Nuestro fútbol

pedro3MARIO BECEDAS | Velocidad de trueno y obstinación picuda en la peligrosa Vía Láctea del área, Pedro Rodríguez, tostada estrella fugaz que cortó en dos la tarde getafense, acaba el 2013 con el calcetín colgando de la calzona exigiendo el aguinaldo de la justicia poética que se comió el fútbol del capital-riesgo. Cometa fuera de sí, Pedro se convirtió en constelación y alumbró con su finta y su galope el oscuro portal del Coliseum, al que sólo parecen abonados la mula y el buey. Trajo el mago canario la mirra suficiente para el tambaleante pesebre sentimental del Barça, ahogado ya en el oro y la platería del éxito marchado.

Puñal afilado y acero de la vertical, Pedro, que debutó como ‘Don Pedro’ y acabó tallando la inmortalidad de Guardiola en el mármol como ‘Pedrito’, sale de toriles enfilado y se parte la testa cuando el albero más lo necesita. Artista de la Copa y voluntad hecha kilómetros, emergió de la placenta canterana para esculpir su propio trozo de historia marcando en todas las competiciones. Él solo mareó a Alemania aquel día en que Del Bosque empezó a medir a pasos las lindes de su marquesado. Aparcado en la reserva después, cada vez que lo mayestático, lo republicano o lo europeo amenazaban el sumidero del cainismo culé, él ejecutaba el eslalon redentor.

Extremo de los de antes que gana en carrera a los relojes, tiene Pedro algo de Guerra Civil y hambre enjuta en el afilado rostro de profundo quejío. Azabache engominado hacia atrás y pómulo huesudo de español sufridor, el hijo de gasolinero parece trasladado en el tiempo desde aquellos años de balompié obrero y tranvías atestados en blanco y negro. Como nacido en medio de los bombardeos de la contienda que nos mató para siempre, el estilete canario del Barça no desentonaría en las pizarras de la WM ni en las gloriosas tardes de cinco delanteros y camisas con cordones al cuello. Tardes en las que el frío cuero salpicaba de sabañones las canillas de unos héroes magullados en honor de la plebe sin parné para el sagrado deleite del mito taurino.

La humildad de Pedro proviene de vivir el juego como la factoría de los parias, el refugio ante la carbonilla de la industrialización y el correr y correr para dejarlo todo atrás. Pedro, compromiso hecho costuras y relámpago del fútbol moderno, no deja de ser un cronotopo, una unidad espacio-tiempo que, al contrario que la mensajera de Neutrex, ha venido del pasado a explicarnos cómo era el fútbol cuando los burócratas iban con sombrero al estadio y los hijos del proletariado arrugaban la sucia gorra contra el pecho de la pasión tabernaria. Una lucha de clases sepultadada/escondida por el 3G, las macizas azafatas del Bernabéu y las alfombras al socio contestatario.

Se presentía difícil la Navidad culé, con los Herodes de la palabra queriendo cortar con el filo de su lengua la tripa del niño Mesías que ya no espera ningún balón de los Reyes Magos en las barriadas de la Argentina tonante y detonante. En un Templo tomado por los mercaderes (la Biblia hay que interpretarla, no creerla), el sumo pontícife Rosell, en el papel de Caifás, se pone de perfil en la crucifixión del pequeño nazareno dejando la Jerusalén del ‘seny‘ a la intemperie de romanos y/o espartanos. Menos mal que, para morfina de los románticos, vino y viene de sus colinas ‘Pedro‘, ‘Pedrito‘, ‘Don Pedro‘, primer Apóstol, a resquebrajar las Escrituras y convertir el papel en jirones para la pira de los deseos. Charol en el pelo y polvo de los años 40 en las botas, Pedro es a día de hoy la centella que aparece cuando el apagón de la crisis y la mercadotecnia global oscurecen, en la lúgubre Navidad de Dickens, nuestro fútbol. El de todos, el de siempre.

23/12/2013

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