El partido que mutó en guerra

FotoSketcher - guerra futbolÁLVARO MÉNDEZ | Largo y tendido hemos hablado en esta sección sobre el inmenso poder pacificador del que hace gala el deporte rey cuando el balón echa a rodar. Durante 90 minutos quedan a un lado las venganzas y los dolores. Las diferencias, de hecho, se diluyen en una fiesta que libera las pasiones en pequeñas dosis de energía concentrada en forma de cánticos, insultos, gritos y aplausos. Salvo en las contadas ocasiones en que el odio se hace carne, la sangre no llega al río. Tirando de filosofía made in Valdano, “el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes”. Pero, por desgracia, no siempre ha sido así.

Corría el año 1969. Mientras las revoluciones culturales se extendían por Estados Unidos y Europa, los países de América Latina, por el contrario, sufrían en silencio una etapa negra caracterizada por los golpes de Estado y los pronunciamientos de sus respectivos ejércitos. Una mezcla explosiva a la que había que añadir la crisis económica crónica que siempre han padecido nuestros hermanos del otro lado del charco. La situación era particularmente tensa entre los gobiernos militares de Honduras y El Salvador, que se culpaban mutuamente de sus propios errores. En busca de un chivo expiatorio, el Presidente hondureño Oswaldo López Arellano acusó de la gran depresión que ahogaba a su nación a los 300.000 inmigrantes salvadoreños que habían huido de su país con la supervivencia como único objetivo.

En medio del cruce de acusaciones entre los dos ejecutivos, ambas selecciones se vieron las caras con la vista puesta en la clasificación para el Mundial de 1970. El primer partido, celebrado en Tegucigalpa, puso de manifiesto que la rivalidad entre las dos aficiones trascendía lo meramente deportivo. La Coneja, el voraz extremo hondureño tan conocido por la afición atlética, había dado la victoria a la Bicolor con un agónico gol en el último minuto, aunque la noticia estaba en los disturbios que se produjeron poco después en los exteriores del estadio capitalino. La xenofobia tiñó las celebraciones de la victoria sin remedio. Pero la situación se agravó más, si cabe, tras el partido de vuelta celebrado en San Salvador. Muchos seguidores hondureños fueron apaleados después de que el árbitro diera por válido un 3-0 final que se transformó en una barra libre de superioridad nacional.

El dramático partido de desempate, celebrado en la neutral Ciudad de México, estuvo calentado por el cruce de declaraciones entre ambas federaciones y por la violencia abierta entre las dos naciones. Suicidios, amenazas y manifestaciones prendían en un ambiente prebélico en el que los titulares sensacionalistas de la prensa de uno y otro país actuaban como combustible. En un choque no apto para cardíacos, las dos Selecciones necesitaron de la prórroga para deshacer el 2-2 con el que se puso fin al tiempo reglamentario. A los 11 minutos de que se reanudara el partido, el salvadoreño Mauricio anotó el histórico gol que elevó a los altares a su equipo y que dio a El Salvador su primera clasificación para un Mundial. El país vecino, mientras, lloraba en un mar de lágrimas que se desbordó en forma de ira descontrolada.

Jamás imaginé la repercusión que tendría uno de mis goles, lo que iba a desencadenar”, explicó el propio Rodríguez. En efecto, Honduras rompió relaciones con El Salvador horas después, a lo que el gobierno salvadoreño de Fidel Sánchez Hernández reaccionó invadiendo el país. La respuesta de López Arellano fue radical: encerrar a los inmigrantes ilegales en campos de concentración. Del terreno de juego se saltó al campo de batalla y lo que comenzó como una enemistad entre aficionados se transformó en una guerra abierta entre ambos países. La contienda duró apenas cuatro días, pero en ella estuvieron implicados casi 50.000 efectivos. Más de 2.000 personas perdieron la vida en unos enfrentamientos armados que además dejaron casi 15.000 heridos.

El mesías del periodismo social Ryszard Kapuściński bautizó a este conflicto armado como La Guerra del Fútbol. Cierto es que el deporte rey sólo fue el detonante del enfrentamiento y que los dos Gobiernos contaban con una larga tradición de disputas verbales y económicas. Pero no menos cierto es que este hecho habla alto y claro sobre el colosal poder social del balón.

Diez años después, Honduras y El Salvador firmaron el definitivo tratado de paz un 30 de octubre de 1980. ¿Qué se celebró para reinstaurar la convivencia pacífica entre los dos pueblos? Un partido de fútbol. Faltaría más.

01/11/2013

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