirre colgó el bate de béisbol en su infancia del inmenso México y se quedó enamorado de Oakland. Sabía que metiéndose a pambolero haría pendejo a todos. Con los años, el manito de la broma sobre el labio hinchado y chilango del eructo pendiente se iba a convertir en intrahistoria del deporte rey.

Lengua de serpiente y ojo de águila, Aguirre hizo honores a laTri con su fútbol de alerta y corazón. Aunque nunca deslumbró su calidad —“yo era bastante mediocre, un carnicero”, llegó a decir— se hizo el hueco pertinente y trajo el tequila fuerte al balompié español dando gracias de que las cámaras aún no estuvieran tan pendientes del lance expeditivo.

Comenzó con sorna su legendaria andanza en Osasuna, donde, difuminados los sanfermines del 86, postergó casi una hora la presentación del equipo por el retraso del avión. ‘El Vasco’, antesala de Michael Robinson, arribó a Pamplona con su veintena por la mitad y con un déficit de 28 horas de sueño. Desde su aterrizaje dejó bien claro que pensaba continuar sus estudios de Derecho. El resto es una historia de banquillos. Una historia que comenzó unas semanas antes, cuando el sol azteca de su Mundial le proyectó como sombra en la banqueta y recadero en el rectángulo de Bora Milutinović, su seleccionador nacional.

Se escribía ese verano el mariachi eterno de la vida de ‘El Vasco’, el corazón rojillo latiendo al compás de la choya tricolor. Ya con el chiste siempre en la comisura, Aguirre se agarró a España y se convirtió en el entrenador que llevó a México a dos Mundiales. Cayó en los dos igual, pero en el último pudo mucho el cruce de brazos habanero de Maradona y la coyunda arbitral. El seleccionador se despojó de su aura sagrada unos meses antes cuando dijo que la patria azteca estaba tan “jodida” por la inseguridad que no la quería vivir más. Hasta de malinchista —traidor a la cuna— le acusaron.

Aguirre saltando por un balón dividido en el Mundial de México'86.

Aguirre saltando por un balón dividido en el Mundial de México’86.

La otra cara de la moneda fue el idilio dejado en El Sadar. Osasuna pisó suelo de Champions y rozó la Copa del Rey con el auspicio del hombre gracioso de la Liga. ‘El Vasco’ sentaba cátedra en los mítines de vestuario y no pudo más que descojonarse ante el micrófono cuando recordó el apretón del capitán Cruchaga en pleno partido contra el Atlético de Madrid. ‘El Glorioso’ iba a ser, precisamente, su nueva casa, a la que acabaría tendiendo la máxima alfombra europea. Sin embargo, el Calderón no le supo entender y le cateó, igual que le sucedía a su vástago: “Mi hijo pequeño, el cabrito, me ha suspendido hasta la Religión”.

Hombre contractual del año a año, ‘El Vasco’ salvó al Zaragoza, pero no aguantó el cierzo del invierno siguiente; La Romareda llegó a contemplar hasta seis balones simultáneos volar por el campo para desdicha en el crono de los rivales. Cuando se encontraba en casa estorbando a su mujer —según él mismo— el Espanyol le pidió que insuflara aire a un periquito con sobredosis de Pochettino. En la Barcelona blanquiazul Aguirre ha materializado su máxima de “vigilar los 88 minutos que un jugador pasa sin el balón” y se ha ganado el respeto de propios y ajenos estabilizando a un equipo bomba tanto en el palco como en el pasto. Cornellà-El Prat ya le tiende al viento y para siempre la pancarta con su más exitosa y cotidiana arenga: “Excelente trabajo, hijos de puta”.

23/01/2014

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