Resistir

StadedeReims

Jonquet (izquierda) y Miguel Muñoz (derecha) se saludan antes de la final de la Copa de Europa de 1956.

JULIÁN CARPINTERO | A falta de cinco minutos para que el reloj marcara el minuto 90, los poco más de 18.000 espectadores que el pasado sábado se daban cita en el coqueto Stade du Moustoir de Lorient alentaban a sus jugadores con la esperanza de que hicieran un gol antes de que el árbitro señalara el final. Pese a sus esfuerzos desde la grada, la tormenta de balones con la que los hombres de Christian Gourcouff asediaron el área del togolés Kossi Agassa no consiguió descargar ni un solo tanto: el Stade de Reims salía vivo de su visita a la Bretaña encaramado a la sexta posición de la Ligue 1. Y es que el instinto de supervivencia es la principal seña de identidad de la centenaria entidad de las Ardenas, que en junio de 2012 volvía a la máxima competición del fútbol galo después de una travesía impropia de su historia.

Ni las voces que con más insistencia reclamaban la urgente modernización del fútbol francés habrían imaginado un cambio semejante al que ha experimentado su primera división en los últimos años, donde hasta la llama más famosa del globo se ha vestido de corto para realizar el saque de honor en un partido del Girondins de Burdeos. En este sentido, la brillantina que desprende el PSG de Ibrahimovic y el glamour casi obsceno de las fichas que llegan a Mónaco cada verano deslumbran con tanta fuerza al hemisferio futbolístico de la nación que preside Françoise Hollande que el resto de protagonistas quedan sumidos en la umbría de un irremisible eclipse. Poco queda de aquel Saint-Étienne que rozó con los dedos la Copa de Europa a finales de los 70, como nada persiste de ese Olympique de Marsella que con Bernard Tapie como cabeza de cartel llevó la ‘Orejona’ a la Costa Azul en 1993, o del Lyon que tiranizó el norte de los Pirineos con siete títulos consecutivos a principios de los 2000. Así las cosas, tanto Rocheteau como Deschamps y Juninho Pernambucano siempre tuvieron un referente al que aspirar a parecerse, y ese no fue otro que el Stade de Reims, el gran equipo francés que encandiló al viejo continente a mediados del siglo pasado y que a día de hoy continúa llevando hasta el extremo el mito de las cenizas del ave fénix.

Fundado en 1911 por el Marqués de Polignac, dos décadas después la escuadra perdería ese aire nobiliario que llevaba adherido a la piel para fusionarse con el Sporting Club Rémois, el otro equipo de la ciudad, en 1938. El contexto de la Segunda Guerra Mundial es clave para entender el espíritu que rodea a este entrañable club, pues su estadio, el Vélodrome Municipal, fue rebautizado al término del conflicto bajo el nombre de Stade Auguste Delaune en honor a un miembro de la Resistencia que luchó contra la ocupación alemana desde el colaboracionista Régimen de Vichy y que en 1943 fue apresado y torturado hasta la muerte por miembros de la Gestapo. El asesinato de Delaune –‘plumilla’ comunista que combatió en Dunkerke– pareció acelerar la metamorfosis de un gusano que diez años después eclosionaría en una bella mariposa.

Coincidiendo con una maravillosa generación de jóvenes futbolistas que nutrirían a la Selección, el Stade de Reims ganó su primera liga en 1949, iniciando un periodo triunfador que se extendería por toda la década siguiente. Tanto es así que el equipo rojiblanco se plantó en la final de la primera edición de la Copa de Europa, donde tuvo que verse las caras con el Real Madrid. El desenlace del espectacular invento que sus compatriotas Gabriel Hanot y Jacques Ferran habían puesto en marcha con la aprobación de la UEFA tuvo lugar en el Parque de los Príncipes de París. Usando el 3-2-5 en forma de W que tan de moda estaba en aquella época, Albert Batteux consiguió conjuntar un equipo basado en la fortaleza defensiva de Jonquet, el toque de Leblond en la medular, la electricidad de Michel Hidalgo en la banda y la magia de Kopa en la punta del ataque. Con esos mimbres, el Stade de Reims consiguió llevar hasta el extremo a los hombres de José Villalonga, que sólo pudieron cantar victoria después del gol de Rial que ponía el 4-3 en el marcador.

Ni corto ni perezoso, el cuadro de la Champaña se repuso y volvió a desafiar lo que ya era una dictadura que tenía el blanco por bandera. Fue en la temporada 1958/59 cuando el Stade de Reims se plantó de nuevo en la final del Parque de los Príncipes, aunque ahora ya no estaba Kopa, el hijo de inmigrantes polacos que había tenido que trabajar en la mina, que se había marchado, precisamente, a reforzar las filas del Real Madrid. No obstante, su hueco lo ocupaban ahora el fino Piantoni y el asesino Fontaine, capaz de anotar 13 goles en el Mundial de 1958. Pero aquel 13 de mayo las ilusiones de todo un país volvieron a escaparse en un cruel ‘déjà vu’: Mateos y Di Stefano hacían que Madrid vibrara con su cuarta Copa de Europa.

Después de aquel mazazo moral el Stade de Reims ganaría dos ligas más, pero ni siquiera con la llegada del goleador Carlos Bianchi en 1973 volvería a alcanzar un nivel de excelencia parecido. Comenzaba el declive de una entidad histórica que tuvo la mala suerte de toparse con la banda de genios que había reunido Santiago Bernabéu, pero al que la historia debe recordar como uno de los grandes. El tiempo es el único que sabe si algún día volverá, pero lo que es seguro es que nunca se irán del todo. Juana de Arco, defensora de la ciudad, no lo permitiría.

12/11/2013

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