¡Dale, volvieron!

colombiaJULIÁN CARPINTERO | Fue el domingo por la tarde cuando la ficción que de vez en cuando suele generarse en el universo Twitter volvió a superar a la realidad. Aprovechando la clasificación de Bélgica para el Mundial de 2014, como si de pólvora se tratara se difundió un artículo de una revista belga, supuestamente escrito en 2002 –año en que ‘Los Diablos Rojos’ participaron en su última gran competición–, en el que un periodista con muy buen ojo apuntaba a la generación de los Hazard, Courtois y compañía como la gran esperanza del país más europeísta del viejo continente; no obstante, horas después se descubrió el pufo y se retiraron las candidaturas al Pulitzer para el inspirado articulista. La única certeza de esta historia es que los chicos de Wilmots han vuelto y estarán en Brasil. Pero no son los únicos.

Apenas unas horas después, y a casi 10.000 kilómetros del escenario en el que Lukaku había destrozado a la defensa croata, otro país estallaba de júbilo al saber que su bandera ondeará en el sorteo de la fase final de la Copa del Mundo que se celebrará el próximo 6 de diciembre en Salvador de Bahía. En una segunda parte mágica, Colombia era capaz de levantar el 0-3 con el que Chile le había castigado en la primera parte gracias a un gol de Teófilo Gutiérrez y un doblete de Falcao, que neutralizaban los tantos de Vidal y Alexis Sánchez –quien también anotó a pares– y daban a la selección cafetera el punto necesario para poder volver a sentirse grandes. Y es que el recuerdo de 1998 ya empezaba a quedar demasiado lejos…

No hay ninguna norma que lo estipule como tal, pero las teorías empíricas que Locke y Hume asentaron en los siglos XVII y XVIII no harían sino refrendar la importancia de la coincidencia generacional en el fútbol de selecciones. Así, nadie sabe cuántos Mundiales habría podido ganar la ‘Naranja Mecánica’ de Cruyff si Rijkaard, Van Basten y Gullit hubieran nacido una década antes; del mismo modo, la RFA de los 70 no sería leyenda de no haber reunido, en la madurez de sus carreras, a titanes de la talla de Maier, Müller o Beckenbauer. Como no podía ser de otra manera, Colombia no representa una excepción en este sentido.

La década de los 90 evoca la época de oro del fútbol colombiano. Partiendo de la base de que el Atlético Nacional levantó la Copa Libertadores en la edición de 1989, en los años siguientes fue muy habitual ver a equipos de dicho país en las semifinales y la final de la competición de clubes más importante de Sudamérica. Los América de Cali, Junior de Barranquilla o, sin ir más lejos, el propio Atlético Nacional pelearon de tú a tú con los gigantes brasileños y argentinos, a pesar de que la suerte les fuera esquiva en los momentos en que se deciden los títulos. Y es que esa buena salud de la que gozaba el fútbol cafetero tenía su explicación en la gran semilla que Pacho’ Maturana, desde el banquillo, había dejado germinar en un grupo de jóvenes y talentosos futbolistas que entre 1987 y 1993 encadenaron tres semifinales de Copa América de forma consecutiva. Con un look puramente noventero, René Higuita, Carlos Valderrama, Leonel Álvarez, Freddy Rincón o Faustino Asprilla se convirtieron en los nuevos iconos de un fútbol que jugaban con suavidad, sin prisa y susurrándole al balón.

Así, y del mismo modo que Lorca, Alberti y el resto de miembros de la Generación del 27 eclosionaron en el homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla, la Colombia de Maturana también vio cristalizar el buen trabajo que venían haciendo en los últimos años en el mejor escenario que podrían imaginar. Después de la decepción del Mundial de Italia ‘90, cuando cayeron en octavos de final frente a Camerún después de un grosero error del siempre excéntrico Higuita, los cafeteros dieron a su país un motivo más para sentirse orgullosos al humillar a Argentina por 0-5 en el Monumental con Maradona arrancándose la piel a tiras en las gradas. Con el histórico triunfo de septiembre de 1993 Colombia mandaba a Argentina al repechaje y se clasificaba directamente para la cita de Estados Unidos, en la que prometían ser una de las sensaciones.

Pero todo se torció en el Rose Bowl de Los Ángeles. Los hombres de Maturana cayeron ante Rumanía y Estados Unidos y de nada serviría su postrera victoria ante Suiza, por lo que se veían apeados en la primera ronda. Fin del cuento. Al mazazo mental de una generación que se vio incapaz de brillar en las grandes citas se unió la cuesta abajo de las carreras de sus pilares y, sobre todo, el asesinato de Andrés Escobar. Fin de una era. Clasificarse para el Mundial de Francia –donde volvería a ser eliminada en la primera ronda– y dar la campanada alzando la Copa de América de 2001 fue sólo un espejismo. Tocaba plantar una semilla nueva y dejarla crecer.

Curiosidades de la vida, ha sido el argentino José Pekerman quien ha regado y mimado las plantas que empezaban a brotar a orillas del Pacífico hasta convertirlas en el floreado jardín que es hoy el combinado de Colombia. Laterales que se convierten en extremos como Armero, Cuadrado y Zúñiga; centrocampistas que por momentos destruyen y por momentos inventan como Guarín; gambeteadores y finos estilistas como James Rodríguez y Quintero; y, sobre todo, delanteros voraces que viven con el gol como único leitmotiv como Falcao y Jackson Martínez hacen de ésta una generación destinada a marcar una época. De ellos depende únicamente la posibilidad de materializar el sueño o conformarse con ser un triste reflejo de la promoción de los 90. De momento, la mitad del camino ya la tienen andada.

15/10/2013

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