La ‘Marchilena’

marchenaMARIO BECEDAS | Tuvo el fútbol el pasado fin de semana la deferencia de bajarse del pedestal de la mercadotecnia para esculpir un momento tan imperecedero como esperanzador. Tan tierno como reivindicativo. Quedaba el balón abandonado, flotando en el aire, en medio del barullo en la retaguardia del Castilla, y así, sin pensárselo, Carlos Marchena armó la espalda a punto de caerse y entró a matar con lo que le quedaba, de espaldas a la realidad. Se congeló el sevillano en la newtoniana gravedad para pincharla al mejor estilo de los hermanos Derrick y dibujar una perfecta chilena ante la estéril mirada de Oliver Atom, que allá desde Japón no daba crédito. El cometa de marras arqueó sobre la noche coruñesa besando la red y muchos corazones.

Aparte de espantar las telarañas que se llevan posando en ‘La Fábrica’ desde que Butragueño cosiese balones con el pie, Marchena fulminó con un puntapié devastador esa neblina que no nos deja inferir si un jugador se puede permitir ser paquete por estar entre los mejores o si está ahí porque no es tan malo. Tortas de todos los padres ha tenido que aguantar la inocente mirada de carnero del sevillano desde que en Valencia dio el gran salto al ruedo de la verdad.

Expeditivo, violento, de una calidad pésima… De todo se dijo de uno de los artífices del doblete del murciélago que se posó sobre Rafa Benítez. Pocos se acordaban de que fue plata en Sidney, de la mano de un cerebral Xavi. Muchos curdas de la barra brava hispánica le tenían compuesta la chirigota cuando Aragonés se rascó el colodrillo por penúltima vez y se lo llevó a Viena para darle oxígeno a Puyol. Piqué nadaba en la placenta aún. Y no defraudó el de Las Cabezas de San Juan. Más tarde le iba a seguir la estrella de la mala suerte. Descenso con el ‘Submarino‘ y después con el Depor. Pero en el último se quedó. Las cosas no se dejan en Segunda.

En la desértica travesía de los brigantinos por la subdivisión colindante todo parecía arena hasta que Marchena volvió a encontrar algo de ese polvo mágico que iba esparciendo Valerón por los tapetes. Aunque con humildad reconoció postreramente que el golpeo y su consecuencia fueron fortuitos, el deportivista nos transportó por un momento a ese fútbol de la infancia con olor a recurrente nostalgia. Nos devolvió el sabor a duro hormigón y a imposibles atardeceres de invierno en los que el violeta y el naranja aguantaban todo lo posible en favor de las increíbles jugadas. Fue como un viaje a esa ilusión permanente que se construía detrás de una pelota que ya había dejado el blanco por el marrón. A esa alegría inmanente cuando el peor del equipo marcaba el mejor gol. Esa reminiscencia tan atroz y bella que tanto perdura en el imaginario colectivo.

Pocos sabían al rebotar en las mallas del púber Madrid la bautizada en el foro cibernético como ‘Marchilena’ que su ejecutor tejía ese contacto con la infancia a la misma velocidad que el balón botaba ya dentro del no retorno. Al otro extremo del hilo de la dedicatoria estaba Manuel de La Paz; adolescente, portero, de Jaén, de la quinta del 96 y con el partido más importante de su vida por delante: la leucemia. Ante su reto más difícil, se acordó de él un Marchena que, teniendo siempre los pies demasiado en el suelo, le demostró que pudo volar. Vayan a decirle a ‘Manu‘ que hay imposibles en la vida.

07/11/2013

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