La paradoja del Balón de Oro

RibéryUcraniaJULIÁN CARPINTERO | A buen seguro que a Laurent Koscielny le costará olvidar la noche que vivió el pasado viernes. El elegante central francés estaba siendo uno de los destacados en el empate que los hombres de Deschamps arañaban ante Ucrania en el Olímpico de Kiev cuando todo empezó a torcerse a partir del minuto 60. El voluntarioso zaguero del Arsenal falló en el gol de Zozulia, provocó el penalti que transformó Iarmolenko y fue expulsado en el descuento por agredir a Kucher. Así, a la que fuera campeona del mundo en 1998 no le queda otra que encomendarse hoy a San Martín de Tours y a Juana de Arco, patrones del país galo, para intentar remontar el 2-0 adverso y eliminar de este modo a una generación a la que Oleg Blojín inoculó el mismo carácter ganador que le llevó a erigirse en un icono de los 70 y 80.

Al tiempo que Cristiano Ronaldo esprintaba cuasi poseído por la línea de fondo del Estadio de Da Luz haciendo ver a todo Portugal que si alguien puede tirar del país al que Fernando Pessoa puso versos ése es él, unas sombras vestidas de amarillo absorbían toda la luz con la que Frank Ribéry había iluminado el balompié continental en el último año. Postulado como máximo favorito para ganar el Balón de Oro de 2013, el vertical extremo del Bayern de Múnich podría perderlo si Francia se quedara fuera del Mundial que se celebrará en Brasil el próximo verano. Y ese inicial resbalón en su intento por formar parte de la lista de los mejores futbolistas de la historia lo habría sufrido, precisamente, en la casa de uno de ellos: Oleg Blojín.

Andriy Shevchenko es, a ojos del imaginario colectivo, el mejor jugador ucraniano de todos los tiempos. Lideró al Dinamo de Kiev de finales de los 90, goleó para el gran Milan de Ancelotti, ganó la Champions League, vistió más de 100 veces la elástica nacional y fue Balón de Oro en 2004. No obstante, y a pesar de sus muchos méritos, si ‘Sheva’ puede presumir de esa honorífica distinción es porque, aunque naciera en la mismísima Kiev, Blojín siempre fue considerado soviético y no ucraniano. En los años en los que la Guerra Fría alcanzó su punto álgido, la URSS que presidía Leonid Brézhnev disfrutó de una época dulce en lo que al fútbol se refiere, un período en el que la selección nacional levantó la primera Eurocopa –la de 1960– y gozó del prestigio continental gracias a la presencia de jugadores como Yashin, Ivanov o Ponedelnik. No importaba que en las partidas de nacimiento de sus hombres figurara el estado de Azerbaiyán, Georgia, Rusia o Armenia, puesto que todos luchaban por una misma idea bajo una idéntica bandera.

Sería en 1969 cuando el ruso Victor Maslov hiciera debutar con el primer equipo del Dinamo de Kiev a un chico de 17 años del que le habían hablado maravillas: era fuerte, rápido, con un cambio de ritmo espectacular, hábil, sacrificado y tenía unas dotes de liderazgo impropias para su edad. Hijo de atletas, el deporte era su vida, hasta el punto de que años más tarde se casaría con la campeona del mundo de gimnasia Irina Deriuguina. Moldeado y pulido por el gran Valeri Lobanovsky, Blojín fue la bandera del mejor Dinamo de la historia, equipo en el que jugó casi dos décadas de forma ininterrumpida y con el que ganó ocho ligas y cinco copas soviéticas y varios títulos a nivel internacional.

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Oleg Blojín, de blanco, durante un partido con el Dinamo de Kiev.

La final de la Recopa de 1975 que el equipo soviético ganó al Ferencvárosi húngaro fue la que puso a ‘La Galerna del Telón de Acero’ en el punto de mira de los grandes clubes europeos. Tanto es así que en 1977 Santiago Bernabéu envió a Kiev a Ramón Mendoza, que durante el Franquismo había hecho grandes negocios en el este de Europa, para negociar el fichaje del excelso ambidiestro, pero las restricciones comunistas a dejar marchar a sus mejores hombres a los equipos occidentales dieron al traste con la operación. Cuatro años después, ya con Luis de Carlos en la presidencia de Chamartín, el Dinamo volvió a negarse a traspasar a su buque insignia, con el que ganaría una Recopa más, la de 1986 frente al Atlético de Madrid que entrenaba Luis Aragonés.

Una lesión de rodilla y un accidente de tráfico precipitaron el final de la carrera del Balón de Oro de 1975, que, influido por las enseñanzas de Lobanovsky, siempre tuvo claro que su carrera seguiría transcurriendo por los banquillos. Bajo su mando llegó Ucrania a los cuartos de final del Mundial de 2006, cuando sólo la (a la postre) campeona Italia fue capaz de hacerles doblar la rodilla en su primera participación en un gran torneo. Por el contrario, la Eurocopa de 2012 que la nación del trigo organizó junto a Polonia fue más pobre en lo que a resultados se refiere –primera fase– pero dejó sentadas las bases de un joven grupo que comenzaba a desperezarse.

Y como si de una crisálida se tratara, la nueva hornada de talentos ucranianos que comandan el mencionado Iarmolenko y Konoplyanka, eclosionó con Francia como testigo. A fin de cuentas, fue Blojín quien con una mentalidad que aúna talento y trabajo a partes iguales les dio la alternativa hace poco más de un año. Ribéry tendrá que brillar con más fuerza que nunca para alumbrar a Francia y rozar, así, el tesoro que Oleg ya conquistó hace casi 40 años.

19/11/2013

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