Cohete Belánov

belanovÁLVARO MÉNDEZ | La vida a veces es benévola con quienes nunca llegarán a ser los mejores pero trabajan a destajo con el firme objetivo de reinventarse día a día. Muchas veces son las circunstancias externas, la suerte y los designios de las fuerzas en las que cada uno crea quienes condicionan el futuro de las personas. Pero está claro que sin empeño, sacrificio y voluntad personal, de nada sirve que los astros se alineen. No obstante hubo quienes clamaron al cielo cuando Igor Belánov, el punzante delantero del Dinamo de Kiev, recibió el Balón de Oro en 1986. Ciertamente, ese fue el año de la explosión de toda una deidad balompédica, el todopoderoso Diego Armando Maradona, pero ‘France Football’ se vio atada de pies y manos con la controvertida norma que imposibilitaba otorgar el galardón a futbolistas no europeos.

Nacido en Odesa en 1960 frente al mismo mar que vio cómo el acorazado Potemkin lanzaba sendos cañonazos que marcaron el inicio de la Revolución contra el zar en 1905, la trayectoria de Belánov siempre estuvo marcada por la hoz y el martillo. La historia quiso que viniera al mundo dos meses y 15 días después de que la Unión Soviética consiguiera en París su primera —y, a la postre, única— Eurocopa. Los primeros años de vida del pequeño Igor tuvieron a un balón como inseparable compañero de fatigas, aunque su madre odiara que su retoño llegara a casa con sus zapatos destrozados. La economía doméstica basada en el estricto comunismo impuesto por el presidente Leonid Brézhnev no daba para más. Su padre, sin embargo, siempre soñó que Igor podría repetir los éxitos de la mítica selección de la URSS capitaneada por Lev Yashin que, tras alcanzar la gloria en París, consiguió clasificarse para las semifinales del Mundial de Inglaterra de 1966.

Tras realizar el servicio militar obligatorio, el ya joven Belánov aprovechó la oportunidad que le ofrecieron dos clubes de su ciudad natal: el SKA Odesa y el FC Chernomórets. Gracias a los entrenamientos basados en la severa disciplina soviética pudo mejorar sus condiciones físicas y en ambos clubes consiguió demostrar que, además de olfato goleador, poseía unas habilidades para el cambio de ritmo fuera de lo normal. Su vertiginosa velocidad le convirtió en un auténtico puñal que desangraba las defensas rivales de los rígidos equipos soviéticos, algo que no pasó inadvertido para el Dinamo de Kiev esculpido por Valeri Lobanovski que se hizo con sus servicios en 1985.

Fue en la actual capital de Ucrania donde ese ‘cohete’ llamado Belánov atravesó la atmósfera de la intrascendencia para codearse con las estrellas del espacio futbolístico mundial. Su llegada supuso un golpe de aire fresco para un equipo que en tan sólo dos temporadas había pasado de ser flamante campeón a arrastrarse por la mitad de la tabla en la siempre potente Primera división soviética. Sus carreras y regates trajeron dos Ligas a las vitrinas del Dynamo Stadium, aunque fue la Recopa el escenario elegido por el delantero para demostrar a toda Europa que no era uno más. Máximo anotador del torneo y sensación continental, se erigió en pieza clave de aquel Dinamo de Kiev que apalizó al Atlético de Madrid en la final de Lyon. El estado de euforia por la conquista de la Recopa se vio incluso fortalecido por la sensación de que el ya veterano Oleg Blojín tenía un digno sucesor.

Sus apabullantes carreras, imparables regates y 27 tantos en sus dos primeros años de blanquiazul le reservaron un lugar fijo en la lista de convocados de Lobanovsky —también seleccionador de la URSS— para el Mundial de México en el verano de 1986. Y fue precisamente en los octavos de final donde el ucraniano firmo una de sus actuaciones más memorables. A pesar de la eliminación, Belánov anotó un hat-trick que mantuvo intactas las esperanzas soviéticas hasta que el colegiado sueco Erik Fredriksson pitó el final del partido. La legendaria camiseta con las siglas cirílicas CCCP hubo de ser guardada, pero el papel protagonista del ariete en la Recopa y en la cita mundialista fueron más que suficientes para que Belánov recibiera el Balón de Oro a finales de ese mismo año.

Dos años después, el de Odesa —que experimentó un notable bajón en su rendimiento con la elástica del Dinamo de Kiev— tuvo la ocasión de redimirse en la Eurocopa de 1988. En un brillante torneo, ‘El Ejército Rojo’ logró clasificarse para la final contra la temible Holanda de Gullit y Van Basten. Aunque ‘La Naranja Mecánica’ encarriló el partido con dos tantos, Belánov tuvo la ocasión de acortar distancias desde los once metros, pero su disparo fue detenido por Van Breukelen. Muchos interpretan que su fallo supuso un prematuro punto de inflexión en su carrera. A partir de entonces, la estrella de Belánov se fue apagando al tiempo que la URSS se introducía irremediablemente en la dinámica de la autodestrucción al ritmo que marcaban Chernobyl, la crisis económica, la ‘perestroika’ y la ‘glasnot’.

El aperturismo que experimentó el gigante soviético en sus últimos años de vida le permitió cruzar el Telón de Acero y probar suerte en el fútbol alemán, pero fue incapaz de brillar como lo hizo en el pasado defendiendo los colores del Borussia Mönchengladbach y del Eintracht Braunschweig —en la división de plata del balompié teutón—. Fue el momento de aceptar la realidad y regresar a la ya independiente Ucrania. Pero el capitalismo había entrado con fuerza y no quedaba espacio para clubes modestos como el FC Chernomórets —el mismo que le había visto brillar una década atrás— y el FC Illichivets Mariupol, donde decidió poner fin a su carrera.

Debido a su retiro sin pena ni gloria, pocos recuerdan hoy en día la figura de un Belánov que constantemente ha quedado eclipsado por otros titanes ucranianos de la caza del gol como Oleg Blojín o Andriy Shevchenko. Sin embargo, no se puede entender la historia del balompié ucraniano y soviético sin la hoz de su endemoniada velocidad ni el martillo de sus tantos.

11/01/2014

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