Cristiano

cristiano1MARIO BECEDAS | Portugal se estremecía en su ‘saudade‘ y él estaba ahí. Madrid se echó a los televisores y él estaba ahí. Ibrahimovic buscaba a Dios en el espejo y él estaba ahí. Mourinho se llevó la ciclogénesis a Londres y él estaba ahí. Ancelotti vino a poner el árbol de Navidad en agosto y él estaba ahí. A Messi se le cristalizaron los músculos de ejercitar la inmortalidad y él estaba ahí. Se borró del partido ante diez muñecos blancos de futbolín que perdían la Copa del Rey contra el vecino, pero él ya estaba ahí. Cristiano Ronaldo acaba el 2013 cabalgando como un corcel salvaje y sin bridas hacia el niquelado éxtasis de la gloria.

Nació del músculo la velocidad, y de ésta Cristiano. Aerodinámico, gominoso y envarado; el portugués de la mueca triste ha dejado atrás a todos y a todo en su fabril desarrollo del fútbol. Goles por goles, disparos por doquier, no importa la víctima. Es la suya una ejecución fugaz y silenciosa hasta que el misilazo provoca la caída de las gradas. Tan sólo se oye el cañón metálico de armar la pierna un segundo antes de que el escorzo del cuerpo choque contra las leyes elementales de la Naturaleza. Una cuestión de potencia que la física, tímida, no se atreve a resolver. Y una celebración, ya siempre la misma, invariable: señalarse el pecho y dejar el dedo índice perpendicular al vacío. “Yo, aquí”.

Aterrizó Cristiano en Madrid como mártir del rictus lloroso tostado de los falsos soles de Manchester. Le acompañaba en su venida la terrible contingencia del millonario desembolso en la histórica transacción que lo vistió de merengue y casticismo. Borde, chulapo y enfadica en los inicios, los rayos verdes de la kriptonita culé intentaron cegarle de odio y lo hicieron de revancha. Impotente mordía el césped ante un Messi que lo regateaba todo: histerias y adhesiones, revoluciones y perdones, defensas y estamentos, metales y modales. El niño sufridor de Madeira se enrocó hasta convertirse en su propia piedra de Sísifo subiendo la colina hasta el día en que se echase a rodar para aplastarlos a todos.

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Tardó en llegar la comunión de Cristiano con la parroquia de Concha Espina. ‘Piperío‘, Ultras Sur, ‘raulistas‘, ‘delbosquistas‘, ‘mourinhistas‘, ‘antivaldanistas‘, ‘casillistas‘ y ‘anticasillistas‘; todos envueltos en un paño de púrpura y blanco. Una olla a presión anhelando un ‘Espíritu de Juanito’ de gorra, borla y capote que heredó Cristiano Ronaldo toda vez que el Templo le bordó el ‘7’ a su espalda. En el momento en el que las piezas se acoplaron, el robot motejado por Blatter se extravió buscando el tiempo perdido, como Proust, hasta que se puso a buscar sólo la red y acertó. Quedaba el escollo colosal, gigante y universal de una agónica renovación que fue como el pentagrama de Vivaldi: de la tristeza del invierno a la luminosidad resolutiva del verano. Una estilográfica y unas gafas de pasta modelo ‘Las chicas de Oro’ rubricaron un matrimonio con Florentino que a veces separaba las camas pero nunca abandonaba la habitación.

En la confusión entre Lusitania y Chamartín y Chamartín y Lusitania, Cristiano, religión hecha fútbol, se puso en el hombro a su pequeño Portugal y le dio de comer el engañoso chocolate de los deseos. Sus compatriotas únicamente podían ser los fogoneros de una caldera de fútbol caliente y valiente. La Eurocopa de 2012 no tenía límite hasta que llegó España, siempre España; la otra cara de Iberia, las autonomías y Del Bosque. Parte del Bernabéu se puso de perfil hacia el Atlántico, pero él sólo escudriñaba la portería.

Hulk contra el Levante y Superman contra todos, el emperador de las dominadas perforó mallas hasta que su patria, antes madre y ya cortesana, ha podido oler el Mundial de su propia lengua en medio de las tenazas de una deuda sistémica. Gol redentor en la ida y hat-trick perenne en una vuelta en la que el salvador cortó la coleta al caballo y torero Ibrahimovic. Apunten, disparen; apunten, disparen. Creyentes y no creyentes: este (remarco el ‘este’) próximo balón de Oro tiene un necesario ganador. Se llama Cristiano Ronaldo.

21/11/2013

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