Shaqiri, caudillo de Kosovo

1054182-16890260-640-360ÁLVARO MÉNDEZ | En un mundo dominado por la integración a todos los niveles y el protagonismo de la empatía del ser humano parece mentira que aún tengan éxito algunas reivindicaciones que proclaman a los cuatro vientos la necesidad de edificar barreras. Quizá sea el destino de los pueblos. O tal vez la arrogancia y el egoísmo de estos mismos. Cada cual tendrá su opinión, aunque, como siempre, será la historia quien dictará sentencia. La pregunta que se hará el lector será qué tiene que ver Xherdan Shaqiri, al que podemos ver en la foto, con este conato de diatriba política.

Esta breve introducción viene a colación porque la FIFA, tras años de negaciones reiteradas, ha permitido a Kosovo —la tierra que vio nacer al veloz mediocampista del Bayern Múnich— jugar partidos amistosos contra otras selecciones. La decisión del todopoderoso organismo que articula el fútbol mundial supone un balón de oxígeno para un territorio que ha exigido en los últimos tiempos que se reconozca su singularidad y su derecho a gozar de un Estado propio. Su historia reciente tiene en 1995 un año para el recuerdo. Con la finalización de la sangrienta y dramática guerra de Bosnia surgió el problema de la independencia de Kosovo, un paraje que experimentó un aumento exponencial de población albanesa en los años 60. Sin embargo, según la Constitución de 1974, sólo las Repúblicas de la Federación Yugoslava tenían derecho a la secesión. La región de Kosovo quedó así excluida de un proceso mediante el cual Eslovenia, Croacia, la mencionada Bosnia-Herzegovina y Macedonia sí que consiguieron saciar sus apetitos nacionalistas.

No obstante, Kosovo intentó lograr sus objetivos por encima de la voluntad de la madre Serbia, acto que desembocó en una cruenta guerra de discutida legalidad en la que hasta la OTAN intervino con su bastón de jubilado. La luz al final del túnel de la inestabilidad social fue prácticamente invisible hasta febrero de 2008, cuando finalmente Estados Unidos y varios países de la Unión Europea aceptaron a Kosovo como Estado soberano de pleno derecho.

A pesar de que existen hoy en día algunas —pero serias— reticencias a este reconocimiento por una parte de la comunidad internacional liderada por Rusia, Serbia y España, la FIFA ha intentado llegar a una solución que satisfaga a todos, si bien es cierto que los términos medios suelen ser el principio de un posicionamiento de facto. “La decisión adoptada por el Comité de Urgencia de la FIFA representa un gran estímulo para el desarrollo del fútbol en Kosovo y, una vez más, confirma el extraordinario poder que tiene nuestro deporte para unir a la gente“, expresó Joseph Blatter.

Una de cal. Pero la FIFA también se ha guardado una porción de arena para fraguar el cemento del equilibrio. Así, los clubes de la Federación de Kosovo y la Selección no estarán autorizados a exhibir símbolos nacionales ni se permitirá la interpretación de himno alguno. Igualmente, no podrán disputar partidos oficiales ni clasificatorios mientras que la Federación no se incorpore a la FIFA. Asimismo, será imposible que se enfrenten a equipos y combinados de los países que en su día integraron la difunta Yugoslavia.

Pero, ya sea por los elementos naturales o por la inquietud de la persona, el balancín siempre acaba desnivelándose hacia el lado que más presión recibe. Y, en el mundo del fútbol, cualquier momento es propicio para alzar la voz. Shaqiri nunca se ha escondido. De origen albanés, tuvo que ver cómo sus padres se vieron obligados a hacer las maletas y viajar con toda la familia a la próspera Suiza escapando de las metralletas que asolaban los Balcanes de los años 90. En la falda norte de los Alpes creció y se desarrolló como futbolista, llegando a ingresar en las categorías inferiores del FC Basel. Tras varios años de estancia en el país adquirió la doble nacionalidad y fue convocado para defender la cruz blanca, si bien es cierto que jamás olvidó sus orígenes. Así, la bandera de la Confederación Helvética destaca junto a la de Kosovo y Albania en las botas que porta cada vez que salta al terreno de juego.

La de Shaqiri es similar a la historia de los también kosovares Valon Behrami, Albert Bunjaku o Almen Abdi. Otros, como Lorik Cana se esmeraron por defender los colores de la vecina —y amiga— Albania. Emir Bajrami, en cambio, intentó buscar su futuro en el frío de Suecia. Todos ellos ya no podrán jugar con ‘su’ Selección al haber vestido la elástica de su país de adopción. Pero los que vengan a partir de ahora sí que podrán. Mientras, muchos nos formularemos la misma pregunta: ‘¿Qué habría sido de Yugoslavia en lo que a sociedad, política, economía y deporte se refiere si hubiese triunfado la reconciliación en lugar de la separación?‘. Lamentablemente, nunca lo sabremos.

17/01/2013

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