Fútbol sin complejos

gravesen_1_recortadaSERGIO MENÉNDEZ | Enero se aproximaba al descenso de su particular cuesta en 2005 cuando la sala de prensa del Santiago Bernabéu se vestía de gala para recibir al nuevo fichaje del Real Madrid. Las altas esferas del club se dieron cita en la presentación, desde su presidente, Florentino Pérez, hasta el por entonces director deportivo, Arrigo Sacchi, pasando incluso por el actual Director de Relaciones Institucionales, Emilio Butragueño, y otros directivos de peso. Sólo el presidente de honor, Alfredo Di Stefano, aquejado de una gripe, se ausentó de tan excepcional cita. No tanto por la calidad del jugador en cuestión, sino por el hecho de que Florentino Pérez y su Junta decidiesen acudir al mercado invernal por primera vez desde su llegada a Concha Espina en 2000.

Tras las contrataciones en verano de Walter Samuel, Jonathan Woodgate y Michael Owen, el plantel que había comenzado la temporada bajo las órdenes de José Antonio Camacho y que recogió en diciembre Vanderlei Luxemburgo había dado muestras a lo largo de la primera vuelta de la Liga de que el famoso ‘cuadrado mágico’, lejos de revelarse como la solución magistral para el centro del campo madridista que tanto había defendido frente a las cámaras su impulsor, pecaba de obtuso. Para tal fin se recurrió al catalogado por el máximo mandatario blanco en su puesta de corto como “el mejor jugador de Dinamarca, “un hombre de carácter competitivo” y “luchador”. “El futbolista que nos faltaba”, llegó a decirse de un efectivo que se incorporaba en calidad de satélite a la particular galaxia de estrellas que en el pasado reciente se instaló en el firmamento de  Valdebebas. Casi faltó recurrir a lo inmaculado de su pigmentación para repetir aquello de “nacido para jugar en el Real Madrid”. Se trata, naturalmente, del singular Thomas Gravesen.

Nacido en una localidad del próspero sur danés, el pequeño Tommy inicio su carrera deportiva en el modesto Vejle Bodlklub, donde coincidió con su buen amigo Kaspar Dalgas. Pese a su corpulenta fisionomía, más propia casi de un estibador del puerto de Aarhus que de un deportista, los destellos de calidad de Gravesen formaban una combinación que a los ojos del Hamburgo se antojaba perfecta y no dudaron en incorporarle a sus filas. Tres campañas permaneció en el conjunto alemán hasta cerrar su traspaso al Everton, equipo al que llegó con la vitola de mejor futbolista extranjero de la Bundesliga y después de firmar una gran actuación en la Euro 2000. Fue en la disciplina ‘toffee’ donde nuestro protagonista jugó los mejores minutos de su carrera, comenzando a dejar visos de una sólida personalidad y fiereza  que evidenciaron en su persona facciones de ogro.

Tuvo que llegar una cita continental, disputada en esta ocasión en Portugal en 2004, para demostrar que los cuentos de hadas existen, pues a merced de su liderazgo con la selección nacional hasta cuartos de final, el Real Madrid se fijó en Thomas a la hora de apuntalar su medio campo. Pero lo que recaló en el vestuario merengue como un ‘stopper’ con cualidades para el ‘box-to-box’ pronto se manifestó como un futbolista pasado de revoluciones, en ocasiones demasiado expeditivo, al que su afición por examinar la solidez de los cartílagos rivales no eximía de aptitudes para la fantasía. En el recuerdo colectivo de los aficionados españoles quedará siempre la célebre ‘Gravesinha’, un genuino ‘driblling’ donde la rodilla quedaba clavada en el césped como si de una pica se tratase para amagar y distraer la atención del rival. Pura espontaneidad, un lujo al que sólo las rótulas mejor preparadas pueden atreverse y de las pocas herencias dejadas por Gravesen junto al intenso marcaje realizado a Pablo Ibáñez con motivo de un derbi, su rechazo a los antibióticos y la pelea de ojos inyectados en sangre protagonizada con Robinho en una concentración en Irdning, uno de los motivos que condujeron a que Fabio Capello le declarase transferible y abandonara finalmente el club en 2006, igual de incomprendido como en las concentraciones con la selección de Dinamarca en que vació una cubitera de hielo en los pantalones de Jesper Grønkjær, encañonó con su pene a la cabeza de Claus Jensen en mitad de un calentamiento o restregó toda su virilidad por la cara de René Henriksen mientras dormía.

Hoy, cumplidos ya nueve años de su fichaje por el Real Madrid y aprovechando que gracias a Stephan Andersen los daneses vuelven a estar de moda, recordamos a un jugador poco corriente que terminó su carrera profesional en el Celtic de Glasgow después de retornar al Everton como cedido y que ahora disfruta de un retiro dorado en Las Vegas con una modelo checa del brazo y labrándose una nueva faceta profesional sobre los verdes prados, no del fútbol, sino del póker.

22/01/2013

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