Capitán

puyolMARIO BECEDAS | Toda ella sonrisa helena y laca conquistadora, la reina Sofía no se arredró cuando se topó con el undécimo león en la sabana mundialista de Sudáfrica. Corría 2010 y la prima empezaba a desbordar la cremallera del riesgo cuando España besó el oro bajo la misma bóveda de estrellas que ahora le ha dado el último ósculo en la frente a ‘Madiba’. La alborotada melena jónica de Carles Puyol y su torso de mil despejes bélicos tapado por minúscula toalla recibían en el fragor del éxito y el vestuario la visita de una monarca paciente que sólo se pudo cuadrar ante la escultura del coloso capitán. 

Lejos de escandalizarse, la soberana exclamó un “¡Maravilloso!“, entendiendo a la perfección lo regio del momento o admirando, quién sabe, el culto al cuerpo del hércules que acababa de matar a Alemania entera de un cabezazo. El gol decisivo y la entrega de milenios premiaban a Puyol como capitán púnico con permiso del brazalete de Casillas y lo momificaban como reliquia espirituosa del ‘seny‘ culé.

Vástago del trato rural y parco en el deje de la palabra, Puyol corrió más que nadie hasta que desgastó el filial y la banda derecha del Camp Nou. Atleta de última hora, las cabalgadas del canterano se medían en caballos y no en metros. Lateral predilecto en la España de Camacho, el percherón culé reventó el cuentakilómetros en Corea sabiendo que ya sentaba plaza para siempre.

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A las duras y a las maduras convirtió Puyol su rostro, imperio de la cicatriz, en la mejor garantía de la zaga impecable. Su descomunal potencia encajó bien con el baile corifeo de los bajitos que compuso Rijkaard, propuso Aragonés y bailó Guardiola. Los balones parados del Barça y ‘La Roja‘ se trocaron en concierto heavy y sólo la melena rizada ‘al vent‘ del ya central rasgaba el ‘solo‘ y el ‘riff‘. Sangre caliente y pulso frío para sacar el cuero con las manos detrás de la espalda y entregárselo en bandeja a los elegantes grumetes de la medular.

Con rugido félido y pómulos de marinero nocturno de chirlo y Raval, Puyol alcanzó la capitanía ‘senyera‘ dejando a Xavi con cerebro pero sin puño. Se irguió su dedo desde el horizonte señalando el camino a sus camaradas y quitando el trabajo a la estatua de Colón. Ha sido el capitán amado que se atrevió hasta con la ruleta de la fortuna ante un Valencia ya descosido, como hiciera seis años antes frente a Ucrania en esa mientrasiesta de Selectividad en la que Andrés Montes le bautizó como ‘Tiburón‘ para pasmo de propios y escualos. Partido a partido, ‘Puyi’ siguió trotando tras la Luna hasta que sus huesos se volvieron de cristal. Un rosario de lesiones y un calvario clínico le han postrado a las puertas del quirófano y la retirada.

Medita su desembarco definitivo Puyol sabiendo que las rodillas no le dan para alcanzar nuevas orillas. Humildes escribanos de la lírica futbolística y aspirantes a poetas muertos, desde aquí sólo nos podemos sonar el moco y llorarle, por si acaso, la imperecedera oda que nos pintó Whitman: “¡Oh capitán! ¡Mi capitán!”.

19/12/2013

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