Lo exótico sale caro

qatar-mundial-2022ÁLVARO MÉNDEZ | Cuando la FIFA desveló hace tres años que organizaría el Mundial de 2022 en Qatar, fueron muchos los que pusieron el grito en el cielo. Con razón, por cierto. La decisión, tomada en los meses más duros de la crisis económica mundial, puso de manifiesto que los criterios que primaron a la hora de valorar y ponderar las posibilidades de los distintos candidatos se basaron estrictamente en la economía. Y es que, gracias a las exportaciones de petróleo y gas natural, Qatar posee el PIB per cápita más alto del planeta. Pese a que los portavoces del organismo mucho se esforzaron en su momento por apelar al aperturismo, a la globalización y a demás palabrería de escaparate y mostrador para defender su posición, cualquiera con dos dedos de frente se dio cuenta que los petrodólares y la estabilidad financiera del país árabe estaban detrás del veredicto final.

El runrún que provocó el controvertido dictamen sigue tremendamente activo a día de hoy. Hace apenas un par de semanas —o lo que es lo mismo, tres años después del fallo de la FIFA— algunos de los subordinados de Joseph Blatter se dieron cuenta de que, cosas de la vida, el calor en Qatar en pleno verano podría ser asfixiante para la práctica del deporte rey. Las temperaturas cercanas a los 50 grados centígrados al abrigo de las dunas del desierto no invitan precisamente a correr detrás de un balón. Formalmente, ya se ha planteado la posibilidad de que el torneo se juegue por primera vez en la historia en pleno mes de enero, un hecho sin precedentes que trastocaría los calendarios de las grandes ligas del mundo.

Sin embargo, no es ésta la irregularidad que más ha revoloteado sobre Qatar en las últimas semanas. La cuestión es aún más seria, ya que afecta directamente a los derechos humanos de quienes están edificando con sus propias manos las infraestructuras que albergarán la Copa del Mundo de 2022. Como sabemos, Qatar vive un ‘boom‘ inmobiliario —gracias a su privilegiada posición económica— con un potente sector de la construcción en el cual trabaja la inmensa mayoría de los inmigrantes, que llegan al país procedentes del sudeste Asiático en busca de un futuro mejor. Pero este desarrollo urbanístico esconde una oscura realidad.

Según el diario británico ‘The Guardian‘, todos los días muere al menos un trabajador inmigrante de origen nepalí en las distintas obras que se alzan en el emirato. Por si fuera poco, el mismo informe explica, además, que la inmensa mayoría de ellos trabajan bajo un régimen de explotación y esclavitud. La ONG Anti-Slavery International denuncia que “las condiciones de trabajo y el increíble número de muertes de trabajadores más vulnerables nos llevan a los tiempos de la antigüedad en los que lo normal era la esclavitud, a aquellos tiempos en los que los seres humanos eran tratados como objetos. Esto es lo que está pasando en Qatar”.

Porque, aunque muchos no lo quieran ver, es necesario rendirse a la evidencia. Y la sacrosanta realidad nos dice que la población de Qatar vive bajo el Gobierno de una monarquía autoritaria, en la que no existen las elecciones y donde prevalece la sharia para juicios familiares y criminales. Y es esa misma realidad la que, con inmenso dolor y amargura, nos recuerda que el Mundial de 2022 se está construyendo en condiciones infrahumanas con las manos de miles y miles de inmigrantes que, en el mejor de los casos, trabajan de sol a sol; y, en el peor de ellos, encuentran la muerte. No lo olvidemos.

04/10/2013

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