Sobre la dorada redención de un angel caído

paolo_rossiSERGIO MENÉNDEZ | La mayoría no terminamos de caer en la cuenta hasta que vimos a aquel lateral izquierdo de piernas delgadas y mirada perdida correr hacia la banda negando con la cabeza y rompiendo a llorar, como si todavía no se creyese lo que acababa de conseguir. Aquel gol de Fabio Grosso en la prórroga de las semifinales del Mundial de Alemania 2006 a falta de un par de minutos para el final del partido no sólo suponía la eliminación de los anfitriones, sino también la  prueba definitiva de que sólo Italia podría alzarse con el título de campeón. De nada tenía que preocuparse Marcelo Lippi de cara a la final, ni tan siquiera del magnífico estado de forma de un Zidane que había decidido hacer caso omiso a los titulares de la prensa española y aún se resistía a jubilarse sin bordar a la camiseta un segundo entorchado al que su gallo pudiese cantarle de nuevo. Quienes supieron ver las señales, sin embargo, tuvieron claro desde el principio la selección ganadora.

Antes incluso de que el entonces futbolista del Palermo decidiese recrear un ‘déjà vu‘ y emular en su celebración a la de Marco Tardelli tras su gol en la final del 82, también contra Alemania, el combinado transalpino había dado sobradas muestras de que se encontraba en perfectas condiciones de repetir el resultado cosechado en los feudos de Naranjito. Ya no sólo por el hecho de que los ‘azzurri fuesen recibidos en la concentración con una sombra de duda planeando sobre su juego, como suele ocurrir casi siempre. A estas incógnitas se le habían sumado con ocasión de la cita germana el estallido poco antes del comienzo del partido inaugural en Múnich del llamado ‘Calciopoli’ o ‘Moggigate’: un escándalo de fraude arbitral que salpicó, entre otros equipos, a Juventus, Milan, Fiorentina, Lazio y Reggina y que para la ‘Vecchia Signora‘ ­­–principal damnificada en la medida en que Luciano Moggi, líder de la trama, ocupaba el cargo de Director General en la entidad turinesa– supuso la vergüenza de verse despojada del último par de campeonatos conquistados y dar con sus huesos en la Serie B. Un escenario parecido al que se pudo vivir  cuando Italia llegaba a España justo después de caso ‘Totonero’, si bien en este caso el motivo de las corruptelas fueron las apuestas clandestinas y quien tuvo que cargar con parte de la culpa no se desenvolvía en los despachos sino el terreno de juego. Hablamos de un futbolista al que Enzo Bearzot devolvió la confianza tras ser suspendido del ejercicio profesional por un período de dos años para luego comandar a su país hacia su tercer Mundial y cerrar el año ganando el Balón de Oro. Se trata, naturalmente, de Paolo Rossi. ‘Cara de ángel o ‘Pablito para los amigos.

Originario de la pequeña localidad toscana de Prato y formado deportivamente en la Cattolica Virtus, fue un entrenador de nombre Fabri, que nada tiene ver con el lucense que un día se volvió de Grecia en coche, quien optó en 1976 por poner a un Paolo Rossi como punta de lanza del Vicenza, club donde el jugador había recalado procedente del Como Calcio. Y por lo que parece no salió mal el experimento, toda vez que logró convertirse en el máximo goleador de la competición al finalizar la temporada y volvió a cuajar una magnífica actuación en el regreso del equipo a la máxima categoría de la Serie A haciéndose acreedor del título de ‘capocannonieri‘ la campaña siguiente. Honores, ambos, que le sirvieron para ser convocado por su selección con motivo del Mundial de 1978, donde Rossi se erigió con sólo 21 años en una de las grandes promesas del fútbol italiano. Su condición de estrella precoz, unida al descenso del Vicenza, le obligó a buscar un nuevo destino lejos del Véneto y emigrar en dirección a Perugia. Fue en 1980, cuando más alto volaba el angelical futbolista de Santa Lucía, que llegó el ‘Totonero‘ a cortarle las alas y, acusado de pactar resultados con otros conjuntos, hacerle bajar a los infiernos merced a una suspensión de empleo de dos años. Lo justo para que Bearzot, tan seguro de la inocencia de Paolo como de sus aptitudes cuando le requirió para la cita de Argentina, se empeñara en recuperar a ese delantero que hacía cuatro años maravilló al planeta.

Pese a un inicio titubeante tras el que Italia logró clasificarse para cuartos de final después de tres empates en la primera fase, ningún gol de Rossi y  sobreponerse a Camerún por cuestión de golaveraje, llegaron las eliminatorias y los ‘azzurri‘ empezaron a carburar. Y con ellos lo hizo también el bueno de ‘Pablito’, que llevó en volandas a los suyos hacia semifinales trayendo primero de cabeza a la defensa de Argentina y marcándose luego un señor hat-trick ante la Brasil de los mismísimos Sócrates, Zico, Eder y Falcão. Su doblete contra Polonia en semifinales allanó el camino hacia una final en la que esperaba la todopoderosa Alemania capitaneada por Rummenigge, en un encuentro donde Rossi golpeó primero con un cabezazo a la portería de Harald Schumacher al que luego le siguieron los goles del mencionado Tardelli, Alessandro Altobelli y el infructuoso tanto de Paul Breitner.

Máximo goleador y mejor jugador del torneo, Rossi volvió ese mismo verano a la elite balompédica como flamante fichaje de la Juventus y, al igual que hiciese Fabio Cannavaro en 2006, se proclamó ganador del Balón de Oro al finalizar el año, lo que supuso para el ariete el punto final de su particular ‘infierno’. Pero a este ángel caído, a diferencia del canto primero de ‘La Divina Comedia  compuesta por su paisano Dante Alighieri, la redención se la dio una esfera dorada y no nueve círculos concéntricos.

09/01/2014

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