‘O pantera’

EusébioJULIÁN CARPINTERO | Es Giovanni Trapattoni un hombre que, superados los 70, aún conserva ese punto de picardía que tanto le marcó desde que decidiera colgar las botas. Aquel defensa socarrón que guardó la zaga del Milan durante más de una década tuvo que lidiar con rivales de la talla de Sandro Mazzola, Di Stefano o Seeler y compartió vestuario con astros como Rivera, Altafini o Sívori. Más allá de los éxitos que años después conseguiría desde los banquillos, vestido de corto ganó la Serie A, la Coppa de Italia, la Copa de la UEFA, la Copa de Europa y la Copa Intercontinental, algunas de ellas en más de una ocasión. Y, sin embargo, no titubeaba cuando afirmaba que de los recuerdos palpables que le quedaban del fútbol lo que guardaba con más cariño eran dos camisetas que aún hoy lucen en el garaje de su casa de Lombardía: una, de Pelé; la otra, de Eusébio.

Para entender la grandeza de aquel delantero mozambiqueño que se erigió héroe en Portugal no es necesario recordar alguno de los tantos partidos memorables que disputó, sino que basta con rescatar una anécdota que estos días recreaba Alfredo Relaño con motivo de su fallecimiento. Tras ganar con el Benfica las Copas de Europa de 1961 y 1962, dos triunfos que supusieron nada menos que el final de la hegemonía del Real Madrid tras cinco años de tiránico dominio, Helenio Herrera se encaprichó de ‘La Pantera’ para su Inter. Cuando Maurício Vieria y Angelo Moratti –presidentes del club lisboeta e interista, respectivamente– habían empezado a negociar el traspaso, Oliveira de Salazar, el dictador que gobernaba Portugal desde la década de 1930, se negó a dejarle marchar a Italia y un día le invitó a comer a su residencia de São Bento. Los argumentos que el mandatario le esgrimió a Eusébio se reducían en hacerle entender que no podía abandonar el Benfica porque él era un Bien de Estado. “Si yo soy un Bien de Estado, ¿por qué tengo que pagar impuestos?”, le espetó el delantero, demostrando que la rapidez de la que hacía gala sobre el césped no era sólo una cuestión de fortaleza en las piernas.

No en vano, resultaba del todo comprensible que el club de Da Luz no quisiera dejar escapar a aquella joya de ébano por la que había entrado en guerra con el Sporting, su archienemigo ciudadano, y que le llevó a esconderle durante semanas en un hostal del Algarve para que no se lo ‘robaran’. Con Eusébio vestido de rojo, el Benfica abrazaba la modernidad del balompié y entraba en una nueva dimensión convirtiéndose en uno de los equipos de referencia en el viejo continente. Bajo la dirección del húngaro Béla Guttmann y rodeado de secundarios de lujo como Coluna y Simões, si hay un partido que represente el despegue definitivo de ‘La Pantera’ fue el que jugó la noche del 2 de mayo de 1962 en el Olympisch de Ámsterdam. Durante la final de la Copa de Europa de aquella temporada, Eusébio monopolizó los objetivos de la prensa en la victoria de su equipo por 5-3 ante un Real Madrid en el que Puskás anotó los tres tantos, pero que apenas recibió un par de menciones frente al tremendo poderío mostrado por el ‘8’ benfiquista. El hombre del que Eduardo Galeano afirmó haber llegado a la cancha corriendo como sólo lo hacen los que huyen de la policía se redimía así de no haber podido participar en el triunfo de un año antes ante el Barcelona en la famosa ‘Final de los postes’ de Berna con una exhibición a la altura de los elegidos.

No obstante, bien es sabido que son los Mundiales los que forjan las grandes leyendas del fútbol mundial, de manera que Eusébio no podía ser menos. La Copa del Mundo de Inglaterra en 1966 representa el cénit en la carrera del futbolista nacido en Maputo, a pesar de que a ella acudió como ganador del último Balón de Oro, pues fue sobre la hierba de la Pérfida Albión donde hizo gala de su caballerosidad abroncando a su propio compañero Morais cuando éste lesionó a Pelé en el partido en el que Portugal eliminaba a la vigente campeona; donde demostró su capacidad para sobreponerse a situaciones adversas guiando la remontada lusa ante Corea del Norte en un choque que llegaron a perder por tres tantos; y donde lloró amargamente después de que la Inglaterra de Bobby Charlton le dejara sin disputar la final de Wembley.

Era imposible detener a Eusébio”, reconocía el propio Trapattoni al ser cuestionado sobre la explosividad del legendario atacante. Cuando sus rodillas acabaron por desgastarse abandonó su amado Benfica y pintó los últimos trazos de su fútbol al otro lado del Atlántico, siendo también un pionero en este sentido. Las cifras que visten más de tres lustros de carrera resultan espectaculares, pero sería una grosería intentar condensar lo que Eusébio representa para el fútbol en unos simples números acerca de goles y premios, puesto que con su fútbol salvaje e inconformista acabó siendo el reflejo de un sentimiento: que África comenzaba a desperezarse. Que en el sur había algo más que esclavos y siervos. Que podía ser el héroe de una sociedad necesitada de valientes.

08/01/2014

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