Ilusiones perdidas

SombraDAVID PALOMO | Han pasado muchos años desde la primera vez. Muchos años desde que subimos aquella colina antes de dejar el pueblo, antes de empezar a volar. Tú eras rubia, muy alemana, pero sonreías como siempre lo ha hecho España. Yo era moreno, alto y un poco torpón. Éramos los dueños del silencio en aquellas tardes de verano, tirados en lo alto de esa colina desde donde se veía el campo de fútbol, la fábrica y el patio en el que crecimos. Allí nos reuníamos junto a Raquel, Fernando, Paco y María para ver el ocaso, para ver anochecer. Soñábamos todos con no despertar nunca, con cerrar los ojos eternamente como Eri en ‘After Dark, con cumplir todo lo que ansiábamos y dejar que el resto lo hiciera el destino.

La verdad, ahora que me preguntas, no me acuerdo de qué edad teníamos ni cuántos días compartimos juntos. Sólo sé que hablábamos, hablábamos y hablábamos. Todos atisbábamos con certeza nuestro plan vital, hasta que la vida nos dio la primera hostia. Daba igual lo que quisiéramos ser, ninguno lo conseguimos. O, al menos, no lo hicimos plenamente. Raquel, María y tú queríais ser periodistas; Fernando y Paco, subir al espacio; y yo, jugar al fútbol. Pasados 15 o 20 años desde que nos despidiéramos, todos hemos fracasado.

A veces pienso que todo fue una alucinación cuando paseo por los aledaños del estadio en el que marqué mi primer gol en Primera división. Hoy apenas hay 2.000 personas en las gradas. No se escucha ni el murmullo de aquel tambor que se te metía en la cabeza durante todo el partido ni a los vendedores de cupones. La tienda del club está cerrada, los abonos son inexistentes y el equipo se mantiene en Tercera gracias a que los chavales han salido buenos.

Estos días, al acudir de nuevo, algunos me reconocen. Se acuerdan de aquel gol que le metí al Madrid en los octavos de final de la Copa del Rey, cuando el club todavía estaba en Segunda. No sirvió para nada: Solari le dio la vuelta al marcador, pero la afición se fue contenta a casa. Entonces, nadie pedía fichajes y nos conformábamos con que al gente de la casa sacara adelante la temporada con un par de refuerzos. No vivíamos del fútbol, aunque algunos soñábamos con dedicarnos enteramente a darle patadas a un balón.

No voy a mentir, el año de Primera gané mucho dinero. Aquel ruso, chino, árabe o español que compró el club y lo hundió nos pagó bien durante dos tercios de la temporada. Ese año llegaron algunos jugadores ingleses, otros franceses y creo recordar que incluso alguno que había ganado un Mundial. Yo me quedé en el equipo milagrosamente, era de los más jovencitos, había debutado el año anterior y todavía se me consideraba una ‘futura promesa‘. Marqué un gol, también, y ahí se acabó todo.

En los subsiguientes años bajamos de categoría hasta volver a Regional. El club tuvo que desaparecer y los jugadores nos fuimos tras denunciar a la entidad por impagos. Ahora no queda nada ni nadie. Raquel y María ponen copas en Londres; la chica con la que salgo, con la que compartí tardes en aquella colina, trabaja en el McDonald’s; Fernando hizo medicina y vive en Estados Unidos; Paco limpia retretes en el Hotel Hilton de París; y yo, bueno, prefiero no decir a qué me dedico.

Nuestras vidas, en su mayoría, no son como un día deseamos. A todos nos pilló la crisis en mayor o menor medida. Dando paseos por el estadio en el que debuté pienso que es como si todo aquello con lo que crecimos hubiera desaparecido. Paso por la puerta de los vestuarios, le doy un euro al vagabundo que se encuentra en la puerta, entro y allí están esas 2.000 personas que yo creía veían un partido de fútbol. Me traen mi traje y me pintan. Hoy, al menos, me conformaré con ser Rey Mago, esperando llenar de ilusiones a aquellos niños que, como yo hace años, sueñan con convertirse en doctores, periodistas o, simplemente, pegarle patadas a un balón.

04/01/2014

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