Stoichkov, indomable

Stoichkov MourinhoDAVID PALOMO | No se puede permitir el periodismo hablar del pasado sin recurrir al presente, cambiar el blanco y el negro por la fotografía en color, acabar con la carcoma de las instantáneas en sepia para sacarle brillo a lo nuevo, a lo inmediato. Pasa todos los días, sin que nos demos cuenta. Los futbolistas, muchos de ellos retirados, vuelven a hablar buscando un nuevo contrato, un segundo de gloria. Utilizan a la prensa ‘sin querer‘, responden educadamente como si no hubieran sido los más bordes cuando daban patadas al balón e incluso se convierten en amigos de los propios redactores. Ocurre frecuentemente, y seguirá siendo así, como bien sabe Hristo Stoichkov, que nunca pierde la oportunidad de pronunciarse sobre cualquier tema, de sacar tajada de esas preguntas pasajeras a las que podría contestar fácilmente sin meterse en líos. No es su estilo, a él siempre le gustó el ataque, aunque eso incluya meterse con la FIFA. “Me da asco el Balón de Oro, ha dicho esta última vez, no sabemos si por hacer ruido o porque de verdad lo piensa.

El caso es que Stoichkov ya recibió este galardón en 1994, años después de declararse enemigo número uno de la revista ‘France Football‘. Pero se lo dieron y se calló. Visto ahora, recuerda un poco al incidente de este año entre Ronaldo y Blatter, aunque, de momento, nadie sabe cuál va a ser el resultado. No importa, se quiera o no, el Balón de Oro acaba subiendo al cielo al que lo gana, como hizo con Hristo, que se convirtió en el mejor jugador búlgaro de la historia.

No obstante, lo tuvo fácil. Nacido en la segunda ciudad más grande de Bulgaria, Plovdiv, el que fuera atacante del Barça empezó jugando en la calle, utilizando dos piedras o dos mochilas para hacer las porterías. De esos tiempos, Stoichkov todavía tiene cicatrices en la cabeza, de caer contra el cemento y golpearse. Y también hacía atletismo, pues corría los 100 metros, hasta que empezó a jugar en el equipo de su ciudad mientras iba al colegio y trabajaba en la fábrica textil que patrocinaba al equipo.

Tampoco fue fácil su vida hasta que le fichó el CSKA de Moscú. Allí es donde daría su salto a la élite. El Barça se fijó en él y le fichó en 1990. A su llegada a la ciudad condal se encontró con Zubizarreta en el aeropuerto, y ese día cenó con Salinas, aunque por aquel entonces no sabía quién era ese chico alto que se había ofrecido a compartir mesa con él.

En Barcelona pasó sus mejores años. Ganó la Copa de Europa, la Copa del Rey, la Supercopa española, la Recopa y cuatro veces la Liga. Marcó 83 goles en 175 partidos y, sobre todo, descubrió que su corazón pertenecería al conjunto azulgrana durante toda su vida. Además, se enamoró de la ciudad, donde tiene una de sus dos casas, ya que la otra la compró en Bulgaria.

Desde que se retirara ha sido entrenador de la Selección de su país y del Celta, entre otros muchos equipos, pero no ha tenido éxito en ninguno de ellos. También ha vivido en la residencia del que fuera dictador de Bulgaria, Todor Zhivkov, y ha tenido sus más y sus menos con diferentes personalidades del mundo del fútbol. Siempre alimentando esa figura de indomable que trasladaba al campo en cada partido. Aunque para el recuerdo, no obstante, quedarán tres grandes momentos que poco tienen que ver con lo deportivo. Su zarandeo a Núñez en el balcón de la Generalitat, su beso a Koeman y el pisotón que le dio a Urizar Azpitarte, el árbitro de la Supercopa que jugaba el Barça contra el Real Madrid.

07/01/2014

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