El jinete de París

fernando-caceres-jineteMARIO BECEDAS | El chupinazo color felicidad que atravesó la noche parisina de mayo aterrizó en el corazón de Zaragoza abarrotando de fieles los aledaños tonalidad algarabía del Pilar. La muchedumbre desatada, cachirula y primeriza estalló en un grito de rabia colectiva cuando Nayim procedió al aldabonazo que resquebrajó por su mitad a los 90 y a Seaman. En el mar de locura ningún náufrago quería pararse a pensar dónde estaría la estantigua blanquilla en los años de la crisis que quedaban por venir y dónde lo iba hacer el siempre presente Arsenal. Corrían tiempos en que las asonadas y algaradas sólo las provocaba el fútbol.

La Recopa conquistada por los ‘Héroes de París’ era el recobrado encuentro de Zaragoza con el calor del cañonazo y el gentío. El éxito se festejaba bajo el balcón del cabildo antes de que los campeones asistieran a la correspondiente recepción. Pardeza alzaba hacia el tragaluz del Parque de los Príncipes el trofeo que sonaba a competición repetitiva, a torneo de la repesca monárquica. Aguado y Belsué celebraban con Esnáider ese verano previo a junio que nunca acaba de explotar y Fernando Cáceres se subía cual jinete a lomos de la portería con el valioso metal en mano cabalgando hacia la eternidad.

Era el ‘Negro’ un vigoroso central que, por cortar, cortaba hasta el viento cuando el balón exigía su huida del propio área. Tez tostada, rape cabellero y una determinación hacia la victoria que fulminaba desde el entrecejo de su intimidante mirada. Tenía el argentino un defender adusto, brusco y eficaz. Su solidez en las coberturas permitió a los de Víctor Fernández insistir en la punta hasta que brotaron los títulos. Una Copa del Rey ante la densidad de lágrima de Cañizares y la ulterior Recopa de la vida. Los años caerían con la total madurez en el Celta y la retirada camino de los púberes banquillos de la Argentina. Hasta que una bala cargada de odio circunstancial le atravesó un ojo.

homenaje-caceres

La detonación seca y oscura cruzó oblicuamente el globo ocular y la munición de la miseria quedó alojada en el cerebro del maltrecho titán. No le fue suficiente al otrora zaguero su firmeza para defender su coche de asaltantes con el alma más manchada que las manos. Sujeta la supervivencia, el postrarse en la silla de ruedas fue casi un prodigio con aspiraciones a milagro. Se sucedieron los homenajes, los ramos de flores, los llantos infantiles y el mar de lágrimas gordas y lentas de Maradona. Porque esta tragedia hizo llorar hasta a ‘Dios’.

Inicua a más no poder, la vida le regaló a Cáceres otro fatal asalto en su casa para robarle lo poco material que le podía quedar estando sometido como ha estado a una curación que se comía varios ceros al día. En el forcejeo, los cobardes ladrones sólo pudieron zafarse dando un sopapo al sufrido convaleciente mientras el ser humano ganaba un punto más para dejar de existir. Punto que compensó con creces el damnificando defendiendo la inclusión social antes que la reclusión de los hampones con sed de sangre.

Esquivado una vez más el horror del momento, la ternura se posó sobre una destartalada Romareda que brindó por el héroe trágico con la acuciante e imperecedera sombra del Miguel Servet detrás. Emocionado con los parabienes, el ‘Negro’ Cáceres se gustaba de nuevo contemplando su camiseta blanquilla con el ‘4’. Mientras los excompañeros pisaban la cal para la mayor gloria del homenajeado, éste volvió a sujetar las bridas de jinete con las que se subió al travesaño de París y, tras un forzado saque de honor, se repitió a sí mismo con fuerza lo que ya le había glosado a la prensa en la previa mañana: “Ya voy a dejar la silla de ruedas”.

14/11/2013

Fotografía principal: ‘El Periódico de Aragón‘.

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One thought on “El jinete de París

  1. Estupendo artículo para un heroico gladiador. En ese partido sí se demuestra que hay VALORS en el futbol.

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