La paradoja Khedira

KhediraMARIO BECEDAS | Matemáticos de todo el mundo ya lo están celebrando. Algún que otro filósofo descolgado por los entresijos de la lógica también. Para 2015, los más laureados expertos de las mejores universidades habrán conseguido por fin resolver el teorema imposible en el que llevan ya casi cuatro temporadas dejándose la sesera: la paradoja Khedira.

Es el jugador alemán del Madrid un tema recurrente de café y tertulia cuando el acalorado simposio sobre la portería y el banquillo, el banquillo y la portería se escurre por las rendijas de la cotidianeidad. Se convierte de este modo el teutón en la mesita para el teléfono del salón que se debate entre la parte de la familia que la considera indispensable y la otra mitad que prescindiría de tan atávico estorbo.

Fraguado para aguantar el peso de medulares titánicas de las que abundan en Europa, desde su aterrizaje en la capital del burle y el mangue, Khedira se ha convertido en un debate vestido de blanco al que le han puesto el ‘6’ a la espalda. Como a un becario al que le come tanto el convenio como el hambriento futuro, el centrocampista ha tenido que aguantar el runrún de la oficina viendo cómo Mourinho le pedía traer los cafés y ahora Ancelotti le conmina a que los prepare muy cremosos y espumados. Concomitancias las tales que han hecho surgir la paradoja. La comunidad científica de Concha Espina no se pone de acuerdo en si Sami es un jugador necesario y con brega o, por el contrario, es un “petardo” al que todos los domingos encienden la mecha y nunca llega a explotar.

La provecta moviola nos deja a un Khedira voluntarioso y firme, una farola que alumbraba las lúgubres noches europeas del Madrid de Mourinho. En la ida contra el Bayern que más tarde Ramos mandó al espacio, el alemán fue lo único salvable. Fue el hombre que puso todo el cemento posible para sujetar el buen resultado y no previó que sus compañeros iban a quedar atrapados en la mezcla antes de que secara.

De otro lado nos topamos con un Khedira más reciente inmovilizado en el tablero de un Atlético de Madrid que planteó un derbi de 180 grados. Ante la insistencia de ‘Carletto‘ de convertir al tudesco en el nuevo cerebro de Chamartín, los parroquianos contemplaron a un solitario y perplejo Khedira frente a la inmensa playa del Bernabéu. Pasaba el alemán con ahínco una pelota que le era devuelta incesantemente por la marea, lo que le conducía a la desesperación y un poco a la locura. Sus propios compañeros le habían hecho la ‘jaula’ con la que se estrenó Oliver Atom en la serie dibujada para su mayor gloria.

Por cosas como éstas se ha convertido Khedira en un jugador ruleta. Ahora es un descarte, ahora lo podríamos ‘colocar’ por más de 40 kilos. Con esa mirada rabiosa de gánster que aprieta los dientes porque siempre se le encasquilla la pistola cuando le tienden una emboscada, el jugador no entiende cómo es profeta en su tierra y aquí no le comprende nadie. Sus trascendentales goles con la ‘Mannschaft‘ se contraponen al toro y la flamenca encima de la tele que siempre van a por él después de cada partido. Quizá por eso haya tramitado su pequeña venganza negándose a aprender el castellano y ha dejado en el contestador la décima y enésima paradoja explosiva para Florentino. Ha sido a través de la prensa alemana; lástima para el presidente que ésta también sea independiente.

17/10/2013

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