La discriminación de la ironía en los estadios italianos

Milan aficiónFIRMA DE MARCO PIANE | ¿Qué pasa cuándo al aficionado se le quita la libertad de entrar al estadio y apoyar a su equipo? ¿Qué siente un jugador al pisar el césped sin el marco de público que representa su duodécimo compañero en el rectángulo de juego? Un estadio sin afición no es más que una catedral en el desierto, un cuerpo al que le falta su alma. Sin embargo, temporada tras temporada, a los ultras italianos se les complica más el ejercicio de su propia fe.

En 2009 se introducía la ‘tessera del tifoso‘ –tarjeta del aficionado– para identificar a todos los miembros de la afición de un club e incluso de la Selección; sin ella ya no es posible acceder al estadio. Si esa novedad respondía a necesidades de control y seguridad dentro y fuera de las instalaciones, cuesta encontrar el sentido de las medidas tomadas en los últimos meses por la Justicia Deportiva para combatir el fenómeno de la ‘discriminación territorial‘.

Fue, probablemente, el abandono del campo de Kevin Prince Boateng por oír insultos racistas durante el partido amistoso Pro Patria-Milan, a principio de año, lo que convenció a Michel Platini para endurecer las sanciones a la hora de impedir cualquier comportamiento discriminatorio en el mundo del fútbol. El compromiso de la UEFA a reforzar su lucha contra el racismo se tradujo en el nuevo artículo 14 del Reglamento Disciplinario de 2013, que sanciona a quien insulte la dignidad humana por color de piel, raza, religión u otras razones. A la hora de aplicar dicha directiva a nivel nacional, la FIGC –Federazione Italiana Giuoco Calcio– quiso ampliar el contenido del artículo contemplando toda clase de discriminación, incluso aquella territorial, es decir, cualquier ofensa basada en la origen geográfico del equipo.

De esa forma quedan bajo observación todas las pancartas colgadas en las gradas y cada uno de los cánticos entonados a lo largo del partido, con especial atención a aquellos procedentes de los fondos, donde se suelen reunir los aficionados más calientes. Es suficiente una frase, anotada en las libretas de los inspectores, para imponer el cierre parcial o incluso total del estadio para los siguientes partidos. Pero, ¿cómo se pueden prohibir las burlas entre dos aficiones opuestas? La rivalidad entre dos equipos, aquella genuina y no violenta, se nutre desde siempre de bromas por la ubicación geográfica, la historia o las costumbres de una ciudad y su gente. Pues así formulado, el concepto de discriminación territorial terminará por echar del estadio hasta la ironía y el arte de aquellas coreografías que ponen los pelos de punta el día de un derbi y dan la vuelta al mundo por su genialidad.

Así, ¿cómo se establece dónde termina la burla y empieza la discriminación? A los aficionados de Milán se les suele decir que no tienen nada más que niebla en su ciudad, mientras a los toscanos se les vacila por aspirar la ‘c‘ a la hora de hablar. Los Juventini‘ son jorobados y si hablan con sus vecinos de Turín no os metan con el toro, un animal sagrado como la loba para los romanos. Los de Génova tienen el mar contaminado y si se dice que en Vicenza se comen los gatos, ¿qué clase de molestia le debería suponer a un ciudadano de Verona que le digan que Julieta, el símbolo de su ciudad, era una prostituta? ¿Acaso se les debería echar la culpa a quienes les gusta más la carne fiorentina que la ‘polenta veneta‘?

El tenor de estas provocaciones deja claro que la interpretación adoptada por Giancarlo Abete, presidente de la FIGC, se aleja de lo que es el fin de la directiva y en muchas ocasiones proporciona sanciones exageradas para los clubes. Además, el cierre de los sectores de la grada acusados de discriminación empeora aún más el problema de la baja afluencia en los estadios italianos, que a día de hoy están entre los que menos público tienen de Europa. Si se considera la no adecuación de las infraestructuras, que están viejas y con aforo excesivo respecto a las necesidades reales, se entiende porqué cada vez menos aficionados están dispuestos a pagar el precio de las entradas para asistir al triste espectáculo de un estadio medio vacío y sin el ambiente de las grandes ocasiones.

La protesta de los aficionados contra las instituciones deportivas italianas no ha tardado en llegar. Se ha generado un fenómeno excepcional, dado que por primera vez los ultras de todo el país, de norte a sur, se han apoyado mutuamente echando a un lado rivalidades históricas para reclamar su derecho a animar al equipo que tantas emociones les permite vivir. Emblemática fue la provocación del estadio San Paolo cuando los aficionados del Nápoles se auto-insultaron para solidarizarse con los del Milan, cuyo fondo había sido cerrado la semana anterior por comportamientos discriminatorios hacia los mismos ‘partenopei. Una pancarta elocuente acompañaba sus cánticos: “¡Ahora, cerradnos el fondo!”.

26/12/2013

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